VALORES

Un sentimiento generalizado entre muchas personas de hoy señala que “se han perdido los valores”. En este mundo moderno muchos han llegado a creer que la esencia de la vida actual se ha venido pervirtiendo por el hecho de que el comportamiento de nuestra especie ha derivado hacia un estado de caos ético-moral que desdice de esa condición “humana” de la que nos sentimos tan orgullosos. Y no es para menos: desde el inicio del precedente siglo y de una manera cada vez más apremiante, por lo que hemos alcanzado a apreciar en este nuevo milenio, el hombre parece haberse desembarazado de muchas de las barreras que, al parecer, habían controlado su conducta en el pasado. Subyugado durante cientos de años por las temibles amenazas que sobre su mente y su conciencia hizo pesar la religión, avasallamiento hoy superado hasta cierto punto, (sin desconocer el hecho de que en algunos países, especialmente en los del llamado Tercer Mundo, todavía existen facciones que intentan mantener al individuo sometido a la tiranía mística, o aún peor: el control del poder político por parte de quienes han instaurado en algunas regiones, tenebrosos sistemas teocráticos), convencido de haber alcanzado un supuesto esquema de equilibrio en lo socio-político-económico, a pesar de las inmensas desigualdades de un sinnúmero de seres, cuyas necesidades pasan desapercibidas o son olímpicamente ignoradas por las minorías, y amén de la galopante corrupción que aqueja a prácticamente todos los modelos políticos del orbe, su comportamiento parece haber entrado en un estadio de liberalidad plena, en el que la inmediatez y la satisfacción de sus apetitos parecen entronizados como los únicos objetivos a alcanzar. No es, pues, extraño que, en esos términos, ciertos principios con los que se intentó alguna vez regir la vida en comunidad hayan ido perdiendo vigencia, en favor de un individualismo creciente que parece estar imponiéndose en la mayor parte de los aspectos de la vida actual.

Desde su más temprana infancia, el ser humano buscó relacionarse con otros de su especie con el propósito de alcanzar un cierto nivel de protección en lo colectivo, frente a las constantes acechanzas de un medio ambiente por demás hostil e inhóspito. El instinto de supervivencia, como también el natural impulso de perpetuar la especie lo llevaron a constituir grupos comunales que fueron inicialmente pequeños pero que, seguramente como resultado de diversos factores, tal vez geográficos, climáticos y alimentarios, fueron creciendo en número de miembros. Así, a partir de su despertar a la consciencia y muy probablemente aún desde antes, aparecieron la horda primitiva, el clan, la tribu, y de ahí para adelante, las otras varias asociaciones de humanos que sentaron las bases para la estructura socio-cultural de hoy.

Bien podemos suponer que, al igual que las comunidades que conforman otras especies, en una primera instancia estas agrupaciones se hallaban regidas por normas elementales que se fueron imponiendo, primero a través de la práctica constante y luego convertidas en costumbres tradicionales, cuya aplicación dependía ante todo de lo que conocemos como la “ley del más fuerte”, referida a uno de los individuos que, en virtud de ciertas características primordialmente físicas, con seguridad bien pronto comenzó a ser reconocido por los demás como el líder natural del conglomerado. Por lo demás, se vivían épocas primitivas en las que el principal método de alcanzar un objetivo era, sin lugar a dudas, el ensayo y error.

Pero, a medida que las sociedades fueron sofisticándose, mayores necesidades de organización se hicieron seguramente evidentes, lo que debió dar lugar a la creación de las primeras leyes y a la enunciación de alguna forma incipiente de derechos y deberes del individuo dentro de la comunidad. A medida que los procesos intelectuales, sociales y culturales iban haciéndose más y más complejos, en algún momento debió tener lugar la chispa de la abstracción y surgieron conceptos como la ética y la moral, la primera como significante del comportamiento individual y la segunda en representación de lo que la comunidad consideraba como adecuado, según el punto de vista de la mayoría, respecto a la forma de actuar de sus miembros.

Esta sencilla y un tanto especulativa apreciación socio-histórica nos propone una idea de lo que seguramente debió ser el proceso de establecimiento de los valores como elementos determinantes del sentir de una sociedad, respecto a la forma en que se espera que se comporten sus integrantes. Tales principios, se esperaba, habrían de domeñar la naturaleza humana, de por sí agresiva e individualista y encauzar al hombre hacia el bien.

Los valores han venido a constituir, por lo consiguiente, la esencia básica en la que, creemos, deben fundamentarse el actuar individual y colectivo; cualidades que hacen posible que vivamos en armonía con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza, condición indispensable para que podamos encaminarnos hacia el logro de elevadas metas, cuya búsqueda le da sentido a nuestra existencia y a nuestro permanente deseo de ser cada vez mejores.

El hecho de ser individuos racionales nos convierte en una muy particular singularidad de la naturaleza. A pesar de los muchos estudios que se han llevado a cabo, hasta ahora no ha podido determinarse que exista otra especie que tenga consciencia de sí misma. Por esa razón no puede hablarse de valores entre los animales o las plantas, sino que los principios que rigen sus existencias son vistos como leyes naturales inmutables que han venido cumpliéndose de manera reiterativa a través de los siglos. Así, desde siempre, el león joven que se adueña de la manada después de derrotar al león más viejo, procede a matar sistemáticamente a los cachorros de su antecesor, mientras que las hembras entran en seguida en estado de celo, lo que da al nuevo amo la posibilidad inmediata de perpetuar su propia progenie. Si conseguimos hacer a un lado la inveterada costumbre de evaluar el comportamiento de los animales a partir de los mismos juicios de valor con los que, con frecuencia, tasamos la conducta humana, podremos entender con claridad que el actuar felino al que nos hemos referido, de ninguna manera es malo o bueno. Consiste, simplemente, en un proceder instintivo y atávico, carente de malevolencia. En ese mismo sentido, ni los tiburones son asesinos ni las serpientes son la encarnación de la maldad.

Por el contrario, la capacidad de raciocinio da lugar a que los humanos estemos en posibilidad de evaluar nuestros actos a la luz de esas nociones abstractas del Bien y el Mal. Con base en las mismas, desde tiempos inmemoriales se han ido interponiendo cortapisas a nuestros más primitivos instintos y el género humano, mientras se debate en una secular oscilación entre lo sosegado y lo turbulento, en una permanente dicotomía de existencia, ha logrado alcanzar un más bien precario nivel de convivencia, mientras se esfuerza en adoptar un diverso conjunto de normas varias que ha ido afincando como los valores intrínsecos de la sociedad. Pero a pesar de todo, de manera por demás lamentable la historia convulsa de la humanidad nos muestra hasta qué punto esos principios fueron, han sido y siguen siendo repetidamente violentados, a la sombra de cuestionables justificaciones. Y sin embargo, una inmensa mayoría de nosotros sigue creyendo en la importancia que reviste el contar con un esquema de valores que señale el derrotero que debe seguir nuestra conducta.

Mas entonces, ¿están equivocados quienes sostienen que “se han perdido los valores” y que el comportamiento humano ha derivado hacia el caos moral? Para responder a este interrogante es necesario que realicemos una aproximación al estilo de vida de hoy, desde la perspectiva de los cambios ocurridos con respecto a la manera en que se vivía ayer, especialmente a partir la ideología, la manera de pensar y de ver la vida y la forma en que el hombre actual percibe su papel en el universo, puesto que no se nos ocultan las importantes modificaciones que tienen lugar de una generación a otra.

Como bien sabemos, a partir de la Ilustración, la mentalidad de la especie humana sufrió una gradual transformación. Ya en el Renacimiento habían tenido lugar los primeros vientos de cambio, luego del infame oscurantismo medieval, durante el cual una minoría poderosa utilizó la fuerza, la humillación, la intimidación y las supersticiosas creencias religiosas para someter y subyugar a una mayoría de seres que fueron cuidadosa y premeditadamente mantenidos en la barbarie, el analfabetismo y los límites de la inanición. Los valores predicados entonces se hallaban estrechamente relacionados y referidos de forma primordial al vasallaje, la sumisión total al rey, al señor feudal y al Papa (y en representación suya a los diversos miembros de la clerecía del momento). De manera inmisericorde se indujo a muchos a soñar el cielo y temer al infierno, para que otros pocos pudieran señorear sobre tierra. Pero la aparición del pensamiento antropocéntrico, los descubrimientos de nuevas tierras y el renacer de la cultura clásica dieron lugar a que las cosas fueran cambiando y a que nuevos valores se impusieran gradualmente. Este proceso, una vez iniciado, ya no se detuvo, de tal manera que los parámetros en virtud de los cuales se evaluaba la conducta humana, fueron evolucionando a medida que lo hacía la consciencia del hombre respecto a sí mismo.

Todo lo cual, visto desde una adecuada perspectiva, constituye evidencia incuestionable de que el carácter inmutable de los valores es una enorme falacia. Por el contrario, estos principios han mostrado ser sustancialmente flexibles y bastante acomodaticios a las diversas épocas, de acuerdo con una variada gama de circunstancias e intereses. La vida, por ejemplo, ha sido considerada como un sacrosanto e inalienable derecho de todos. Sin embargo el genocidio ha estado siempre a la orden del día, cuandoquiera que motivaciones políticas, militares y casi siempre económicas, predicadas por líderes ambiciosos y carentes de escrúpulos, han venido a señalar la senda que deben seguir los pueblos. Todavía hoy, en el siglo XXI, se aplica la pena capital en muchas latitudes del globo, en virtud de una variopinta gama de causales que van desde el homicidio hasta el hecho simple de que una mujer haya tomado la decisión de buscar un poco de sexo gratificante con quien no es su marido. El respeto a la vida, por lo consiguiente, es tan solo un irrisorio principio, transgredido en forma individual o colectiva una y otra vez. Así pues, no podemos dejar de observar que, contrariamente a lo que se nos inculcara, las tan mentadas inamovibles normas de conducta son en realidad variables unidades de medida, que evolucionan se modifican y se acomodan al ritmo que lo hace la mente del ser humano.

¿Qué interpretación hemos de hacerle a esta nueva y hasta cierto punto de vista pasmosa certidumbre? Al mirar la realidad de hoy, en la que priman el individualismo, la competencia y una casi absoluta falta de empatía, el ser humano no puede sino debatirse en un torbellino de circunstancias, hostiles las más, que lo rodean y que constantemente amenazan con hacerle zozobrar. En semejante maremágnum, el único valor que parece conservar algún significado es el de la supervivencia “a cualquier costo”, lo cual eclipsa indefectiblemente cualesquiera otras normas de conducta que hubieran podido tener cabida. La mente sucumbe ante los hechos que se desenvuelven frente a nuestros ojos: la corrupción rampante de nuestros líderes, la prostitución de la justicia, la codicia desmedida que lleva a unos pocos a apoderarse de ingentes recursos, en detrimento de las inmensas necesidades de muchos y la sempiterna explotación del hombre por el hombre. Todo ello enmarcado en una prédica hipócrita y estéril que intenta convencer a los demás de la necesidad de imponer un freno a nuestros apetitos.

Varias conclusiones podemos extraer de esta descarnada forma de ver nuestra realidad. En primer lugar, que los valores perennes que nos fueron inculcados con las primeras letras, no lo eran tanto. Que las normas conductuales suelen estar diseñadas para servir a propósitos específicos que se dan al tenor de los tiempos. Y que muchos de aquellos a quienes se nos había enseñado a mirar como modelos, nunca fueron tales en realidad, sino que, por el contrario, estuvieron lejos de ser los seres impolutos en los que llegáramos a creer.

Pero también debemos concluir que muchas de aquellas pautas que hoy se nos presentan pauperizadas y carentes de credibilidad, eran (y tal vez siguen siendo) intrínsecamente buenas. Que el respeto a la vida y a la diferencia, la tolerancia y la convivencia pacífica, amén de otros tantos principios que propenden por una armónica existencia, son en realidad la piedra angular en nuestro discurrir por el mundo, que debiera ser sereno, sin que vayamos sumándole mayores sinsabores a las naturales vicisitudes que conlleva el hecho de vivir. Que el cenagal ético en que se ha sumido nuestra especie a lo largo de los siglos no podrá conducirnos sino a una realidad cada vez más caótica y de imprevisibles consecuencias, sobre todo en este tiempo presente, en el que nos hallamos en posesión de un conocimiento científico-tecnológico que, erróneamente manipulado, puede volverse contra nosotros y dar al traste con este experimento de inteligencia de la Madre Naturaleza.

No cabe duda de que somos lo que somos como resultado de ancestrales impulsos que, desde siempre, han dirigido nuestro comportamiento hacia la búsqueda de logros personales que muchas veces desconocen las necesidades de nuestros semejantes. En esas circunstancias, no deja de ser asombroso que hayamos llegado hasta el tiempo presente, luego de colosales batallas contra los elementos, las enfermedades y la estulticia que repetidamente nos ha vuelto contra los de nuestra propia especie. ¿No sería este el momento propicio para un alto en el camino y una profunda reflexión? Modificando un poco la sentencia de Ruiz de Santayana y sin temor de equivocarnos, podríamos afirmar que: “Quien opta por ignorar los errores del pasado está condenado a repetirlos”.

El futuro de nuestra especie, la supervivencia de las próximas generaciones, dependerán en muy buena medida de la capacidad que tengamos para hacernos cargo de nuestras grandes equivocaciones y la voluntad que pongamos para corregirlas. Los Valores, ese cúmulo de normas y principios de vida, tendrían que ser revaluados, repensados y puestos en práctica, ya no como instrumentos de manipulación sino como verdaderas directrices que circunscriban nuestro comportamiento. Mediante la aplicación de algún tipo de procedimiento que nos lleve utilizar el elevado nivel de raciocinio que la evolución ha puesto a nuestro alcance, será necesario que, de manera consciente, promovamos drásticas modificaciones conductuales y que nos esforcemos en alterar la forma en que miramos al mundo, a los demás y a nosotros mismos. Y todo ello implicará inevitablemente el inducir cambios sustanciales en nuestra naturaleza.

El gran interrogante es si tendremos la fuerza y la capacidad para alcanzar tan elevado propósito. Pero esa misma inteligencia que nos ha proporcionado tantos beneficios materiales y que nos ha llevado a moldear el mundo en que vivimos habrá de convertirse en la herramienta que nos permita situarnos en el camino de un definitivo proceso de mejoramiento. De esta manera, nuevos y más eficaces Valores volverán a guiar nuestra existencia, nuestra especie dará un inconmensurable salto evolutivo y podremos garantizar un mundo más armónico para nuestros descendientes.

Así y todo, se requiere una inmensa dosis de fe en el ser humano para pensar que tal objetivo pueda constituirse en algo verdaderamente realizable. Quienes ya hemos hecho, hoy por hoy, la mayor parte de nuestro tránsito por este que García Márquez denominara “planeta de infortunios”, no podemos librarnos de un oscuro y profundo sentimiento de escepticismo. Pero quizás no todo está perdido y acaso quede en nuestros corazones así sea una leve brizna de humanidad que finalmente haya de florecer. ¿Será posible?

EL FIN DE LOS TIEMPOS

¿Se acerca realmente el fin del mundo? ¿Cuáles son las causas de una mentalidad apocalíptica? ¿Pueden percibirse algunas consecuencias de esta manera de ver la realidad?

No sin cierto grado de asombro e inquietud, los habitantes del planeta hemos asistido a esa que hoy nos parece una alocada carrera de preparación para lo que podríamos dar en llamar el Final de los Tiempos. A lo largo de los años, a través de la literatura, la historia y, más recientemente la prensa, ha llegado hasta nosotros un no escaso número de referencias a individuos y agrupaciones de diverso tenor, que de manera repetitiva han pronosticado la inminencia del fin del mundo. Enmarcados casi todos en esquemas místicos y respaldados por “incuestionables y acertadas” interpretaciones de signos, símbolos y documentos antiguos, (como también de pretensiones de hallarse en contacto directo con la Divinidad), estos personajes han levantado sus voces y sus dedos acusadores para prevenir a cuanto descuidado parroquiano esté dispuesto a escucharlos, sobre la urgente necesidad de prepararse para tan sobrecogedor acontecimiento.

1. Las Causas:
Diversas circunstancias han venido a alimentar esta obsesiva fijación y quienes se encuentran bajo su influencia están prestos a descubrir señales del predicho suceso en las más variadas ocurrencias de la cotidianidad. Seguramente todos recordamos las voces de alarma que se dispararon a propósito del famoso Y2K, en el momento de la transición del año 1999 al año 2000. De manera acuciosa, gentes pertenecientes a las minorías opulentas, a ciertas clases políticas y sociales de mentalidad febril y extremista, invirtieron ingentes recursos y esfuerzo en prepararse refugios de distinta naturaleza, casi todos subterráneos, en los que acumularon enormes cantidades de provisiones, agua y armas. Según su manera de ver la situación, el mundo como lo conocemos iba a dejar de existir, en virtud del colapso informático que habría de tener lugar. Superfluo resulta señalar que, aparte de mínimos escollos que muchas entidades catalogaron como “rutinarios”, nuestra forma de vida se mantuvo incólume y quienes permitieron que una manera obtusa e inconsecuente de percibir la realidad los condujese por el camino de la extravagancia, con toda probabilidad lamentan hoy las ruinosas inversiones en las que desperdiciaron sus haberes.

Algo similar ocurrió con respecto a la interpretación del calendario maya, que de forma inexplicable llega a su fin en un punto que los estudiosos determinaron que se podía equiparar con el 21 de diciembre de 2012. Todas esas mentes dadas a buscar indicios de catástrofe dondequiera que posan sus ojos vieron en este hecho un “clarísimo” mensaje profético de lo que, según ellos, estaba por llegar. La fragmentaria información que ha logrado reunirse sobre la mencionada cultura mesoamericana, como también su inexplicable desaparición entre los siglos VIII y IX DC, vinieron a constituir un magro soporte que, sin embargo, dio sustento a la creencia de que los miembros de esa civilización estaban en posesión de medios o recursos de algún tipo que los capacitaban para predecir lo que se llamó “el fin de un ciclo y el comienzo de otro”. De nuevo corrió la gente a procurarse reservas y refugios que les garantizaran la supervivencia. Y, como nos lo muestra la incontrovertible realidad, de nuevo quedó plenamente probada la futilidad de tanto preparativo y la pérdida de cuantiosas sumas de dinero. Todo lo cual nos lleva indagar sobre las causas que han dado lugar a lo que podría denominarse una “mentalidad orientada hacia el Apocalipsis”.

Nadie puede cuestionar la complejidad de la vida moderna ni la manera en que el desarrollo de un avanzado conocimiento técnico-científico ha influido en la existencia de los seres humanos. Esta ha venido evolucionando a partir de tiempos inmemoriales desde una gran simpleza hasta lo que vemos hoy. La carrera vertiginosa de todos y cada uno de nosotros por hacerse con una posición así sea medianamente aceptable en el competitivo mundo actual, con los consiguientes niveles de angustia, frustración, ansiedad y desasosiego que lo caracterizan, ha terminado por convertirnos en individuos mecanizados, destinados a llevar una vida azarosa en la que todos avanzamos con ánimo desaforado en procura de un objetivo indistinto que cada vez se nos presenta más y más inalcanzable, puesto que cuando creemos haberlo logrado, con frecuencia nos encontramos con una pírrica recompensa, cuando no simple y llanamente con las manos vacías. Parafraseando a Joan Manuel Serrat: “Llegamos siempre tarde a donde nunca pasa nada”.

Es por esta razón que muchos de nosotros nos afanamos en buscarle sentido a esta sinrazón. Durante siglos, individuos iluminados que afirmaban (y todavía hoy afirman) ser mensajeros de un magno poder celestial intentaron dar respuesta a los múltiples cuestionamientos del hombre común. De forma parcial pudimos encontrar satisfacción a nuestras dudas a partir de convicciones sustentadas en la fe. Pero eso no fue suficiente. A medida que la racionalidad hacía palidecer a la creencia, otra vez nos vimos enfrentados con esta realidad opresiva y con este sentimiento de confusión, que de manera categórica expresara alguna vez Rafael Pombo en su “Hora de Tinieblas”: “…sopla el tiempo y ando y ando, ignoro a dónde y por qué…”. Y en esa búsqueda, muchos llegan al convencimiento de que lo que va, así como va, no puede durar mucho más. De modo que toman la decisión de prepararse para cuando todo cambie, con la firme determinación de ser parte de los elegidos que habrán de darle forma y consistencia al nuevo mundo.

Bien mirado, resulta hasta cierto punto de vista comprensible el que muchas personas asuman esta actitud “apocalíptica”. La realidad circundante resulta cada vez más abrumadora y es la primera vez en toda su existencia que el ser humano se ve enfrentado a la urgente necesidad de replantear su presencia en el mundo, ante las inequívocas señales de alarma que recibe del entorno. Hemos sido los responsables directos o indirectos de la extinción consumada o por consumarse de cientos de especies; nuestra forma de vida actual, plena de comodidades y adelantos tecnológicos, está teniendo un efecto nefasto sobre la naturaleza; de cuando en vez volvemos la vista hacia el firmamento y nos hacemos conscientes de la precaria condición del planeta frente a unas amenazas cósmicas que, si bien hoy por hoy son apenas eventuales, no por ello son menos preocupantes; todo ello sin tener en cuenta tantas y tantas confrontaciones que bañan con sangre y lágrimas el suelo que pisamos, sin que exista a corto o mediano plazo un esquema de solución que ponga fin a la tragedia y nos abra las puertas a una nueva era de concordia y justicia social, de la que estén ausentes el hambre, la explotación del hombre por el hombre, la codicia y el cúmulo de necesidades insatisfechas que han agraviado a tantos durante tanto tiempo.

Un ingrediente adicional que tiene mucho qué ver en este panorama es el sentimiento místico-religioso que ha caracterizado a la especie humana desde sus más tempranos albores. Cuandoquiera que su mente inquisitiva no encuentra explicación para lo que ocurre a su alrededor, el ser humano ha tenido la tendencia a volver sus ojos y su mente hacia lo sobrenatural. Ahora como entonces, con frecuencia nos hacemos conscientes de nuestra condición de desamparo frente a casi todo lo que nos rodea y nos vemos inermes e indefensos, a pesar de la arrogancia que nos ha hecho llegar a creer que en verdad somos los “reyes de la creación”. Por esta razón hemos acunado entre nosotros a toda clase de profetas, chamanes, visionarios y augures a quienes escuchamos con mayor o menor atención, convencidos de que se hallan en permanente contacto con una potencia suprema, todopoderosa, iracunda y punitiva, que por intermedio suyo nos comunica su descontento y su inminente y “justiciero” castigo, (pero que, por lo demás, permanece sorda e indiferente a nuestras súplicas y múltiples calamidades). Y es así como muchos han llegado a dar cabida en sus mentes a la convicción de que se avecina un final catastrófico que habrá de poner fin a una realidad opresiva y que constituirá el nacimiento de una nueva etapa, de un nuevo comienzo, más promisorio y menos azaroso. Todos aquellos que se ven a sí mismos como “elegidos” y cuentan con los enormes recursos necesarios, optan entonces por adoptar las disposiciones necesarias para poder ser parte de ese nuevo ciclo de la existencia humana.

2. Las Consecuencias:
Esta creencia en la proximidad del Armagedón no ha sido del todo inocua en el mundo moderno. Las premoniciones fatalistas han inundado todas las instancias de la vida cotidiana y han dado lugar a un número indeterminado de especulaciones que no han dejado de tener una influencia nociva en las gentes de hoy. Como siempre, las personas se han dividido en unos cuantos grupos firmes de creyentes, otros tantos que manifiestan un total escepticismo y los más, por lo general poco avisados y sometidos al bombardeo de información contradictoria, que no saben qué creer. Y es en estos últimos en quienes tienen lugar los más funestos efectos. La propaganda puede llegar a ser un arma de destrucción masiva, al permear las mentes de cientos de miles que, bien manipulados, se muestran dispuestos a dejarse conducir por senderos impensables. En muchas fases de nuestra historia encontramos abundantes ejemplos de ello. Por esa causa, el Sheriff y las autoridades de Sedona, Arizona, estaban seriamente preocupados por el efecto que la diatriba delirante de Peter Gersten pudiera tener en otras personas que se sintieran impulsadas a seguir su ejemplo. Según podemos recordar, este abogado jubilado de algo así como 70 años había proclamado a los cuatro vientos que el 21 de diciembre de 2012 saltaría al vacío desde Bell Rock, un elevado peñasco de 1.468 metros de altura, para ingresar así a un vórtice tridimensional que se abriría a una hora específica y que lo llevaría al centro de la galaxia. (Valga decir que no hubo tal vórtice y, por lo tanto, no hubo tal salto; sino que, por el contrario, un Gersten probablemente confuso y cabizbajo, regresó a su casa por sus propios medios). De igual manera, gobiernos nacionales y locales de todo el mundo habían manifestado fundados temores sobre el riesgo de suicidios individuales o colectivos, auspiciados por sectas milenaristas, como resultado de la popularización de la creencia de que en la mencionada fecha habría de tener lugar un evento cataclísmico de proporciones desconocidas. Frente al hecho consumado de suicidios colectivos acaecidos en el pasado, como por ejemplo el de los 39 integrantes de la secta denominada “La Puerta del Cielo”, cuyo frenesí fue exacerbado por la aparición del cometa Hale-Bopp, o la inconmensurable tragedia de la muerte auto infligida de los 900 miembros de la secta “El Templo del Pueblo”, que lideraba el tristemente famoso Jim Jones, ocurrida en Guyana, es entendible la inmensa preocupación que generaba este sentir de muchos sobre lo que supuestamente debía suceder.

Pero aparte del efecto que tales “predicciones” puede tener en un sinfín de mentes calenturientas, la divulgación descontrolada de estas doctrinas genera un clima pernicioso que perturba el normal desenvolvimiento de la vida, ya de por sí colmada de avatares diversos que demandan toda nuestra energía y nuestra capacidad de desempeño y adaptación a las circunstancias. Múltiples adversidades nos salen al paso a la vera del camino y se requieren entereza de carácter, voluntad combativa y un cierto grado de confianza en el porvenir para salir adelante. Todas esas características resultan seriamente minadas cuando cunden la desesperanza o la duda de que pueda llegar a haber realmente un futuro por el cual luchar.

Por otra parte, no se nos oculta el hecho de que existen en el mundo grandes necesidades, enormes desigualdades y cientos de miles de seres humanos que se hallan sumidos en diversos niveles desde la pobreza hasta la miseria absoluta. Razón por la cual forzosamente nos vemos obligados a pensar en tantos recursos desperdiciados en virtud de una premonición fatalista y que apenas satisfacen las alucinadas suposiciones de pequeños puñados de individuos de abultada cuenta bancaria y mente febril. Puede afirmarse, claro está, que cada cual tiene la libertad de actuar de acuerdo a lo que le dicten sus necesidades y deseos, sean unas u otros reales o meras fantasías. Pero es evidente que muchas de las penurias que hoy aquejan a un enorme conglomerado de la población mundial podrían atenderse si se dispusiera de fuentes económicas adecuadas y si los dueños de tan enormes fortunas se mostrasen un poco más dispuestos a compartir así fuera algunas migajas con los que poco o nada tienen, en lugar de ir dilapidando sus haberes, cada vez que sus alucinadas mentes prevén un fatídico episodio. Por lo consiguiente, no deja de ser lamentable que estas gentes hayan desperdiciado inmensos capitales en sus elucubraciones ególatras.

No cabe ninguna duda de que la vida es una experiencia intensa. Enormes y cada vez mayores y más intrincadas demandas se ejercen sobre los seres humanos, puesto que alcanzar un equilibrio existencial en el que se conjuguen la adecuada satisfacción de las necesidades básicas, un cierto nivel de desarrollo intelectual, acceso a una cierta cantidad de bienes materiales y la posibilidad de llegar a la vejez y a la culminación con un grado aceptable de dignidad, es un propósito que exige la mayor parte de nuestras capacidades. La lucha es constante y las opciones de victoria o fracaso se definen en cada curva del tortuoso camino que vamos recorriendo. Pero tales son las cartas con las que nos ha correspondido jugar y no existe, hoy por hoy, un mecanismo viable para que las cosas sean diferentes. Así, el más importante deber que nos corresponde como individuos pensantes, es el de asumir con entereza el reto de vivir. Hemos de ser conscientes de las muchas miserias que nos aquejan como especie y realizar nuestro mejor esfuerzo, de aportar nuestro grano de arena en un intento de lograr que el mundo que dejamos sea un poco mejor que ese que nos recibió. Nada de ello habrá de lograrse si asumimos la legendaria actitud del avestruz y enterramos nuestra cabeza en la arena. Nadie posee ni ha poseído jamás manera alguna de develar el momento exacto en que esta forma de vida, tal como la conocemos, llegará a su fin. Si bien la única certeza al respecto es que eso ocurrirá en algún momento, el obnubilar nuestras mentes con obsesiones de tal naturaleza tendrá un efecto malsano y destructivo.

¿Qué tipo de existencia aguardaría a quienes sobreviviesen a un holocausto nuclear, a un cataclismo cósmico o a una pandemia como las que nos han planteado el cine y la literatura? ¿Quiénes de nosotros están preparados para un evento regresivo que nos lleve de vuelta a la Edad de Piedra o a períodos pretéritos de nuestra historia, de los que se hallen ausentes casi todos los recursos con los que hoy contamos, a los que nos hemos acostumbrado y que han venido a constituirse en material imprescindible para nuestro ser y estar? Sin importar cuánto acumulen en su febril previsión, las personas que han asumido la actitud de alistarse para el Apocalipsis deben saber que las existencias de víveres y provisiones se agotarán de manera inevitable. Armados hasta los dientes y con la agresividad natural que caracteriza a nuestra especie, ¿acudirán al búnker vecino para apropiarse de lo que les haga falta, con la consiguiente secuela de cadáveres que irán quedando a medio camino? Si tal es el panorama de la realidad post-apocalíptica, en el supuesto caso de que se salve alguna proporción del género humano, las perspectivas no son muy halagüeñas. Habrán corrido con mejor suerte quienes hayan perecido en el evento, cualquiera que este haya sido.

Así las cosas, tal vez sería mucho más importante aunar los esfuerzos de toda la humanidad para soslayar un acontecimiento que pudiera dar lugar a tan estremecedora posibilidad. Si bien no estamos y nunca estaremos en plena capacidad para prevenir o controlar un incidente de las fuerzas de la naturaleza, desatadas contra el planeta o sus habitantes, podemos sacar provecho y utilidad del sendero recorrido hasta ahora y de lo que hemos sido capaces de aprender, tanto de nosotros mismos como del mundo que nos rodea. Este conocimiento, empleado de la manera adecuada, puede llegar a convertirse en una herramienta fundamental que nos ayude a minimizar las posibilidades de acercarnos al borde de la extinción. Hoy como nunca nos hallamos en la posibilidad de tener conciencia cierta del impacto que nuestra forma de vida, con todas sus extravagancias, tiene sobre nuestro entorno. El desmedido afán de acumulación de riqueza por parte de unos pocos ha sumergido a todos los demás en una crisis dramática cuyas consecuencias son todavía imprevisibles. Mientras que un reducido porcentaje de la población vive en la opulencia, ingentes mayorías se ven obligadas a sobrellevar una forma de vida infrahumana. La contaminación está llegando a niveles aterradores y no se perciben medidas ni a corto ni a mediano plazo. La renuencia de los poderosos a suscribir acuerdos como el protocolo de Kioto, es un claro indicio de su muy poca determinación a renunciar a algunos de los privilegios de los que gozan, en beneficio de la especie. El único sentimiento que parece regir de manera despiadada la vida del género humano es la codicia. Se ha dicho, por ejemplo, que el agujero de la capa de ozono se ensancha peligrosamente y, al parecer, aunque ya existe la tecnología capaz de poner remedio a esta situación, nadie se ha mostrado dispuesto a asumir la tarea, porque esta no es rentable (?!). Al igual que Próspero y sus cortesanos en el cuento de Poe, hemos optado por aislarnos de la inmensa tragedia que nos rodea y nos hemos dedicado a vivir el aquí y el ahora mientras la Muerte Roja hace estragos a nuestro alrededor. Y para terminar de completar este cuadro de horror, cuandoquiera que surge una premonición milenarista o apocalíptica, estos modernos nobles y príncipes se organizan en sus nuevas formas de palacios aislados y fortificados, con la intención de entregarse a su “mascarada”, convencidos de su derecho a prevalecer y a repudiar negligentemente a sus congéneres.

Se dice que los seres irracionales son incapaces de ir en contra de su propia naturaleza. Así, el felino jamás asumirá una convivencia pacífica con el antílope. Pero los humanos somos racionales. Nuestra naturaleza y nuestros instintos primarios nos inducen a obrar de determinada manera, pero eso no quiere decir que esa capacidad de raciocinio no pueda imponerse, de modo que nuestra forma de actuar se ajuste a objetivos que redunden en el beneficio de todos. No es una tarea fácil en un contexto en el que el sinnúmero de necesidades desborda los recursos para satisfacerlas. Aún así, si miramos hacia esta meta y nos proponemos alcanzarla, tendremos la oportunidad de forjar un futuro más promisorio para las generaciones venideras.

Por el contrario, si persistimos en ignorar las señales de alarma, si nos empeñamos en mantener la inmediatez como nuestro único medio de vida y propósito, si desconocemos los derechos de todos para prevalecer, entonces estaremos cultivando esa catástrofe que tanto tememos, de la cual vendremos a ser no solo víctimas sino también artífices. El final llegará antes de lo que cabría esperar, engendrado en esta lenta pero reiterada destrucción de lo que nos rodea, o nacido de un masivo movimiento de seres famélicos, desharrapados y enloquecidos por siglos de necesidades insatisfechas, que no tendrán absolutamente nada que perder, como no sea el reducto paupérrimo de sus miserables vidas.

Acaso no es tarde para encarar el reto de inducir un cambio significativo en la existencia de los seres humanos. Si bien nuestra naturaleza nos hace mezquinos, egoístas y autodestructivos, poseemos el don de la razón, que nos otorga la posibilidad de cambiar. Será tan solo desde ese punto de vista que todos deberemos asumir una mentalidad “apocalíptica”, orientada hacia el único objetivo común de prevenir el potencial desastre que estamos en camino de provocar. Más allá de las amenazas cósmicas, de las premoniciones y elucubraciones de ciertas mentes alucinadas, la meta que hemos de fijarnos es la de producir un cambio radical a la forma en que hasta hoy hemos llevado a cabo nuestro transitar por el planeta.

HIELO Y FUEGO HECHO CANCIÓN – George R. R. Martin

Introducción:
De manera casi inesperada, tanto lectores como televidentes nos encontramos hace un par de años con esta creación que ha venido acaparando nuestra atención y que nos ha atrapado en sus redes. Luego del auge obtenido por las producciones fílmicas que llevaron a la pantalla la obra de Tolkien, con lo cual muchos de nosotros hicimos la correspondiente retrospectiva hacia las novelas, escritas varios lustros en el pasado, surge la obra de este norteamericano, que ha desbordado todas las expectativas de venta y que ha dado lugar a una superproducción televisiva de varias temporadas.

Con gran habilidad narrativa, el autor nos ha ido sumergiendo en un mundo extraño, en el que cabe esperar que ocurra toda clase de acontecimientos en los que se mezclan una realidad que puede llegar a ser sobrecogedora y unos hechos fantásticos que evocan ciertos antiguos relatos en los que magos, hechiceros y seres comunes y corrientes interactuaban y vivían sus vidas rodeados de un mundo oscuro en el que la emoción más frecuente era el temor. Quienes estén en disposición de recordar la famosa serie de la “Dimensión Desconocida”, no encontrarán en el contexto de esta obra monumental mayores diferencias con los sucesos que se desarrollaban en la pantalla chica, en los que hechos inexplicables llevaban a los personajes a los límites de la cordura, causando al mismo tiempo en los tele-espectadores abundantes dosis de asombro y fascinación. No ha de extrañarnos, por lo tanto, saber que George Martin era el guionista de la mencionada serie. Tal es la trayectoria de quien hoy ha inundado el mercado literario con sus obras y ha dado lugar a que se lleve a cabo uno de los proyectos fílmicos más costosos de la historia.

La Ambientación:
El autor se ha dado a la tarea de diseñar un mundo alterno y distinto del que conocemos para el desarrollo de los acontecimientos. Co-existen en él diversos tipos de regiones con una variada gama de características geográficas, condiciones climáticas y habitantes que se comunican en distintas lenguas. La época seleccionada es un período oscuro que bien podríamos equiparar con la Alta Edad Media, si bien no todos los rasgos que caracterizaron tal momento histórico se hallan presentes. En lugar de ello, otras circunstancias se han empleado como sustitutos, aunque la estructura feudal, con su rey, sus barones vasallos, que son los dueños de la tierra y el pueblo raso, inculto, desharrapado y al borde de la inanición, se mantienen como motivos histórico-literarios predominantes.
Pero tanto quienes hayan adquirido un conocimiento más o menos exhaustivo del período medieval, como aquellos otros que carezcan de datos históricos detallados, podrán encontrar un inmejorable parangón en esa escalofriante orgía de crímenes, sangre, pasiones desatadas y traición en que navega la trama. El ser humano se nos muestra aquí de manera escueta, aquejado de los mismos vicios que ya conocemos, pero elevados a un grado superlativo. Intriga, ambición, soberbia y bajos instintos, todo ello enmarcado en una desmedida ansia de poder y de riquezas, son los engranajes en que se mueven los personajes en su deambular por la saga.

La sociedad que se nos muestra es de carácter total y absolutamente patriarcal. Son los hombres quienes llevan la voz cantante y los personajes femeninos, aún aquellos con gran entereza de carácter, se ven notablemente disminuidos frente a los varones de su entorno, casi todos ellos avasalladores e impositivos, y que no vacilan en llegar a oprobiosos extremos de abuso físico y emocional contra sus mujeres, reducidas las más a simples objetos sexuales que se tienen al alcance, se poseen y se desechan. La incontable cantidad de hijos bastardos engendrados por los señores (por supuesto), hecho tolerado y asumido como aceptable en el contexto, es apenas una muestra de tal situación. Las mujeres, a su vez y con solo alguna que otra excepción, asumen su papel de sometimiento. Son los hombres de sus familias quienes deciden por ellas, determinan su destino, eligen a quienes han de ser sus maridos o las toman como amantes para su personal satisfacción. El único valor que llegan a tener es el de sus familias, sus tierras y demás posesiones, que pueden eventualmente resultar atractivas para constituir alianzas, adueñarse de valiosos dominios o acrecentar la fortuna personal de un varón. El componente sexual viene a ser tan solo un añadido que poco o nada desvela a su nuevo amo, puesto que él tiene a su disposición cuantas figuras femeninas desee de las que se hallan a su alcance.

De manera adicional hemos de afirmar que el autor ha logrado crear un medio ambiente abundante en detalles. Las familias que conforman el Reino del Poniente han sido descritas de manera magistral y su localización territorial es de una precisión a toda prueba, como puede apreciarlo quien se tome la molestia de alternar la lectura con frecuentes miradas a los mapas que cada volumen pone a nuestra disposición. Así mismo, es sorprendente y muy ilustrativa la pormenorizada observación que se hace de la heráldica; la descripción de los blasones con sus imágenes, colores, tamaños e importancia contribuye a enriquecer la lectura, si bien en ocasiones la imaginación del lector puede llegar a sentirse un tanto abrumada frente a las minucias que se le presentan. El mundo es boscoso, por no decir casi selvático. Los elementos vienen a ser un adversario poderoso contra el cual no hay protección posible; especialmente el invierno, cuya proximidad es constantemente referida con soterrado temor. El ciclo de estaciones no tiene nada que ver con lo que conocemos. Cada una de ellas tiene una duración imprecisa, al parecer aleatoria, y puede variar entre unos meses y varios años.

En contraste, las condiciones que se viven en las llamadas «ciudades libres» marcan una diferencia crucial. El clima es desértico y tropical y las altas temperaturas son una amenaza constante. Cada urbe se desenvuelve de manera autónoma e independiente, sin que exista un soberano al cual deban obediencia. La vida sigue su curso de manera más o menos caótica y, al igual que en el Reino, los poderosos mantienen e incrementan sus fortunas a costa de la explotación de sus congéneres. También aquí tienen lugar aterradoras exhibiciones de crueldad, sin que nada ni nadie parezca estar dispuesto a suscitar ni permitir un cambio. Es por ello que la presencia de Daeneris, con su mentalidad libertaria y, hasta cierto punto de vista progresista, será mirada como una intrusión inadmisible.

Un aspecto curioso de la ambientación de la obra es aquel referente a las deidades. Al parecer desde mucho tiempo atrás, el Reino ha tenido como tutelares a los Siete. Los sacerdotes son, por lo tanto, “septones” y su líder en rango y jerarquía es el Septón Supremo, radicado en el que, a tal efecto, se denomina el Septo de Baelor, cuyo poder puede llegar a ser equiparable al del soberano, como bien podrá dar fe Cersei. Pero no son las únicas divinidades veneradas. Comparten el culto con varios otros entes sobrenaturales entre los que se cuentan el Dios Ahogado y el Señor de la Luz. Allende los mares también se habla de otros tantos dioses. Esta multiplicidad politeísta no tendría nada de particular, si no fuera por la poderosa influencia que cada ser supremo ejerce a través de sus sacerdotes y sus ritos. La magia (o hechicería) no está del todo ausente de los mismos y es su característica común la sed de sangre y de sacrificios. También es notable la insistencia del narrador ante el estado de indefensión en que todas estas omnipotencias mantienen a sus adoradores. Mucho se reza a lo largo de la trama, pero la única respuesta a las peticiones es un despectivo silencio. Los hombres deben, entonces, desenvolverse sin esa protección que ansían, más que suponen, y en la que muchos ha tiempo que han dejado de creer.

No puede, sin embargo, el autor, sustraerse a la influencia judeo-cristiana que impera hoy por hoy en la cultura occidental. La costumbre de los Targaryen de contraer nupcias con sus hermanas, (tal como lo hicieran los egipcios y los incas, sin ir más lejos), es mirada por los demás personajes de la obra como bárbara y antinatural. El incesto consumado es esgrimido como un delito abominable que cuestiona la legitimidad del ascenso al trono y es visto como un gran pecado que debe expiarse pública y vergonzosamente, luego de haber sido confesado. La fornicación, cometida por una mujer, es motivo de oprobio y censura, mientras que los hombres de todas las condiciones mantienen impunemente relaciones con amantes y “esclavas de cama” sin que tal situación sea vista como reprochable. Pocas diferencias encontramos en este esquema, al compararlo con las costumbres de los antiguos patriarcas hebreos y con la “moderna” estructura social que impera en ciertas otras culturas que aun hoy, en pleno siglo XXI, tienen a las mujeres condenadas a un oprobioso sometimiento. Escapa del modelo la que llamamos “civilización occidental”, no porque el comportamiento masculino difiera en mucho de aquel descrito en la obra, sino porque las mujeres, a fuerza de lucha y no pocos desvelos han ido logrando una condición ligeramente más equitativa, aunque en medios como el nuestro todavía existen mentalidades retrógradas y retardatarias que, a la sombra de la Cruz, esa misma que cobijó la quema y la tortura de tantas “brujas”, hace apenas un par de siglos, todavía pretenden legislar respecto al derecho que les asiste a las representantes del sexo femenino para decidir sobre sus cuerpos y sus mentes.

La Trama:
Al igual que cualquier otro relato del Medioevo, los acontecimientos que se desarrollan en la saga giran alrededor del quehacer de reyes, reinas, caballeros y vasallos. Todo ocurre en un inmenso territorio, el Poniente, dividido en lo que el autor llama 7 reinos claramente diferenciados, cada uno de ellos con una familia feudal que obtiene el usufructo de las tierras y rinde pleitesía al rey. Pero la paz no es la característica predominante en estas latitudes. Las diversas casas riñen por el poder y aprovechan cualquier debilidad del soberano para “sacar las uñas” y dejar al descubierto sus ambiciones. Así, antes del inicio de la narración, los Baratheon promueven la rebelión contra la casa gobernante, los Targaryen y de manera cruenta se hacen con el trono. A partir de aquí se desarrolla un vendaval de acontecimientos en los que la guerra será el ingrediente predominante. Esgrimiendo el arma de la traición y el asesinato, los Lannister asumen el liderazgo, mientras las familias damnificadas se apartan y rumian su venganza.

Los hechos se enmarcan en un contexto dramático y el caos resultante da lugar a una contienda de enormes proporciones, en la que nadie está seguro. Por el contrario, personajes que el lector había identificado como eventuales protagonistas pierden la vida en circunstancias grotescas, mientras que otros logran su preeminencia a través de acciones deshonrosas y de una bajeza incalculable. Más allá del mar, una niña núbil es utilizada como objeto de comercio por su propio hermano y este acto desencadenará una serie de imprevisibles acontecimientos. Pero la esencia de la trama se centra en la recuperación del “Trono de Hierro”, donde se aposenta la real figura que, supuestamente, rige los destinos de ese inmenso territorio.

De forma simultánea, al norte se libra una batalla paralela contra unos enemigos tenebrosos, producto de las condiciones fantásticas que tienen lugar en este universo. Los guardianes de la seguridad del Reino son un conjunto de hombres condenados a este menester por diversas razones, muchas de las cuales tienen que ver con crímenes atroces o muestras de deslealtad al señor de turno. Al igual que los galeotes de nuestra historia lejana, tienen como único destino este servicio aciago que no promete otra cosa que eternas penalidades durante su vida, y una pronta muerte en enfrentamientos inevitables con unos adversarios humanos y otros no tanto. El frío permanente es su única compañía, puesto que un voto de celibato perpetuo aleja cualquier posibilidad de contacto femenino.

Así, de esta manera, transcurre la acción a lo largo de los cinco volúmenes de la serie que han visto la luz hasta ahora. Sabemos que habrá por lo menos otros dos tomos, seguramente igual de abultados, en los que, esperamos, comience a desenredarse esta extensa madeja de hechos y situaciones confusas. Puesto que la acción, hemos de decirlo, avanza lentamente y de un libro a otro se abren más y más frentes en los que una multiplicidad de individuos, unos conocidos y otros no, marchan al cumplimiento de objetivos no del todo definidos, impelidos por el deseo de satisfacer ansias mezquinas y personales, sin que importe el costo de pesar, muerte y destrucción que se ocasione a otros.

Los Personajes:
Una notable multiplicidad de gentes hace presencia a lo largo del desarrollo de la acción. El autor ha establecido un eje central de figuras que han logrado sobrevivir a lo largo de las cinco entregas de la saga. Como ya ha quedado establecido, vanos son los intentos del lector por localizar sus preferencias al lado de quienes parecerían ser los protagonistas de la obra. Oculta en las páginas acecha la muerte, que por lo general sucede de manera inesperada y que da al traste con cualquier consideración afectiva que hubiéramos podido construir. Existe, no obstante, un abanico de personajes que han ido trascendiendo de un volumen a otro y que parecieran destinados a ejercer una profunda influencia en el curso que hayan de tomar los acontecimientos. Pero todo ello está por verse, puesto que se han presentado otros individuos de los que habíamos pensado lo mismo, pero que sucumbieron en la tormenta que agita al Reino.

Cabe decir, sin embargo, que la caracterización que se hace de cada figura es poco menos que sobresaliente. Cada personaje de importancia nos es presentado en un todo que conlleva cualidades y defectos, descripción física, fortaleza o debilidad de carácter y las variadas maneras en que compensa con ciertos otros rasgos las características de que carece. Además, cada uno de los que asume un papel principal va evolucionando, va madurando, a medida que se desenvuelve la trama. De forma precisa se nos expone la incidencia que los hechos van teniendo en cada uno y cómo van cambiando en lo referente a personalidad, firmeza, expectativas y metas que se proponen. Esta transformación es uno de los elementos que determinan el curso de la vida de cada uno, cuando no se ve truncado por el puñal o la espada.

Sin embargo, no dejan de darse otros personajes con poca o ninguna evolución. Son figuras que mantienen una tipología fija y más bien estática, pero cuyo imponente y arrollador desenvolvimiento conlleva una influencia poderosa en los sucesos que tienen lugar. De esa manera, todos estos seres interactúan y dan cabida al caos que sienta su precedente a lo largo de la historia. Será cuestión de ver quiénes de todos ellos habrán de prevalecer finalmente y de qué manera su quehacer determinará las pautas esenciales del final de la trama.

La Verosimilitud:
Uno de los primordiales objetivos de un escritor es hacer que su historia resulte creíble. A este respecto se ha acuñado el concepto de “verosimilitud”, aplicable a obras de ficción que en mayor o menor medida se alejan de los parámetros normales de la realidad. La idea se aplica a un sinnúmero de aspectos, desde las pautas generales del contexto hasta las características y rasgos que distinguen a los personajes. Es imprescindible conducir la narración por una senda que resulte viable en términos de credibilidad y que, aún en los más extremos casos que nos plantea la ciencia ficción, por ejemplo, los acontecimientos y el resto de los diversos elementos narrativos eviten caer en el absurdo o el ridículo.

La verosimilitud se afinca en un principio fundamental, según el cual todo lo que integra la obra: la historia, los sucesos y las vidas de quienes los viven debe ajustarse de manera rigurosa a los términos generales del mundo narrativo que ha propuesto el autor desde el principio de su narración. Así las cosas, circunstancias que parecen salirse de lo racional, como el que dioses armados hasta los dientes luchen hombro a hombro junto a los esforzados héroes que asedian a Troya, o que un ser venido de un mundo extinto posea habilidades extraordinarias y dedique su existencia al servicio de la justicia en Metrópolis, pasan a ser creíbles dentro de los términos específicos de contexto que sus creadores han ofrecido.

La historia de Martin nos lleva a un mundo sin precedentes en el que seres humanos ordinarios se debaten en el pantano de sus propias existencias, muchas veces ruines o aparentemente carentes de sentido, realidad que debe ser compartida con entidades ominosas que, desde el inicio mismo del relato, hacen presencia ante los ojos del asombrado lector, que inicialmente no logra entender lo que ocurre. De esa misma manera, a medida que se va deshilvanando la historia, se hacen claras referencias a las figuras de los dragones, míticas criaturas que han poblado el folklor de numerosas culturas y que en este universo se muestran en todo su pavoroso esplendor.

Así las cosas, en medio de seres inconcebibles, de ciertos actos de magia o brujería, de sustancias con propiedades extrañas y de hombres comunes y corrientes dotados de rasgos pasmosos, se desenvuelve una trama en la que la principal protagonista parece ser la mezquina ambición que anida en lo profundo del corazón humano. Todo es posible en este contexto oscuro y tenebroso y el lector no tiene que hacer un gran esfuerzo para que su imaginación vuele a recónditas alturas, hasta sentirse como un personaje más, inmerso en el papel de observador y pendiente de hechos que suscitan emociones que van desde el simple asombro hasta el temor reverencial, en virtud del cúmulo de sucesos que tienen lugar a lo largo de la saga. Ha de decirse que todas y cada una de las situaciones que se narran, se hallan rigurosamente circunscritas al contexto propuesto por el autor. De esa manera, salir indemne de entre las llamas o ser devuelto a la vida después de un combate que ha tenido consecuencias mortales, no vienen a ser hechos tan absurdos en un mundo en el que un trasfondo prodigioso enmarca los sucesos que se van presentando.

Lo que ha de esperarse:
Múltiples sentimientos encontrados bullen en la mente del lector, una vez concluye la lectura del quinto volumen de la serie. Sucesos inesperados han tenido lugar, como también otros que llevamos aguardando desde mediados del tercer tomo todavía nos mantienen en vilo. La trama no es en absoluto predecible. Tan solo de una manera muy imprecisa puede alguien anticipar la suerte de algunos de los personajes, mientras que lo que ocurre a otros puede llegar a sorprendernos. Por esta causa resulta casi imposible adelantarse a los hechos a partir del esquema de acontecimientos que ha venido desenvolviéndose. Al ser tantos y tan variados los seres que pueblan el relato, cada uno de ellos con una agenda particular en la que objetivos más o menos claros y propósitos a veces innombrables se entremezclan de manera confusa, el lector no puede hacer otra cosa que deambular por la historia tratando de comprender el rumbo que esta va tomando. A estas alturas ya hay unos perfiles bastante claros, algunos de ellos establecidos a nivel familiar, como es el caso de los Lannister, pero cuál haya de ser el camino por el que vayan a discurrir los acontecimientos resulta imposible de determinar.

Pero un derecho que le asiste al lector es el de la conjetura. Y por la forma en que se ha venido planteando el proceso narrativo, además de la certeza (una de las pocas con que contamos) de que habrá por lo menos dos volúmenes más, bien podemos suponer que la madeja irá desenrollándose muy lentamente. Seguramente seremos testigos de algunos hechos de importancia que se desprenderán de ciertos sucesos más o menos inesperados, acaecidos en el quinto tomo. Sabemos que algo va a pasar, pero ignoramos el qué y el cómo. Aparte claro está, de la ya inminente llegada del invierno que, se presume, finalmente ocurrirá, si hemos de creer lo que insinúa el título de la sexta entrega, según lo que el autor nos ha dejado entrever.

Si tal estación es, como ha venido insinuándose a lo largo del relato, una enorme calamidad para el Reino, es de suponer que muchas cosas cambiarán en las vidas de quienes todavía subsisten a los avatares de esta contienda espeluznante. ¿Y qué ocurrirá en las Ciudades Libres? De lo poco que puede deducirse a partir de lo dicho hasta ahora, parece que esta región no sufre la invasión del frío. Pero la lucha allí también ha tomado ribetes dramáticos y cabe suponer que algo tendrá que pasar para sacar de su estancamiento a la narración de lo que sucede. Probablemente en algún momento las historias que hasta ahora han seguido senderos paralelos mostrarán la tendencia a juntarse. Imponentes y fieros personajes cruzarán sus caminos y es evidente que la confrontación será inevitable. Pero quién haya de ser el vencedor es algo que tan solo conoce el autor (o quizás ni él mismo lo haya establecido todavía) y nosotros deberemos esperar con ahínco la publicación del material faltante para enterarnos.

De todas maneras, quienes nos hemos convertido en fanáticos irrestrictos de esta obra tendremos todavía un relativamente amplio margen de tiempo para mantenernos sumergidos en el mundo fantástico de Martin, antes de que lleguemos a la página final y debamos afrontar el abrumador síndrome de pérdida, una vez encaremos el hecho incontrovertible de que la historia ha terminado. Nos quedará el recuerdo del impecable relato, de los sucesos inenarrables que nos sobrecogieron y el placer infinito de poder contar con escritores de la categoría de George Martin, con su capacidad para hacernos vibrar y despertar en nosotros toda suerte de emociones.

LA BÚSQUEDA DE LA PAZ

1. Situación y relación mutua de quienes no están en guerra, no están enfrentados ni tienen riñas pendientes.
2. Pública tranquilidad y quietud de los Estados, en contraposición a la guerra o a la revolución.
3. Tratado o convenio que se concuerda entre las partes beligerantes para poner fin a una guerra
4. Reconciliación, vuelta a la concordia.
Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe

Estas son algunas de las acepciones que nos muestra el diccionario, referentes al concepto de “paz”. Al recopilar, en términos generales, los cuatro significados expuestos, podemos resumirlo todo en una especie de “ausencia de conflicto”, lo que por ende implica una eventual tranquilidad, no solo de espíritu sino también en lo material, por lo menos a nivel colectivo, en lo que atañe a pueblo, nación o Estado. Ello da lugar, entre otras cosas, a que puedan ser posibles y menos azarosas algunas de esas características y palpables expresiones del devenir de la especie humana, tales como eso que llamamos progreso, la creación artística y la interminable búsqueda de la felicidad, mientras transitamos por la vida y esperamos poder darle un significado coherente a este inescrutable fenómeno de existir.
Pero, ¿es realmente posible alcanzar la paz? Nuestro país se ha debatido a lo largo de los siglos en una maraña de enfrentamientos de diversa naturaleza, que han hecho que la paz se haya convertido en una utópica quimera. Oscuras características de nuestra naturaleza, como la codicia, la soberbia y la ambición desmedida han dado lugar a que esa mencionada tranquilidad haya brillado por su ausencia, no solo presumiblemente durante la época pre-colombina sino de manera mucho más tangible y atormentada, a partir del instante en que los aventureros europeos arribaron a estas costas. Desde entonces y parafraseando la afirmación del maestro García Márquez en su discurso de Estocolmo, “…no hemos tenido un instante de sosiego.” La paz nos ha sido esquiva y nuestra historia reciente se halla plagada de conflictos generados por una variopinta gama de causales, los cuales han cubierto de lágrimas y sangre el suelo en que vivimos. Todo ello nos ha traído al momento actual, cargados no solo con un ingente equipaje de odios, resentimientos, frustraciones y mezquindades, sino también afligidos por innumerables, sangrantes y dolorosas heridas que de manera ineluctable hemos ido transmitiendo a nuestros hijos, de generación en generación, como un legado malévolo, que ha lastrado sus vidas y ha comprometido su futuro.
Nos asiste, por lo consiguiente, el derecho de buscar con ansia la manera de poner fin a tantas y tantas penurias, para tratar, de esa manera, de superar nuestra condición actual, con la esperanza de que las generaciones venideras logren una convivencia más amable, en un ámbito en el que las múltiples tragedias del pasado no sean otra cosa que reminiscencias de ingrata recordación, mantenidas en la memoria colectiva, tal como ocurre con los hechos infames del Holocausto, con el único propósito de aunar esfuerzos para que algo así nunca jamás vuelva a ocurrir.
Por lo tanto, resulta comprensible suponer que esa tan anhelada paz no habrá de ser otra cosa que un bien que deberemos cimentar hoy para que lo disfruten nuestros descendientes. Nos hallamos abocados entonces a la grave responsabilidad de construir el porvenir. Se trata, sin duda, de una titánica tarea, y será necesario que nos esforcemos para estar a la altura de las circunstancias. Hemos de constituirnos en los gigantes sobre cuyos hombros reposarán la concordia, la serenidad y la armónica convivencia de quienes vendrán después de nosotros. Y la única aspiración que podemos abrigar es que esta abnegación, que no estará exenta de una alta dosis de sacrificio, nos otorgue un lugar en el recuerdo de aquellos que ocuparán estos aposentos una vez que nos vaya llegando la hora de partir. Podemos decirlo en términos simples utilizando un cliché que se aplica de manera perfecta a la situación: “Estamos a punto de hacer historia”.
Entonces, ¿qué se necesita para llegar a esa meta que, hoy por hoy, parece tan lejana? Tal es el interrogante que todos debemos plantearnos, una vez nos hayamos hecho cargo de la importancia y la urgencia del objetivo que pretendemos alcanzar. Pero además, es fundamental que tengamos en cuenta la referencia a un eventual y aparentemente inevitable sacrificio. ¿Están los líderes de hoy preparados y dispuestos a asumir el reto que todo eso implica? Y es que el involucrarnos en un proceso que ponga fin a tantos años de lucha fratricida, contienda en la que los objetivos primigenios tiempo ha que palidecieron, superados de lleno por la inmediatez del lucro a corto plazo, el usufructo del poder y el reiterativo desencanto de una sociedad que ha visto una tras otra sus esperanzas frustradas en las múltiples promesas incumplidas, no habrá de ser, en modo alguno, una tarea fácil.
La forma en que se interpreta la magnitud del desafío varía de una persona a otra, en la medida en que cada uno haya sido más o menos alcanzado por el fragor de la lucha o por sus extensivas y dolorosas secuelas. Hay, por lo tanto, una relativamente amplia gama de percepciones, no solo de lo que debe ser esa paz que buscamos, sino también del camino que debemos seguir como núcleo social, para alcanzarla. De esa misma manera, todos aquellos que sufrieron en carne propia el inmenso cúmulo de desigualdades que los llevaron a buscar a sangre y fuego el alivio de sus muchas necesidades, abrigan expectativas de equidad y de justicia, como corolario de sus desvelos. En mayor o menor medida todos queremos esa paz pero también deseamos alcanzar algo con ella. Así las cosas, una nueva pregunta surge en medio de esta reflexión: ¿Es la paz un objetivo lo suficientemente valioso como para que estemos dispuestos a alcanzarlo a como dé lugar? En otras palabras: ¿Será que en este caso, el fin SÍ justifica los medios?
Cualquiera de nosotros sabe que no hay respuestas exactas para tanto cuestionamiento. No hay una verdad absoluta en esa mezcla de opiniones, sentimientos y puntos de vista que se generan alrededor de esta quimérica ilusión. Por esa misma razón ha de tenerse en cuenta que ninguna posición al respecto deberá considerarse ni totalmente cierta ni totalmente falsa. La tarea es, pues, ver de qué manera se pueden compaginar, acomodar y ajustar tantas y tan diversas apreciaciones, para que puedan coexistir y para que sus defensores puedan trabajar mancomunadamente en la búsqueda del objetivo común. La gran inquietud es si eso es realmente posible y cómo lograrlo. Surge, por supuesto, una gran duda al respecto; muchos son los que, al mirar este intrincado panel de seres, esta “colcha de retazos” de intereses y propósitos, consideran que tal asociación es imposible. Que nadie que se declare a sí mismo como víctima estará dispuesto a olvidar el pasado y tenderle la mano a quien considera su victimario. Que, como otros Montescos y Capuletos, la enemistad es eterna y trascendente. Pueden tener razón en lo uno, pero definitivamente hay que hacer hasta lo imposible para impedir lo otro.
Nadie ni nada de lo que hagamos podrá devolvernos al ser amado, desaparecido de una u otra manera en el maremágnum del combate. No hay forma de reponer la tranquilidad perdida ni de recoger las lágrimas vertidas a consecuencia del dolor. Pero, como dijera Michelle Bachelet al recorrer el Museo de la Memoria en Santiago de Chile: “No podemos cambiar nuestro pasado, solo nos queda aprender de lo vivido. Esta es nuestra oportunidad y nuestro desafío”. Y habría que añadir: “Nuestra responsabilidad es cambiar el futuro para que no se repitan los errores de ese pasado”.
De esa manera, el único camino que nos queda es el de mirar hacia adelante. Deponer nuestros miedos, nuestros odios y rencores, ante la perspectiva de que las cosas puedan ser mejor; que el mundo en el que hayan de vivir nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos pueda verse al fin libre del flagelo de una lucha estéril en la que todos hemos perdido y seguiremos perdiendo, a menos que hagamos lo necesario para alterar el rumbo de los acontecimientos. Es necesario mitigar nuestro dolor con esperanza. Si no hay nada que pueda curar nuestras heridas, hemos de proponernos que las próximas generaciones no tengan que padecer el mismo calvario. Hemos de lograr que esta sociedad busque un nuevo camino, más promisorio y más amable.
Podemos entonces suponer que la paz es posible. Que estaremos dispuestos a asumir el papel de padres y que soportaremos con estoicismo la angustia de nuestros corazones. Que declinaremos la búsqueda de la justicia-venganza y nos llevaremos nuestra tragedia a la tumba, para que nuestros hijos no tengan que verse aquejados por una tragedia similar. Que reuniremos nuestros esfuerzos para lograr una sociedad menos inequitativa que aquella que generó esta inconmensurable locura, puesto que no se nos oculta que un contexto de justicia social, humanidad y respeto por el otro, habrá de ser el fundamento de eso que queremos alcanzar. Otros pueblos han discurrido ya por este sendero, luego de sufrir amargos sinsabores causados por pretéritas dictaduras o por una contienda civil parecida a la nuestra. Por muy inaceptable que pueda resultar a nuestros oídos, agobiados por el llanto de los niños, los clamores de piedad de las madres y el ruido ominoso de las motosierras, hemos de considerar que el concepto de “Perdón y Olvido” puede llegar a convertirse en la única vía para poner fin a tanto sufrimiento. ¿Que nos revuelve el ánimo? ¿Que las víctimas fallecidas se retorcerán en sus sepulturas? Seguramente sí. Pero soportar nuestra propia desazón con entereza y confiar en que el recuerdo imperecedero de aquellos que perdieron la vida en esta tormenta se irá tornando menos doloroso, a medida que veamos los beneficios del cambio, serán la esencia de nuestro aporte para la bienaventuranza del futuro.
Como queda dicho, se requiere de nosotros un enorme acto de fe y esperanza y un inmenso sacrificio de nuestros sentimientos. Pero el objetivo bien vale la pena. Falta ver si poseemos las cualidades necesarias para asumir un reto semejante. El bienestar de muchos dependerá de ello.

LA CULTURA DE LA MUERTE

Con Inmenso dolor y profunda consternación, los ciudadanos del mundo hemos sido una vez más espectadores impotentes de otra tragedia de sangre ocurrida en Estados Unidos. Esta situación, que ya parece haber adoptado las características de una enfermedad crónica y recurrente en ese país, no deja, sin embargo, de producir horror y estupefacción, pues parece que, como un cáncer, ha ido haciendo una dramática metástasis y ha permeado los más diversos estamentos de la sociedad norteamericana. Las más variadas circunstancias han rodeado los hechos más recientes que recordamos con asombro, en escenarios tan disímiles como un colegio de bachillerato, una universidad, una sala de cine y, ahora, un pre-escolar. Y los habitantes de la 1ª potencia mundial no acaban de entender de qué manera, en razón de qué motivos, su mundo se ha visto inmerso en este flagelo que parece remontarse varias décadas en el pasado.

La muerte en masa parece ser un ingrediente de la naturaleza humana. La historia se encuentra plagada de genocidios cometidos por muchas culturas diferentes en muy distintos momentos de la existencia del hombre. Ese don tan preciado, como es la vida, parece haber asumido, a los ojos de nuestra especie, un carácter superfluo y acomodaticio, puesto que nuestra mirada en retrospectiva a lo que somos y a lo que hemos hecho nos muestra una larga trayectoria en la que hemos prodigado la muerte con fría y pasmosa eficiencia.

Pero por supuesto, seres racionales como nos vemos en la actualidad, nos cabe el derecho a la esperanza y a la expectativa de que los procesos civilizadores a través de los cuales hemos discurrido, hayan ido menguando esa tendencia atávica y nos hayan hecho más amantes de la vida y más decididos a protegerla, habida cuenta de su evidente fragilidad. Esa capacidad de raciocinio, ese intelecto superior que nos sacó de las cavernas y nos llevó a posar nuestras plantas sobre la superficie lunar, tendrían que haberse convertido en los instrumentos que nos garantizaran una actitud menos proclive a propiciar la muerte cuandoquiera que nuestro vecino luce, piensa, actúa o se comporta de manera diferente. Pero con inusitada desazón comprobamos que la codicia, la ambición y la ira, de manera muy frecuente se imponen a la razón y desatan en nosotros esa latente agresividad, tan solo insuficientemente domeñada por las leyes y normas sociales que, a tal efecto, nos hemos ido imponiendo para tratar de controlar nuestra naturaleza. De tal manera hemos aprendido a vivir de acuerdo con una normatividad que pretende señalar la senda de nuestro devenir y hemos llegado a creer que los impulsos agrestes se hallan bajo control. Infortunadamente, casi sin que tengamos una real conciencia de ello, con mayor o menor frecuencia se libera el monstruoso kraken y el mundo de seguridad, armonía y concordia en el que creemos vivir, tambalea hasta sus más profundos cimientos.

En lo referente a la tragedia que nos ocupa, cada vez que tiene lugar un nuevo incidente, las mentes atormentadas tratan de explicar lo inexplicable. ¿Cómo es posible que un individuo joven, criado dentro del marco de una sociedad pretendidamente igualitaria, en el seno de una nación próspera, haya optado por la barbarie? Tan solo la insania puede intentar un amago de aclaración frente a hechos que hasta ahora parecían emanados únicamente de pueblos con inferiores niveles de desarrollo cultural. Mas sin embargo, la endémica repetición de múltiples muertes en tiroteos causados por individuos jóvenes parece ser una exclusividad del país del norte.

Los motivos individuales no se han establecido nunca con exactitud. En varios casos estos han quedado reducidos al campo puramente especulativo, ante la muerte de los causantes, ya sea por mano propia o por acción de los agentes de la ley. Y en los demás, a medias ha podido establecerse que el agresor simple y sencillamente no estaba en sus cabales. En toda circunstancia, la pérdida de la cordura parece haber sido el elemento que condujo a estas personas a actuar como lo hicieron. Después de cada incidente, la sociedad se rasga las vestiduras, atónita ante su incontrovertible incapacidad para prevenir o evitar lo ocurrido. Vuelven a escucharse las voces de quienes de tiempo atrás se han manifestado en contra del armamentismo que caracteriza a los norteamericanos. Un país en donde cualquiera compra desde una simple pistola hasta un rifle automático de asalto, de esos que usan las fuerzas especiales, como quien va al supermercado a adquirir mantequilla, no puede menos que encontrarse abocado a que el contexto de vida se vea circunscrito por la cultura del “Lejano Oeste”. La gran mayoría de los habitantes tiene el firme convencimiento de que las querellas han de resolverse mediante el imperio de la “Ley del Revólver” y muchos de ellos actúan en consecuencia, profundamente influidos por ensalzados matones del celuloide como Chuck Norris, Steven Segal o Arnold Schwarzenegger.

Pero si bien es claro que la afluencia de armas en manos de civiles es un caldo de cultivo para que cualquiera tome la determinación de buscar la solución de sus problemas, reales o imaginarios, a plomo limpio, una inquietud adicional surge al contemplar la reiterativa ocurrencia de los hechos. Cabe plantearse dos preguntas estrechamente ligadas: ¿Qué pasaba por las mentes de estos individuos mientras se sumergían en la orgía de sangre y muerte? ¿Qué pudo haber ocurrido a sus propias personas o en su entorno, que los plantó en el camino sin retorno de poner fin a las vidas de otros y a la suya propia? Porque es ahí donde resulta pertinente buscar la causa del mal. Sin dejar de aclarar que la siguiente consideración se hace MUY GUARDADAS LAS PROPORCIONES, imaginemos tan solo por un momento que les asiste la razón a los defensores del derecho armamentista, que afirman que “las armas no matan a la gente. Es la gente la que mata a la gente”. Entonces, lo que resulta urgente descubrir ahora es por qué esa “gente mata a la gente”. Con un inmenso y profundo sentimiento de dolor, no nos queda más remedio que afirmar que, a pesar de la disimilitud existente de un hecho luctuoso a otro, la repetición de los incidentes nos da los elementos de juicio suficientes para establecer un perfil, un patrón de conducta, unas directrices contextuales y ambientales que ayuden a los expertos a ver un poco más allá, a analizar las vidas sociales y familiares de los asesinos, para establecer en qué momento se fracturó su cordura, para identificar el detonante que los condujo al abismo y tratar, de esa manera, de interponer los recursos necesarios de una medicina preventiva, puesto que la curativa no tiene más que el inútil paliativo del dolor y las lágrimas que no cambian lo acaecido ni impiden que algo así vuelva a suceder.
No es el propósito de estas líneas el intentar ofrecer una respuesta a la gran pregunta que hoy se formula el pueblo americano. Pero consideramos que es importante buscarla en todos y cada uno de los ámbitos que se entretejen en el complejo mundo architecnológico del siglo XXI. Expertos analistas de la conducta seguramente señalan como responsable a una variada gama de sicopatologías disociativas que llevan al individuo a actuar en contra de su comunidad. Desde ese punto de vista, puede afirmarse que siempre han existido seres asociales y antisociales, que han optado por lineamientos de conducta que han resultado perjudiciales para sus congéneres. Pero es el deber de las sociedades contemporáneas aprender de los sinsabores del pasado y, de esa manera, encontrar sendas más amables para que pueda tener lugar el avance hacia el futuro.

En virtud de lo anterior, se nos plantea un interrogante estremecedor que nadie parece haber formulado en voz suficientemente alta: ¿Cuál es la responsabilidad que le cabe a la sociedad por el efecto que su estructura y sus características habrán, probablemente, tenido en el ánimo, el ser, el espíritu y la mente de estos miembros, súbitamente convertidos en asesinos múltiples? Si hemos de creer a Rousseau, todo ser humano nace bueno y es el medio social el que se encarga de pervertirlo. Es claro, por supuesto, que nada es hoy tan solo en blanco y negro, sino que se dan muy variados matices de gris, todo ello enmarcado en la información que se tiene de las profundas desviaciones que se presentan en las mentes de algunos seres. Pero, ¿será que el contexto social en que estos individuos se desenvuelven puede eludir su cuota de responsabilidad? En otras palabras: ¿Qué incidencia nefasta está teniendo en esas mentes débiles y propensas a la enfermedad esta forma de vida azarosa, competitiva, plena de escasez, carente de valores y adoradora irrestricta del dios dinero y del éxito fácil e inmediato, una vida en la que, definitivamente y sin arredro, el fin SÍ justifica los medios?
De acuerdo con la información recabada con posterioridad a la tragedia de Columbine, por ejemplo, una de las cosas que pudo establecerse fue que Eric Harris y Dylan Klebold llevaban largo tiempo como víctimas del matoneo ejercido por sus algunos de sus compañeros de colegio. No pertenecían a esa élite popular y exitosa que suele darse en las instituciones educativas, sino que eran más bien, individuos retraídos y rechazados por la comunidad, quienes en un sinnúmero de ocasiones habían sido convertidos en el hazmerreír de los demás. Al parecer, su acto vandálico fue inducido por la recurrente frustración de ver su dignidad vapuleada día tras día; hasta que la presión originada en la constante humillación hizo que algo en sus mentes se quebrara y los llevó a la decisión bárbara de matar y morir para saciar su sed de venganza. Y hablamos de dos adolescentes promedio, con un aparente nivel de normalidad que los habría hecho (y en realidad los hizo) pasar desapercibidos entre la multitud. Hoy sabemos que en un lugar profundo de sus mentes había algo que se iba debilitando a pasos agigantados. La gran pregunta es: ¿Ha de considerarse a estos jóvenes únicamente como los victimarios (que de hecho son), o será que cabe pensar que fueron, a su vez, también víctimas? Pero, ¿víctimas de qué o de quién?

Joseph Lieberman, un experto sicólogo, autor de un libro que trata del dramático caso de los tiroteos en los colegios, opina que, si bien no se tienen datos concretos de las motivaciones que el tirador de Newtown pudo haber tenido, es posible suponer que allí, en la escuela donde estudió, debió tener lugar el comienzo de un proceso de sufrimiento que quizás sembró en su mente la semilla de esta innombrable tragedia. Quienes lo conocieron en sus épocas de estudiante han referido anécdotas sobre su comportamiento, a veces extraño, sus frecuentes “ausencias” y su carácter inevitable y consecuentemente retraído. Y si añadimos a ello la información que se tiene respecto a una eventual discapacidad existente, resultante al parecer de un desorden de personalidad que muchos han dado en catalogar como Asperger, podemos suponer de manera casi inequívoca que el entonces niño debió verse sometido a la burla y al escarnio de sus compañeros. Su mente perturbada se encargó seguramente de cultivar oscuros sentimientos que no se disolvieron con el paso del tiempo sino que, por el contrario, germinaron en el convencimiento de que, en algún momento, sería necesario tomar desquite. No se nos oculta el inmenso peligro que esta situación entraña en un medio en el que es posible el acceso a armas de todo tipo por parte del ciudadano común, permitido y garantizado por una ley arcaica que fue creada por hombres que intentaban suplir unas necesidades de otra época, en un contexto cuyas características se han modificado drásticamente con el correr del tiempo y las transformaciones de la sociedad. Situación esta que desconoce de manera olímpica la Asociación Nacional del Rifle, cuyos miembros han iniciado ya una campaña cuyo lema es: “Para detener a un hombre malo con un arma se necesita un hombre bueno con un arma”, paupérrimo esfuerzo para intentar sostener el hecho de que es necesario armarse sin importar que todo el país termine convertido en un sangriento remedo del “OK Corral”(*) .
Un elemento adicional que conviene considerar es la proliferación de videojuegos, cada vez más realistas, en los que la violencia está a la orden del día. Héroes imaginarios enfrentan enemigos y villanos, provistos tanto unos como otros de un inimaginable armamento. Con el respaldo de la tecnología de la Alta Definición, abren fuego contra sus contrincantes y saturan las pantallas de televisores, computadores y tabletas con tremendas explosiones y una abundante efusión de sangre. Los temas son cada vez más complejos y cuidadosamente elaborados y abundan los reportes de personas de todas las edades caídas en las garras de una adicción tan nociva como la del alcohol, en virtud de las fuertes descargas de adrenalina que tienen lugar en el organismo. Acaso no estaríamos muy desenfocados si se nos diera por suponer que algunos individuos con ciertas características mentales específicas estuvieran propensos a perder de vista la diferencia entre la realidad y la fantasía y, en consecuencia, acudieran al bien provisto armamento existente en su armario y salieran de sus casas con el propósito de dar continuidad a sus alucinantes misiones virtuales.

Así pues, tenemos ante nosotros todos los ingredientes para que desgracias como esta hayan ocurrido, ocurran y tengan el escalofriante potencial para seguir ocurriendo: un contexto social de feroz e inhumana competencia; un medio abusivo en el que los débiles son presa fácil de los fuertes y deben verse sometidos a agresiones verbales y/o físicas y demás tipo de vejámenes, entre los que se cuentan el ridículo, la exclusión, y el ostracismo; un sistema de entretenimiento de alta tecnología en el que el valor de la vida es ínfimo y el único objetivo de la existencia es matar o morir; y el acceso expedito y sin restricciones a un amplio poder de fuego, en un entorno en el que la idea de “armarse hasta los dientes” ha venido a constituir un elemento fundamental de la esencia de ser. ¿Y todavía nos preguntamos cómo es posible que tengan lugar hechos tan deplorables?

Es esencial que la sociedad en pleno se haga cargo de la urgente necesidad de introducir modificaciones trascendentales en diversos niveles de su estructura, con el propósito de reparar los entuertos que han dado lugar a tantos luctuosos hechos que de manera repetitiva enlutan y han enlutado muchos hogares. Es primordial que se incremente el sentimiento social de las personas, sobre todo los jóvenes, y que se controle el desmedido individualismo que suele caracterizar el mundo de hoy. Un aspecto de naturaleza crítica es el matoneo, que ya hoy ha salido de las aulas escolares y se ha tomado los etéreos lindes del ciberespacio, con consecuencias lamentables que los medios de comunicación se han encargado de difundir. Algunos entes gubernamentales ya han ido tomando conciencia de este mal y ciertas medidas están empezando a adoptarse para prevenir la agresión física o sicológica que sufren muchos seres a lo largo de sus vidas.

Así las cosas, es de vital importancia que, de manera incuestionable, en las mentes de hoy calen profundamente conceptos tales como la tolerancia, el respeto a la diferencia y el derecho inalienable a la vida. Los líderes del mundo deberán hacerse cargo de esta ingente tarea, que deberá tramitarse a través del proceso educativo. Pero es igualmente urgente que la sociedad actual asuma el reto de desarticular cada uno de los factores que han venido a constituirse en catalizadores de la violencia. Solo si logramos evolucionar hacia una convivencia menos prevenida y menos agresiva, de la que se hallen ausentes el abuso, la explotación del otro y la violación de los derechos, podremos tener la esperanza de que tragedias como la acaecida en Newtown y en otros varios lugares del país puedan llegar a convertirse en lejanos e ingratos recuerdos del pasado. Implica, por supuesto, que cada uno de nosotros asuma la delicada responsabilidad de transformar, poco a poco, esa naturaleza que nos caracteriza. Seguramente luce como un ambicioso e inalcanzable objetivo, pero hemos de creer con firmeza que puede llegar a ser posible. Porque la alternativa es este funesto escenario, muchas veces repetido, en el que la sangre y las lágrimas estarán a la orden del día. Un primer paso podría ser el reconsiderar esa necesidad imperiosa de armarse e incrementar, así sea lentamente, nuestra fe en el ser humano, para que podamos cambiar la cultura de la muerte por la cultura de la vida y, de esa manera, sentar las bases de un futuro más amable y promisorio para las generaciones venideras.

(*)Escenario en el que los hermanos Earp y Doc Holliday se enfrentaron a balazos contra los bandidos Billy Clanton y los hermanos McLaury, con fatales consecuencias inmediatas para algunos de ellos y posteriores para otros, que perdieron la vida en la famosa vendetta contra los Earp.

EL AUGE DE LA NOVELA NEGRA SUECA

 

Suecia: Desde la perspectiva del mundo en que vivimos aquí en Latinoamérica, este, al igual que otros países que llamamos “nórdicos” ha llegado a constituir un brillante punto de luz en nuestro cielo, ya desde la segunda mitad del siglo XX. Obnubilados como nos hemos encontrado siempre por la avasalladora cercanía de Estados Unidos y por la atracción casi magnética que, aún hoy, en medio de la crisis económica, su sociedad ejerce sobre nuestras culturas, de manera casi permanente habíamos pensado en las naciones de la península escandinava como inmensamente lejanas, con formas de vida muy distintas a la nuestra y con una estructura tan sólida que parecía que ninguna nube podía opacar el cielo de su prosperidad. De acuerdo con la información que nos llegaba, estos eran países muy equilibrados, en los que se había logrado implantar un sistema socialista y democrático (a pesar de mantener la anacrónica figura de la monarquía), en los que el Estado se hallaba firmemente comprometido a velar por el bienestar de todos los ciudadanos y cuyos habitantes disfrutaban de enormes beneficios en materia de educación, salud y seguridad, habida cuenta de las fuertes contribuciones impositivas que nadie impugnaba, al verlas convertidas en prebendas que enaltecían su calidad de vida.

Por esta razón el bárbaro asesinato del Primer Ministro Palme en 1986 nos generó tanta preocupación, sobre todo al tener en cuenta que sus ni móviles ni sus autorías material e intelectual fueron jamás esclarecidas. Resultaba difícil dar crédito a un hecho que parecía sacado de la convulsa entraña de la sociedad norteamericana (cuatro de cuyos presidentes en ejercicio han caído bajo las balas de los asesinos), o del contexto de América Latina, en donde, desde Francisco Madero, pasando por Rafael Trujillo y llegando hasta Salvador Allende, un variopinto número de mandatarios ha sido removido de sus funciones mediante la violencia, dando lugar a un clima político enmarcado en una condición de interminable inestabilidad, con frecuencia auspiciada por intereses foráneos. Pero, ¿Suecia?

Se da entonces el fenómeno novelístico de Stieg Larsson. A través de una narrativa fresca y detallada, en la que se ponen de presente algunos de los más distintivos exponentes de su cultura y su forma de vida, la trilogía de Millenium nos sumerge en un ambiente poco familiar, estable en apariencia, pero que esconde un turbulento inframundo en el que se mueven sicópatas, racistas y funcionarios estatales inescrupulosos quienes, en el mejor estilo de la CIA o la antigua KGB, entretejen un proyecto ultra secreto, de ribetes criminales, en el que se ve inmersa la frágil pero resuelta figura de la protagonista. Así, de la mano de estos personajes que pueden llegar a ser hasta cierto punto de vista alucinantes, nos adentramos en un contexto oscuro en cuyo interior ya casi nada puede llegar a sorprendernos, pero en el cual no deja de asombrarnos que un grupo de ancianos caducos pueda llegar a ejercer un poder omnímodo como ese del que hacen gala, para encubrir sus actos criminales del pasado con otros no menos sangrientos del presente. Es, sin duda, un esquema nuevo de esa Suecia que habíamos aprendido a admirar, pero que se muestra más real y más aterrizada en el ambiente utilitarista y deshumanizado de este nuevo siglo.

Seguidores de ese esquema nos hemos encontrado a otros tantos escritores que se han propuesto descorrer el velo de misterio y el aura inmaculada con que se percibía su país, para mostrarnos el fondo de una realidad que conmueve y que no deja de señalarnos que no hay rincones angelicales en el planeta y que, como dirían sabiamente nuestras abuelas: “En todas partes se cuecen habas”.

De esa manera, Asa Larsson, Camilla Läckberg y la pareja que conforma a Lars Kepler nos van mostrando un mundo enmarañado en el que las pasiones humanas se manifiestan tan desbordadas e incontrolables como en cualquier otra latitud del globo. Y la culminación de este abanico de autores viene a estar constituida por la pluma de Henning Mankell con su extraordinario personaje de Kurt Wallander, que realiza un valioso aporte a la desmitificación plena de la realidad nórdica, sin poder él mismo, sustraerse a evidentes sentimientos de nostalgia y desasosiego ante el papel ingrato que le ha correspondido representar en este gran teatro del mundo.

De esta manera podría llegar a explicarse, hasta cierto punto, el auge que ha alcanzado este estilo narrativo. Y es que la violencia es un ingrediente que no deja de fascinarnos, a pesar de su cotidianidad. Aquí, en el marco latinoamericano, donde han ocurrido y todavía tienen lugar penalidades sin cuento para tantos y tantos seres,  el contenido tenebroso de una historia en la que, por ejemplo, un hombre y su hijo abusan sexualmente de la hija y hermana de ambos, mientras llevan a cabo un cúmulo aterrador de crímenes que se extiende a lo largo de años y años, no ha dejado de resultar atractivo. En este medio nuestro la violencia ha llegado a permearnos de tal forma que noticias espeluznantes sobre lo que alcanza a ocurrir en nuestro territorio nos dejan impávidos, pero nos sentimos estimulados y aún sobrecogidos a leer sobre sucesos no menos escalofriantes, ocurridos en tierras lejanas.

Sin entrar a elucubrar sobre el carácter violento de la especie humana, bien podemos plantearnos un interrogante respecto a las posibles causas de esta extraña fascinación por los novelistas mencionados. Varias posibles respuestas se nos proponen y cada una de ellas bien podría asumirse como la más viable o la más cercana a la realidad. Pero es probable que podamos aducir el feliz término que todas estas situaciones pueden llegar a tener. En otras palabras, puede ser que con abundante frecuencia busquemos en la ficción literaria esa culminación, ese cierre definitivo en el que, de una u otra forma se hace justicia, lo cual satisface nuestra expectativa y nuestro deseo de la existencia de un mundo un poco mejor que este en el que vivimos. Es decir: en la vida real muy pocas veces presenciamos el justo castigo y el merecido galardón. Con demasiada frecuencia somos testigos, cuando no partícipes, de la frustración ante la rendición de la verdad, el honor, la equidad y la justicia frente a mezquinos y malévolos intereses de carácter social, político y/o económico. Ello nos deja un inmenso vacío en lo más profundo de nuestras mentes y nuestros corazones y acaso por esa razón buscamos en el mundo literario ese complemento, esa conclusión que parece venir a respaldar la convicción de que el crimen no paga y que la honestidad es la mejor política de conducta.

La anterior es tan solo una manera de mirar hacia el sorprendente auge de la novela negra. Pero, independientemente de cualesquiera otros argumentos que pudieran esgrimirse, la incontestable realidad es que los autores mencionados han sido traducidos a un incontable número de idiomas y que sus obras, en muchos casos, han roto todas las expectativas de venta. Y si hemos de creerle a Castagnino cuando afirmó que la literatura “podía ser evasión del espíritu”, los argumentos aquí presentados bien podrían constituir un elemento de soporte para tal aseveración. Así las cosas, seguiremos sumergiéndonos en los mundos oscuros que tales obras nos proponen, en la esperanza de que quizás algún día las cosas puedan llegar a ser como en esos contextos. No digamos generar la falsa ilusión de erradicar la violencia que, hasta la fecha, parece ser inherente a la naturaleza humana, pero por lo menos suponer que el bien y el mal ocupan la posición que les corresponde y que la decisión que cada uno tome para acogerse al uno o al otro habrá de tener, finalmente, la consecuencia que cabe esperar. Este sería, sin lugar a dudas, un mundo mucho mejor.

«Homeschooling»: ¿Una adecuada opción educativa?

El modelo de educar en casa, conocido en algunos ámbitos por la forma en que se lo denomina en inglés: «homeschooling», consiste, como su nombre lo indica, en la contratación de uno o varios profesores particulares o tutores, que habrán de hacerse cargo de la instrucción de los  hijos menores y, aún, adolescentes, de una familia cuyos padres mantienen reservas más o menos severas respecto al sistema escolar de la comunidad en que viven. En algunos casos esta educación es impartida por los mismos padres, especialmente en áreas rurales que se encuentran retiradas de los centros urbanos. Aparte de la consideración en virtud de la cual esta fue la forma inicial de educar a los hijos, la tendencia moderna de alejar a los vástagos de las escuelas se originó aproximadamente en la década de los 70 con la publicación del pensamiento de Iván Ilitch, de nacionalidad austriaca, quien ha sido visto como un pensador contestatario con inclinaciones anarquistas, cuyas ideas fueron recogidas y ampliadas en los Estados Unidos por John Caldwell Holt.

Analizar los propósitos que persigue una persona o un grupo de personas cuando asumen unas ciertas características de comportamiento o un estilo de vida específico puede resultar prolijo y hasta aventurado, pero no imposible. Este examen se llevaría a cabo mediante la observación más o menos detenida de los hechos y del contexto en que estos se desenvuelven. En lo referente al tema en discusión, las creencias religiosas más o menos arraigadas, que se ven desbordadas por el movimiento cada vez más generalizado de una educación laica, mirada por muchos como responsable de la perversión de las buenas costumbres y corruptora de la mente y del pensamiento, pueden ser uno de los principales motores que den lugar a que los padres opten por alejar a sus hijos de un ambiente educativo librepensador que pudiera entrar en conflicto con el espíritu místico y devoto en que se mueve la vida familiar.

Adicionalmente, la masificación que se ha venido dando en el proceso educativo, tanto en la educación pública como en la privada; varios lunares que parecen haberse entronizado en el contexto escolar, como el matoneo y el abuso de las drogas; amén de cierta tendencia a la promiscuidad, auspiciada, según algunas formas de pensar, por la apertura hacia la educación sexual y el derecho de cada individuo a vivir su sexualidad según su propia naturaleza, sin que deba someterse al escarnio público o a la discriminación, además de otros problemas que quizás podrían parecer menores pero que inciden de forma inevitable en la formación de los educandos, entre los que puede mencionarse la inequidad del proceso de evaluación y la enseñanza de temas que poco o nada tienen que ver con las realidades que debe enfrentar el ser humano en el mundo moderno, vienen a constituir un piso sólido para aquellos que defienden un modelo educativo más acorde con los valores familiares. Así las cosas, mantener a los hijos en casa y enseñarles lo que la experiencia y las convicciones de los padres señalan como lo más apropiado para sus vidas podría parecer lo más adecuado para formar a las nuevas generaciones.

En lo que respecta al proceso educativo en el mundo moderno, no cabe duda de que las cosas han venido complicándose con el transcurso de los lustros. La vida actual plantea exigencias cada vez más altas y el individuo ha tenido que desarrollar destrezas que le hagan más y más competitivo. Esas habilidades comienzan a desarrollarse a edad cada vez más temprana y los temas de aprendizaje deben irse actualizando de manera vertiginosa para mantener el esquema en concordancia con las características del presente siglo. He ahí el reto que enfrentan las instituciones educativas de hoy, muchas de las cuales han sabido asumirlo a través de un permanente proceso de actualización, capacitación permanente de docentes y revisiones periódicas del pensum. Se han creado entes internacionales enfocados de manera específica en la educación y quienes han tenido la suerte de formarse a la luz de estos parámetros, han cosechado ingentes beneficios en sus procesos de formación y desempeño profesional. De esta manera, guardadas las proporciones y a pesar de los innumerables problemas que todavía la aquejan, puede afirmarse que la escuela ha mantenido su posición preeminente en lo que respecta a la formación integral del individuo.

Frente a estos postulados, ¿qué le ofrece al infante de hoy el proceso de educación en casa? La respuesta a este interrogante no deja de tener una carga inevitablemente apreciativa y, por lo mismo, susceptible de cuestionamientos. Pero es claro que este modelo adolece de falencias puntuales que amenazan convertirse en enormes lastres en la vida futura de quienes hayan  discurrido por el mismo. Hay varios aspectos que han de tenerse en cuenta para determinar las diferencias que el hogar tiene frente a la institución escolar propiamente dicha:

  • El uso de la tecnología y el desenvolvimiento histórico del proceso.
  • La pericia y adecuada preparación de quienes imparten la educación.
  • Elementos constitutivos de una formación integral, más allá de la simple instrucción.

Enseñar ha venido a convertirse en una actividad altamente tecnificada. La inclusión de habilidades informáticas en los programas académicos, como también el desarrollo de un pensamiento sistémico que ayude a comprender y asimilar los inmensos volúmenes de información a que se ven expuestos los educandos son el pan de cada día en la educación de hoy. No se nos oculta que la escuela ha ido adaptándose a estos desafíos y que se halla fundamentalmente preparada para la tarea que le corresponde. En contraposición, el hogar es un contexto distinto. Es indiscutible que de allí arranca todo, que los primigenios educadores son los padres y que el nivel más básico y elemental del aprendizaje ocurre en este medio. Pero las necesidades del párvulo desbordan bien pronto la capacidad instructiva de los progenitores. Estos, frente a las demandas propuestas por la consecución del diario sustento, se van quedando rezagados en su papel de educadores. De manera permanente continuarán inculcando valores familiares, éticos y morales a sus retoños, de acuerdo con el sentir ideológico de cada núcleo familiar. Y, al igual que en la Antigua Grecia, acabarán asignando el resto de la formación de los mismos a gentes específicamente elegidas para tal fin. En aquellos albores de la humanidad los maestros eran servidores de la casa, muchos de ellos pertenecientes a la categoría de esclavos, que desarrollaban su labor en unos términos acordes con ese momento histórico-cultural. Sin embargo, el transcurrir de los tiempos dio lugar a que ese esquema fuese sustituido por el de la institución educativa, en donde poco a poco fueron concentrándose todos los elementos requeridos para llevar el proceso de enseñanza-aprendizaje a feliz término.

Hasta hace un tiempo relativamente reciente existía en la mente de muchas personas el convencimiento de que «eso de enseñar es una cosa fácil, para la que no se necesita ninguna preparación.» Tal ha sido una de las principales causas de los diversos problemas y fracasos en la educación, de los que hemos sido testigos desde tiempos pretéritos hasta la fecha. Durante toda la primera mitad del siglo XX, y de ahí para atrás, el proceso de basó en conceptos «cuestionables», por decir lo menos, como por ejemplo aquel resumido en el peregrino refrán de que «La letra con sangre entra». Este modelo, con sus inamovibles esquemas y sus terribles consecuencias, fue presentado de manera magistral por Peter Weir en su producción cinematográfica de La Sociedad de los Poetas Muertos.

A partir de la segunda mitad del siglo resultó cada vez más evidente la necesidad de llevar a cabo un detenido análisis de las diversas maneras de aprender, de la multiplicidad de habilidades en la mente del ser humano y de la consecuente importancia de asumir la educación sobre la base de principios científicos que ya venían enunciándose de tiempo atrás por parte de eminentes figuras como Piaget, Montessori o Kamii. Y de allí derivó la necesidad de formar educadores profesionales que se hicieran cargo de una tarea que, hasta entonces, había estado en manos de aficionados empíricos cuya idoneidad para la misma era más bien dudosa y que enmascararon su incapacidad mediante la aplicación de sistemas impositivos y autoritarios que hicieron poco menos que castrar ideológica y emocionalmente a sus aprendices a lo largo del proceso.

Al mirar las cosas de esta manera no cabe la menor duda de que la formación de un educando debe necesariamente asignarse a personas previamente capacitadas para ello, que hagan gala de las cualidades necesarias para garantizar que tan ingente tarea pueda llevarse a cabo sin los traumatismos que la caracterizaron en el pasado. Y, como en muchos de los oficios a los que el hombre entrega su vida, su esfuerzo y su dedicación, la docencia demanda una enorme voluntad de apostolado. Por todas las anteriores razones es claro que, si los padres no han recibido la preparación adecuada, en modo alguno se los puede considerar capacitados para ejercer la función de educadores. Pero más todavía: aún en el caso de que hayan recibido la formación necesaria, nunca es recomendable ni práctico que asuman la educación de sus propios hijos, en virtud del mismo conflicto emocional que impide a un médico hacerse cargo del tratamiento de salud de uno de sus familiares.

A las anteriores consideraciones podrá oponerse entonces la idea de contratar tutores particulares que asuman la instrucción en casa. Estas personas serían seleccionadas de entre una gama de docentes calificados que pudieran hacerse cargo del trabajo. Si bien este proceder resuelve, en principio, el problema de la idoneidad profesional de los educadores, no puede dejar de observarse el inmediato obstáculo que surge en la elevada carga económica que ello representa. El modelo se torna, de esta manera, inviable y muy selectivo, ya que tan solo un exclusivo número de familias con el poder adquisitivo necesario estarían en capacidad de asumir los gastos que implicaría la contratación de un número plural de profesores que llevaran la enseñanza hasta las puertas de sus casas.

Lo cual nos conduce al tercer aspecto de nuestra consideración. Desde su nacimiento hasta la mediana infancia el individuo lleva una vida que podríamos calificar como totalmente dependiente y centrada de manera casi exclusiva en su propia existencia. Es, en otras palabras, el centro del universo y hacia él confluyen la atención y los cuidados de los adultos que constituyen su entorno. El objetivo de esta primera etapa de la formación consiste en ir desarrollando un creciente grado de autosuficiencia que le lleve a valerse por sí mismo; lo cual, si las condiciones necesarias llegan a darse, se logra hasta cierto punto. Pero aún en un estadio óptimo de este tipo de desarrollo, el infante es y se mira a sí mismo como una entidad única, cuya importancia no tiene parangón, sentimiento perturbado tan solo por la presencia de hermanos con quienes deba compartir ese medio ambiente privilegiado.

Pero será tan solo cuando se enfrente al medio escolar, cuando pase a convertirse en uno más del conglomerado y sin un tratamiento preferencial, que dará sus primeros pasos en ese esquema en el que habrá de desenvolverse de ahí en adelante: el contexto social. Porque la escuela, más allá de ser un centro de instrucción y adquisición de habilidades intelectuales, suministra el ambiente necesario para que el individuo vaya aprendiendo principios fundamentales como la convivencia, la tolerancia, el respeto a la diferencia y el manejo de la frustración. Solo en este mundo podrá comprender a cabalidad que su libertad y sus derechos terminan ahí donde comienzan la libertad y los derechos del otro. Únicamente a través de la experiencia llegará a asimilar el hecho de que nadie es perfecto, que la felicidad es un estado que se alcanza mediante una búsqueda permanente y que a todos asiste el privilegio de discurrir por la misma senda, en igualdad de condiciones. Allí, rodeado de sus pares, aprenderá que todos tropezamos y hemos de sufrir las consecuencias, pero que el éxito de la propia superación no consiste en no dejarse caer sino en saber levantarse.

Tales son los elementos que integran eso que hoy ha dado en llamarse «formación integral», que solo se logra a lo largo de años de entrenamiento en el medio escolar. En él se nos inculca el principio básico de la lucha por la vida, la necesidad de desarrollar nuestra conciencia para que, acorde con las destrezas intelectuales adquiridas, podamos encontrar nuestro lugar en el mundo y convertirnos en individuos auténticos, leales a nuestras propias convicciones y útiles a nosotros mismos, a nuestros seres queridos y a la sociedad. Toda esta gama de características se obtiene sin lugar a dudas mediante el contacto humano con nuestros congéneres y el diario enfrentamiento con las vicisitudes que el mismo nos depara.

Cualquier otro modelo que aparte al individuo de esta estrecha relación con los demás seres que pueblan el mundo, no hará otra cosa que alimentar su egolatría y despertar un cada vez más profundo sentimiento de desprecio por los demás. Nunca llegará a entender los términos en que se desarrolla una verdadera convivencia, puesto que quienes se mueven a su alrededor estarán allí tan solo con el propósito de satisfacer desde sus necesidades más inmediatas hasta sus más superfluos caprichos. Su formación se llevará a cabo al margen de las duras realidades de la vida; crecerá como dentro de una burbuja y día a día afianzará su convencimiento de ser superior a los demás. Se convertirá en un ser asocial, incapaz de relacionarse con otros en igualdad de condiciones. Y, si su desarrollo intelectual alcanza elevados logros, este tan solo contribuirá a que otorgue más y más crédito a la idea de ser mejor. Todo este contexto se convertirá en un excelente caldo de cultivo para consecuencias imprevisibles pero muy poco deseables, que no por hallarse aquí expuestas de manera puramente especulativa, son menos preocupantes:

Por una parte, cuando finalmente deba esta persona enfrentarse con la realidad del medio social, puede ser que su incapacidad de comprensión evolucione en alguna forma de sociopatía, con resultados rayanos en la catástrofe. Repudiará todo aquello que se aleje de la satisfacción de sus necesidades personales y no tendrá reparos en alcanzar sus objetivos por cualquier medio a su alcance.

Pero también puede ser que no logre alcanzar ni siquiera el más elemental estado de adaptación. Que sus niveles de frustración lleguen a ser de tal intensidad que no consiga entender de qué manera es posible que el mundo no sea todo eso que él había imaginado. Se sumirá acaso en estados de depresión profunda y su vida penderá de un hilo.

A pesar de que estas últimas consideraciones puedan ser vistas como apocalípticas y/o alarmistas, el propósito general de los planteamientos expuestos se halla relacionado con la importancia de educar al ser humano dentro de un contexto eminentemente social. Desarrollar al máximo su capacidad de relacionarse con los demás en forma igualitaria, eficaz y fructífera para que, de esa manera, las habilidades y destrezas adquiridas a lo largo del proceso formativo lleguen a convertirse en valiosas herramientas que lo lleven a ocupar un lugar apropiado en su mundo, en el que le sea posible alcanzar una plena realización personal y una existencia satisfactoria y pletórica de triunfos.

El Quijote en América: Siglos de entuertos por «desfacer»

A MANERA DE INTRODUCCIÓN.

Es probable que muchas personas estén de acuerdo en considerar que el desarrollo de la cultura en los pueblos de Hispanoamérica ha estado enmarcado por el esquema idiosincrásico del español de finales de la   EdadMedia y comienzos de la Edad Moderna. El perfil de estas gentes se conformó durante el transcurrir de los siglos anteriores, desde el período de la dominación romana, pasando por la llegada de los pueblos germánicos y lo que ha venido a ser conocido históricamente como la invasión de los moros y el largo y esforzado proceso de la reconquista. Y luego, como salido de la chistera de un mago, surge el descubrimiento de América y los efectos que un hecho de semejante magnitud tuvo en todos y cada uno de los aspectos de la vida europea y de una manera más específica, de la vida española. Sin olvidar las características muy particulares que tuvo el Medioevo en La Península: destello de rutilantes y caballerescas figuras, como el Mío Cid; inicio de un enconado enfrentamiento cultural-religioso que pareció ganar Occidente en Lepanto, pero que resurgió posteriormente con renovada fuerza y perdura hasta nuestros días; nacimiento de la Santa Inquisición frente a la real o infundada necesidad de protegerla Fe.

Las anteriores circunstancias, entre otros factores varios que sería prolijo enumerar, ayudan a configurar la imagen del español medio de la época, con sus necesidades y deseos, sus sueños y realidades y sobre todo su eterna búsqueda de una  mejor forma de vida. Tal es el espíritu que nos transmitieron los hombres que se lanzaron allende los mares a la conquista del territorio recién descubierto. Sus luchas, sus pesares, sus propósitos que fueron en algunos casos muy nobles y en otros no tanto, constituye todo ello parte de la herencia que viene a ser el fundamento de nuestro bagaje cultural.

Era la España de aquel entonces una nación poderosa y como tal, impuso su dominio sobre los territorios conquistados. Reaccionaria frente a los avances de la Edad Moderna y de una forma de vida que consideraba inclinada al paganismo y la impiedad, se aferró al esquema feudal, a la protección de sus convicciones religiosas y a una estructura social, política y económica que ya estaba siendo revaluada en otras partes del continente. Así, se fue quedando sola la nación Ibérica, sostenida por la súbita pero efímera riqueza proveniente de Las Indias. Estos elementos y otros atribuibles a una administración negligente minaron su solidez y fueron causales de su descalabro, tan solo algo así como un par de siglos después. En este contexto ve la luz la obra de Cervantes. De buena cuna, antiguo militar y hombre de gran cultura, el Ilustre Manco se interna en un terreno hasta la fecha escasamente explorado por la literatura: el antihéroe. Será la suya una obra de incalculables proporciones, en virtud de la pluralidad de aspectos que maneja, en lo que tiene que ver con la naturaleza humana, la sociedad, la explotación del hombre por el hombre y la ya evidente inoperancia del sistema de gobierno. Todo esto mirado con los ojos alucinados de un enfermo mental que, a pesar de su insania parece percibir la realidad de una manera más clara y simple y se halla convencido de poseer las capacidades y la fuerza para sentar un precedente y marcar la diferencia. La vida, las ilusiones y los fracasos de esta que se fue convirtiendo en una imponente figura, afectaron de forma irreversible a esas otras naciones que se gestaban en ese momento en el Nuevo Mundo.

LA FIGURA DE DON QUIJOTE EN EL PERÍODO DE LA CONQUISTA Y LA COLONIA.

La que hoy reconocemos como Obra Cumbre de las letras hispánicas ve la luz en un momento particularmente crucial para lo que será su divulgación y su posterior reconocimiento como la pieza literaria por excelencia en nuestra lengua. Hechos sin precedentes estaban ocurriendo en el mundo en esa época. Es pertinente anotar, por ejemplo, que la inquietud de Colón por demostrar la redondez del mundo y su consiguiente viaje, que terminará en el descubrimiento del continente americano, son hechos contemporáneos con la obra de Cervantes. Pero además, la aparición de un relato en el que por vez primera un enajenado mental se convierte en protagonista y héroe de una serie de sucesos inenarrables y absurdos, tiene ribetes tragicómicos en un mundo en el que, con la indiscutible excepción de Lázaro de Tormes, no había visto otra cosa que figuras épicas, y no había sido testigo literario de otra cosa que no fueran epopeyas y grandes hazañas en las que resaltan ilustres nombres de digna recordación, tales como Fernán González, Don Bernardo del Carpio, el mismo Abenámar, todo ello sin olvidar al famoso guerrero de Vivar, adalid de la lucha contra los moros en el esforzado proceso de la reconquista: Don Rodrigo Díaz.

La de Cervantes era, por lo tanto, en sí misma, una obra de dimensiones quijotescas, si se nos permite la reiteración conceptual. Concebida, no obstante, y realizada en un momento de quiméricas empresas; un instante en que las viejas concepciones filosóficas se hallaban a punto de ser revaluadas; una época en la que el hombre había ya empezado a adquirir su calidad de ser pensante, con cada vez mayor dominio sobre su realidad y una creciente independencia ideológica frente a dogmas impuestos que oscurecieron los mil años anteriores y que fueron el origen de sinsabores sin cuento para tantos y tantos infelices que vieron sacrificada su existencia en el potro, el garrote o la hoguera.

Podríamos atrevernos a asegurar que una figura tan singular habría sido objeto de censura, por decir lo menos, si no de una declarada y abierta persecución, de haber visto la luz medio siglo antes. La seguridad de su persona y su vida misma habríanse visto seriamente comprometidas al promover la divulgación de un texto en el cual se ridiculizaba la imagen sacrosanta del caballero medieval, gallardo y noble, siempre vencedor de sus batallas y depositario de innumerables cualidades.

A partir de lo dicho, vemos posible la comparación que aquí puede establecerse con esa otra empresa alocada e inconcebible de llegar al oriente viajando hacia occidente, la cual habría recibido tan solo una desdeñosa sonrisa de conmiseración, por parte de un monarca antecesor de Isabel. (De hecho sabemos que Don Fernando El Católico trató a Colón con una infinita muestra de desprecio por su persona y por su empresa, cuando el Almirante se presentó en su corte alguna vez, después del fallecimiento de Isabel). Pero tanto el texto literario como el inaudito proyecto de viaje se originaron en los albores del Renacimiento, lo cual hizo posible que el Ilustre Manco hiciera mofa del Mío Cid, del Amadís de Gaula y de tantos otros héroes medievales que se habían distinguido por el solo hecho de llevar a cabo las hazañas que, en el caso de don Alonso Quijano, no eran otra cosa que alucinaciones de una mente enfermiza. El contraste entre este y aquellos no deja de ser evidente, a partir de la publicación de la obra de Cervantes.

Pero si bien el planteamiento cervantino nos sumerge en una realidad dual, en la cual observamos el enfrentamiento entre un mundo irreal, fantástico y pleno de entidades y sucesos absurdos, que tan solo pervive en la imaginación calenturienta del  De La Triste Figura, y otro más tangible y cotidiano, poblado por hombres y mujeres ordinarios, cuya única hazaña consiste en conseguir el pan diario para ellos y para sus hijos, la figura del Caballero, anacrónica y ridícula, constituye una imagen, acrisolada al fuego de la insania, de ese hombre común, de ese otro español de la agónica Edad Media, que armado con el valor de sus convicciones  y enarbolando el estandarte de la Fe, se propone culminar la tarea ingente de la reconquista.

Pero la figura de Don Quijote alcanza una dimensión mucho más universal si se tiene en cuenta el proceso de cambio que desde hace ya tiempo se viene gestando, no solo en el aspecto humano, sino de una manera primordial en los campos político, social y económico, a todo lo largo y ancho del continente europeo. Estas modificaciones, surgidas como inevitable consecuencia de un milenio de oscurantismo, nos proporcionan un marco de referencia más concreto para entender la persona del Ingenioso Caballero Andante, como también para determinar la esencia de su justa. Por primera vez nos hallamos frente a una figura polivalente que, por lo mismo, en modo alguno podría ser analizada desde una perspectiva estrictamente unitaria. Se nos plantea, a partir de la misma, la imagen de un hombre que ha dedicado una muy importante parte de su existencia a la lectura. Esta es una situación que no puede dejar de parecernos altamente singular, en una época en que solo los clérigos y algunos otros miembros de una exclusiva élite, poseedora de una por lo menos mediana hacienda, disponen del tiempo y los recursos necesarios para llevar a cabo actividades de carácter estrictamente cultural y no necesariamente enfocadas a la cotidiana consecución del sustento. Es, al mismo tiempo, un ser sensible, a quien afectan las desventuras de sus congéneres. El primer conocimiento que tendrá de las mismas habrá de ser a través de las fantásticas historias con que embriaga su mente. Y más adelante, se empapará de ellas en su deambular por esos caminos bañados con el sudor de hombres y mujeres que día a día enfrentan la amenaza del hambre, contra la cual sostienen una recurrente contienda armados únicamente con la fuerza de sus brazos.

Al retomar nuestra observación de la persona inicial que era nuestro Caballero, la conclusión es tan clara como el agua: Don alonso Quijano, era un hombre pudiente pero insatisfecho con su condición y deseoso de un cambio fundamental en su existencia. Su inquietud intelectual es tan solo comparable al sentimiento que animó a aquellos aventureros que se embarcaron en las carabelas para ir a buscar algo que no se les había perdido, pero que tampoco les había correspondido en suerte: tierras y fortuna. Tales bienes eran patrimonio exclusivo de los nobles y de los primogénitos, hasta el punto que los plebeyos y los segundogénitos estaban excluidos de todo beneficio y carecían casi en absoluto de cualquier posibilidad de modificar la condición que les había correspondido en suerte. Tal fue la fuerza que los empujó hacia la mar océano.

De esa misma manera, la motivación de Don Quijote nace específicamente de las aventuras que se encuentran plasmadas en los libros que ha leído y, antes de consumirse su razón de forma absoluta, descubre que existe en España un cúmulo de injusticias que hacen necesaria la intervención de alguien dispuesto a resarcir a los desposeídos. Así, en un ambiente en el que se perciben los vientos de cambio, estos dos tipos de aventureros: los hermanos Yáñez Pinzón y sus tripulaciones, por una parte y Don Quijote y Sancho por la otra, consumidos por esta especie de locura, se lanzan a la realización de proyectos sin precedentes, en los cuales tienen todos mucho que perder. Pero si bien, el mencionado es, acaso, el único punto de tangencia entre estos dos eventos, no deja de ser común la energía que los impele a ambos: vientos de cambio, nuevos modos de percibir la realidad y nuevos estilos de vida.

Un hecho de capital importancia viene a sumarse al medio ambiente en que nace la historia del Caballero Andante: la escisión de la cristiandad y la consecuente aparición del protestantismo. A partir de la misma, tras un largo proceso de lucha, no tan solo en el terreno ideológico, (en materia de religión jamás será así), la dogmática postura de la Iglesia se fragmenta en varias posiciones, no menos recalcitrantes, pero que sembrarán en el intelecto renacentista la duda respecto a la infalible posesión de la verdad, insistentemente predicada por cada una de las partes. Se abrirá paso, de la mano de la doctrina interpretativa de Lutero, una forma más personal de Culto, que será la piedra angular que habrá de dar lugar al principio de la tolerancia, con amplitud difundido en Occidente. (Concepto más teórico que práctico, como nos lo enseña la realidad actual, pero elevado, por lo menos sobre el papel, a la calidad de derecho inalienable del individuo). En este contexto que bien podríamos calificar como “revolucionario”, se lanza Don Quijote a recorrer España y se lanzan los españoles (y tras ellos portugueses, ingleses, franceses y demás), a recorrer el mundo; cada cual en persecución de su quimera.

El sueño del de La Manchano pasará de ser un espejismo inalcanzable que le traerá un cúmulo de tristezas. Igual decepción habrán de llevarse muchos de los cazadores de riqueza en el Nuevo Mundo, quienes agotarán sus fuerzas en inútiles búsquedas de eldorado o la fuente de la juventud. De quijotescos habrán de ser tildados muchos de estos y otros proyectos que los hombres emprenderán al calor de esos tiempos. Pero independientemente de que se vean coronados por el éxito o sumidos en el fracaso, y de las consecuencias que de los mismos puedan eventualmente derivarse, bien podemos afirmar que el mundo ya nunca volverá a ser el mismo. Los eruditos hablan de la historia antes y después del descubrimiento de América. Con poco temor de equivocarnos, bien podemos referirnos al mundo, en lo que tiene que ver con grandes sucesos en lo intelectual, con el desarrollo cultural y humano, con los hitos marcados por lo que los hombres han llevado a cabo, en  antes y después del Quijote. Nada volvió a ser como antes, después que el Ilustre Manco dio a luz a su personaje. Y la influencia del mismo, de su sentir, su ilusoria manera de enfrentar una cotidianidad abrumadora, no han dejado de hacerse presentes en el ámbito de vida de quienes hemos tenido la incomparable suerte de sumergirnos en las páginas fascinantes del texto y compartir con el Caballero sus amores y sus desventuras.

Esto es especialmente cierto para quienes hemos vivido en tierras de Hispanoamérica y hemos debido asistir a la consolidación de un mundo que se caracteriza, hoy por hoy, por ser la antítesis del que se esforzaba en promover el Ingenioso Hidalgo. Un estilo de vida despiadado en el que el valor de la existencia humana ha decaído enormemente, en el que la explotación del hombre por el hombre se da, como nunca, de forma impúdica y desvergonzada y en el que otros señores feudales, con títulos diferentes pero con la misma desmedida ambición de sus antecesores del Medioevo, asumen el usufructo de los recursos naturales y envenenan sin arredro la tierra en que todavía todos debemos forzosamente vivir.

¡Cómo nos hace de falta un Don Quijote! Alguien que con un corazón puro y una mente así fuera cargada de espejismos, hiciese presencia frente a los poderosos y se entregara a desfacer tantos entuertos que acongojan hoy a los seres humanos. Si tal fuese posible, quizás podríamos tener la esperanza de estar verdaderamente construyendo un futuro mejor para las próximas generaciones.

EL QUIJOTE: ¿UN ELOGIO A LA LOCURA?

Una de las características primordiales del personaje de Cervantes es su condición de enajenado mental. De una manera tradicional este estado ha sido considerado a lo largo del tiempo como una condición ambivalente; en algunos casos el concepto de “loco” es empleado de manera despectiva,  para significar que un individuo simplemente no se halla en sus cabales y no debe, por lo tanto, ser tenido en cuenta. Todas sus opiniones, su comportamiento y los resultados que se derivan de sus actos han de desestimarse, en virtud de esta situación de extravío. Pero, por otro lado, este concepto ha sido utilizado por muchos como un adjetivo que apela a la comprensión, la tolerancia y eventualmente la compasión de parte de los demás. Con ese enfoque, en el cual la connotación del vocablo ha sido ampliada y ha perdido su significado estricto y peyorativo, se ha señalado como locos a un muy diverso número de individuos que, por una u otra causa, han optado por asumir una conducta fuera de lo común, la cual es mirada por quienes se mueven en su entorno como extravagante, inusual y digna de poca atención. Así, un individuo que, al calor del alcohol, baila encima de una mesa en una reunión social, será tildado de “loco”. Y no digamos las “locuras” en que incurren quienes han caído en las redes del amor.

Pero el concepto va más allá. Decía García Márquez en Estocolmo que la nuestra “…es una tierra de seres alucinados…”. Afirma el colombiano que se necesita estar mal de la cabeza para asumir con tanto brío las innumerables desventuras que el destino les ha deparado a los pueblos latinoamericanos. Y es en tal sentido que puede considerarse la locura del Ingenioso Hidalgo.

A pesar de pertenecer a una clase social favorecida por la fortuna, como ya ha quedado expuesto, Don Alonso Quijano elige sustraerse de una realidad que lo convierte en miembro de una casta minoritaria, para sumergirse en los avatares que implicarán el tomar la causa de los desposeídos. Visto desde la perspectiva del mundo moderno, sin ir más lejos, alguien que asuma una posición igual o similar sería considerado como fuera de sus cabales.

Así pues, la locura de Don Quijote se convierte en motivo de análisis, no solo de una manera en que afecta directamente al personaje de la obra como tal, sino también al mirarlo como un modelo de individuo que ha optado por un camino tortuoso, plagado de dificultades, a lo largo del cual ninguna recompensa aguarda, como no sea el ilusorio amor de Dulcinea que, como todos sabemos, no otra cosa que un elemento más, integrante del cúmulo de fantasías que bullen en la enfermiza mente del Caballero.

Cervantes tomó la determinación de caracterizar a su personaje como un demente. ¿Cuál podría haber sido el propósito del Ilustre Manco, al encauzar su relato tan por fuera de las vías “normales” de comportamiento de los personajes literarios de la época? No se equivocan quienes afirman que la obra ha recibido una notable y variada gama de interpretaciones, que se han acomodado al momento histórico, socio-político que se vive en cada momento. Fue de esa manera que la insania se hizo perenne, cruzó el Atlántico con el Gran Almirante y de la mano de muchos de sus numerosos acompañantes trascendió los siglos, para llegar hasta nosotros. En su famoso Elogio, Erasmo se propuso hacer una apología de esa singular condición mental, no solo en sus alcances más inmediatos y estrechos, sino también en su significado más amplio, tan solo reconciliable con todos aquellos que se apartan de los cánones establecidos por la sociedad. Proclamó a los cuatro vientos que quienes padecen esta condición (si es que podemos hablar de padecimiento, en estos términos), llegan a convertirse en seres más felices. ¿Y quién de nosotros, adultos irredentos e irredimibles, hundido hasta las raíces del cabello en una cotidianidad reiterativa, monótona y, en muchos casos, carente de significado, no ha añorado en la soledad de su alcoba o en la calma chicha de la rutina diaria, aquellas que sin ambages nos atrevemos a llamar “locuras de la juventud”?

Visto desde esa perspectiva, el mensaje de Cervantes no podría ser más claro. Sí: Don Quijote estaba loco, de la misma manera que tuvieron que estar locos todos aquellos hombres que desafiaron el destino de un futuro incierto y aún la misma muerte para emprender tantas empresas, a todas luces sacadas de la imaginación febril de alguien que parecía haber perdido la razón. Entre ellos, los aventureros que, ávidos de riqueza, se lanzaron allende los mares a la conquista de una tierra inhóspita y desconocida. De esa misma manera, abandonó Don Quijote la cómoda seguridad de su sala de lectura para ir a buscar aventuras en las cuales intentaba recrear las fantasías que se habían fijado en su cabeza, pero también pretendía dar a su vida, acaso insulsa y carente de emociones que no fuesen las que le prodigaban sus libros,  un nuevo significado, un rumbo distinto a lo largo del cual él pudiera ser la diferencia. Su legado no pudo ser más fructífero.

A lo largo del mundo y de una manera especial en nuestra América, hombres y mujeres han venido optando por la senda de lo imposible, lo extraño, todo aquello que las convenciones sociales señala como absurdo, carente de sentido y propio de “locos”. Animados por este espíritu de eterna inquietud se lanzaron Jiménez de Quesada hacia el interior del continente, Simón Bolívar a la búsqueda de una patria más digna que aquella en que había nacido, Benito Juárez a la lucha por la igualdad y Jorge Eliécer Gaitán a la conquista del poder que había sido hasta entonces patrimonio exclusivo de las clases dirigentes, (lo cual, dicho sea de paso, le costó la vida). En otro marco que no por ser menos real es menos significativo hicieron gala de una irracionalidad inaudita, tan solo equiparable a la del Caballero de la Triste Figura,  el Coronel Aureliano Buendía, el padre Cayetano Delaura y Florentino Ariza, sobresalientes personajes surgidos de la pluma maestra del hombre de Aracataca, enamorados cada uno de una quimera inalcanzable, pero persistentes en su intento, amén de las múltiples complicaciones que el sueño trajo a sus vidas. No menos quijotesca resulta la figura de Demetrio Macías, el personaje central de la obra de Azuela, envuelto en el vendaval de la revolución por causas estrictamente personales, pero arrastrado a un maremagnum caótico que desdibujará el inicialmente ennoblecido propósito del conflicto mexicano y tomará en pago su vida y la de sus compañeros. Y, si tornamos a nuestra realidad americana, rayana en lo absurdo y casi surrealista, en modo alguno podríamos perder de vista la figura prometéica (como la denomina García Márquez) de Salvador Allende, amurallado en su palacio pero también en sus convicciones y dispuesto a enfrentar él solo una alianza cobarde entre una opulencia local, egoísta y mezquina y un ladino interés foráneo con ánimo filibustero. Todos ellos vinieron a ser herederos directos de esa locura que empujó  a Don Quijote y a Sancho por tierras de España y los convirtió en arquetipos del soñador, español o  americano, derrotado pero nunca vencido y por siempre anhelante de un mundo más igualitario, menos dogmático en el que, tal como lo expresa el Nobel colombiano en otro de sus discursos,  “…sea posible el amor y nadie pueda decidir por el otro hasta la forma de morir”.

Tal es la locura que anima a Don Quijote, la cual Cervantes pregona con su personaje absurdo y tragicómico, y que hemos heredado nosotros quienes nos atrevemos a pensar que todo puede ser mejor y que la felicidad podría llegar a ser alcanzable. Parafraseando al sin par Facundo Cabral, podríamos afirmar sin temor que, de esta manera, sería mejor que todos estuviésemos locos: “Benditamente locos y por locos, tan libres y por libres, tan bellos, que hagamos un paraíso de este maldito infierno”.

DESFACER ENTUERTOS: LA CORDURA DE UN ORATE.

Seguramente todos hemos leído en algún momento de nuestras vidas una novela de caballería. Todas ellas se desenvuelven con base en un esquema único en el que los caballeros, los torneos, las damas y uno que otro dragón, están a la orden del día. El caballero, como bien sabemos, era un individuo de gran calidad humana y personal, amante de la justicia y con un valor a toda prueba. Sincero y leal, atesoraba su honra como una presea inapreciable y por ella estaba dispuesto a sacrificar inclusive su propia vida. Dentro de este perfil, que lo hacía merecedor de pasar a integrar el santoral, se hallaba una desmedida e insatisfecha necesidad de proteger a los débiles de los abusos de los fuertes, fueran estos esbirros de un poder superior, representantes de una clase poderosa y avasalladora o, aún, un monstruoso ser que, al parecer, tenía por costumbre adueñarse de doncellas desvalidas que el caballero se desvelaba por liberar. Hecho lo cual, expresaba su amor imperecedero por la dama en cuestión, (sentimiento, por lo demás,  platónico del que estaba ausente toda intención libidinosa), la devolvía a su casa y a su dueño y se alejaba sin otra recompensa que una tímida sonrisa y, si tenía suerte, un pañuelo bordado que guardaba cerca de su corazón.

Nada podría ser más irreal. Las generaciones medievales dieron rienda suelta a su imaginación y concibieron la figura de esta especie de superhéroe que, sin las habilidades extraordinarias del Hombre de Acero, deambulaba por la tierra con el único propósito de honrar su juramento caballeresco. Pero la realidad era notablemente diferente. Los señores feudales del Medioevo se parecían más a aquellos nobles ingleses cuya codicia y cuya intolerancia sacaron a William Wallace de su parcela y lo convirtieron en un guerrero violento e incontenible, ávido de venganza y reparación. La Edad Mediafue un período en el que unos pocos se adueñaron de la tierra, se arrogaron títulos nobiliarios, impusieron normas de vida que no les favorecían sino a ellos y se dedicaron a aprovecharse de la inmensa mayoría de desposeídos mediante el avasallamiento, el atropello y el abuso físico, material, espiritual y moral. Así las cosas, fue siempre claro para todos que había a lo largo y ancho del continente europeo una gran cantidad de entuertos por desfacer. En ese contexto nació la imagen de la figura  caballeresca, acrecentada y alimentada por personajes reales a los que, como en el caso del Mío Cid, se les fueron colgando superlativos varios que tuvieron como efecto el engrandecer al ser real y convertirlo en un mito, a lo largo del transcurso de los años. “O Dios, qué buen vasallo si oviese buen señore”, decía el poema épico sobre el célebre castellano, mostrándonos que muchas veces ni aún los reyes podían equiparar las cualidades de esa figura noble y gallarda que era el caballero.

Don Miguel de Cervantes tomó la determinación de revestir a su personaje de todas estas cualidades, enmarcadas en su condición absurda de enajenado. No obstante, en Don Quijote se nos presenta esa dualidad contradictoria de un hombre que está demente pero a quien la cordura señala el camino de todos sus actos. No deja de causarnos un asombro singular la forma en que se desenvuelve frente a cada una de las situaciones que su aventura le pone en el camino. Las observaciones hechas a los abusadores, como aquel que había tomado la decisión de azotar al criado o los prudentes consejos impartidos a Sancho, cuando este se disponía a asumir el gobierno de Barataria, son tan solo dos de las múltiples situaciones en las que el Hidalgo hace gala de una capacidad de raciocinio a toda prueba y un sentido común que parecía ajeno a todos aquellos que eran considerados como personas mentalmente sanas.

En nuestro medio ha hecho carrera un decir que parece confirmar el contraste sin igual que nos plantea el personaje cervantino. Reza la vox populi que “los ebrios y los niños dicen siempre la verdad”. No se nos oculta que tanto unos como otros han sido vistos en su momento como individuos que, por no estar en posesión de sus facultades mentales plenas, bien sea por la inexperiencia debida a la temprana edad, o por  causa de los efectos del alcohol, son dignos de poco crédito, por lo cual no podemos permitir que acaparen nuestra atención más que para una mirada compasiva o una discreta sonrisa de tolerancia. Pero el proverbio ha trascendido y, bien mirado, con frecuencia nos encontramos abocados a observaciones y comentarios de estas personas, que resaltan aproximaciones, enfoques o interpretaciones del entorno que nosotros en nuestra miope cordura no habíamos sido capaces de percibir. El término “loco” es usualmente empleado para referirnos a estos seres, pero a veces no nos queda otro recurso que reconocer que ellos, en la elevación incomprensible que les otorga su condición, son capaces de asir la realidad con pasmosa precisión, resaltando aspectos que a nosotros se nos escapan.

A este lado del Atlántico hemos podido observar que muchas de las inimaginables empresas que se han acometido en nuestra reciente historia, han estado marcadas por la insensatez. Ha sido esta locura una condición similar a la del Ingenioso Hidalgo quien, con el único propósito de aliviar los infortunios de unas personas a las creía que debía proteger, puso en riesgo su seguridad, su casa, su hacienda y hasta su persona. Abandonó el bienestar que le proporcionaba el pertenecer a una clase minoritaria y favorecida por la suerte y se fue por esos andurriales dela Españaa cumplir con una misión que tan solo él mismo se había impuesto para estar de acuerdo con sus convicciones. Tómese a título de ejemplo una situación acaecida enla América Hispana, que nos enseña que, con frecuencia, a algunos les resulta imposible renunciar a lo que consideran que debe ser la forma correcta de las cosas:

De principio a fin fue “quijotesca” y temeraria la traducción y publicación que don Antonio Nariño hiciera de Los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Favorecido por la fortuna, el ilustre patriota tuvo acceso a una formación intelectual envidiable, que le otorgó la posibilidad de aprender, entre otras cosas, la lengua francesa. Y fue a partir de esta habilidad que las doctrinas igualitarias de la revolución hallaron eco en su mente inquieta, hasta llevarlo a transcribir al castellano el texto de un documento peligroso y subversivo para la época. ¿Estaba Nariño consciente de las eventuales consecuencias de sus actos? Sin que podamos responder en forma categóricamente afirmativa, debemos suponer que muy seguramente alcanzó a vislumbrar el destino aciago que se vería forzado a enfrentar más adelante.

A lo largo de la historia de la humanidad hemos podido ser testigos de un hecho recurrente que da indicios de la naturaleza del homo sapiens: la dominación que unos pocos humanos, bien sea a través de la fuerza, la persuasión o la astucia, ejercen sobre sus congéneres. Esta situación se encuentra descrita y, a la vez, resumida, en la famosa sentencia de Hobbes: “Homo homini lupus”, (el hombre es un lobo para el hombre). Tal vez por esta razón, desde los tiempos dela Edad Media, los individuos subyugados, dominados y desposeídos acudieron a la imagen ficticia y fantasiosa del Caballero que, al igual que los superhéroes inventados en el siglo XX, eran seres con características muy especiales, distintos del resto de la especie humana y dispuestos a defender a los débiles de los abusos de los fuertes. Este planteamiento nos ubica de plano frente a la figura de Don Quijote. Y la razón de ello es que la búsqueda de una condición igualitaria para todos los seres, con todo y ser la propuesta más coherente que puede haber surgido de la mente del hombre, no es otra cosa que una ingenua locura. La humana naturaleza se ha encargado de que la realidad sea notablemente distinta al sueño. En la humilde aldea de Belén nació, en épocas pretéritas otro Quijote que se dedicó a predicar el amor entre los seres humanos y la igualdad de todos a los ojos del Padre. Al considerarlo un desquiciado que constituía un riesgo para la estabilidad de las clases dirigentes del momento, fue martirizado bárbaramente y llevado a un suplicio ignominioso. Sus enseñanzas perduraron a través de los siglos, pero los defensores de las mismas han debido soportar toda suerte de vejámenes.

De esta manera, el desfacer entuertos se ha tornado una empresa quimérica y, no obstante el principio de igualdad promulgado a los cuatro vientos por las sociedades contemporáneas, sus defensores, al igual que el Caballero de la Triste Figura, han visto sus propósitos truncados por la rapacidad, la envidia, la codicia o el ridículo. Y nosotros, los habitantes de la América Hispana, hemos llegado a convertirnos en herederos de tan ilusorias metas. Estamos convencidos de la viabilidad de una sociedad más justa y creemos, como dice García Márquez: “…que las estirpes condenadas a  cien años de soledad pueden tener de una vez y para siempre, una segunda oportunidad sobre la tierra”.

CARÁCTER UNIVERSAL DE LA FIGURA DEL INGENIOSO HIDALGO.

Dentro de las múltiples clasificaciones que se han hecho y aún se pueden hacer de nuestra especie, podríamos mirar a los seres humanos como reunidos en lo que daríamos en llamar dos grandes conglomerados, uno indiscutible y notablemente más numeroso que el otro. Hablamos aquí de la gente que se destaca, que resalta y brilla con luz propia, de resultas de una serie de características innatas o adquiridas, por una parte, y la inmensa mayoría de individuos comunes y corrientes que conforman la masa ordinaria y que poca o ninguna vez muestran cualidades de distinción que los hagan merecedores de pertenecer a la minoría refulgente.

¿De qué manera puede un hombre perteneciente a la mayoría ordinaria convertirse en integrante de la minoría selecta? Si bien no son abundantes, puede decirse que existen varias vías que pueden conducir a cualquiera de nosotros por la senda de la fama y la inmortalidad. Ahí tenemos por ejemplo el caso de Eróstrato; en su mente tortuosa cupo la convicción de no poseer cualidades o características específicas que lograran hacer perenne el recuerdo de su nombre. Esta era una realidad que no estaba dispuesto a aceptar. Obsesionado por la idea de hacer memorable la figura de sí mismo, determinó que quien no puede crear algo digno de pasar a la historia, bien puede ser relacionado con ello, como su destructor. “Destruir es más fácil que crear, pero puede llegar a ser igualmente significativo”, parece haber sido el lema que este sociópata puso en práctica y que le representó, sin lugar a dudas, un lugar en la memoria colectiva. Como él podríamos citar a muchos que se hicieron famosos por sus acciones indignas. Aunque, como dijera el Loco de la obra de Vargas Tejada: “Si doy muerte a uno o a unos pocos, soy un asesino. Pero si doy muerte en masa, soy un conquistador”. Así pasaron a la historia tanto Charles Manson, ejemplo de la primera consideración, como Alejandro Magno, modelo de la segunda. Tal es el carácter relativo con que la comunidad aprecia los actos de los individuos.

Pero existe una manera segura de ser recordado con vehemencia por las generaciones venideras. Esta es convertirse en un ser descollante a través de acciones que merezcan la admiración y, aún, la veneración de los demás. En esta categorización se ubican muchos de los nombres que recordamos con respeto y que miramos no sin algo de envidia. Su quehacer ha dado lugar a que el resto de los mortales los tomemos como ejemplos dignos de emular. En estos términos, la figura de cualquiera de ellos adquiere una dimensión universal; trasciende su espacio-tiempo y se convierte en un símbolo.

Entre los más singulares personajes, reales o imaginarios, que se ganaron, de esta manera, un lugar de preeminencia en la memoria de la humanidad, se destacan: Hércules con su fortaleza sobrehumana y su capacidad para llevar a cabo tareas inauditas; Leonidas el espartano, cuyo valor lo llevó a entregar su vida por la causa de su pueblo; Rolando, quien nos enseñó en Roncesvalles que el honor es la más valiosa de las posesiones del hombre, más aún que la propia vida; y tantos otros cuyos nombres han sido grabados a fuego en los anales de la historia o la literatura.

Sin duda encontramos entre ellos la figura de Don Quijote. Su nombre ha pasado a convertirse en un símbolo y su imagen, que no por escuálida e hilarante deja de ser gallarda, se destaca entre los anteriormente citados como el paladín de las empresas ilusorias, bien intencionadas pero condenadas al fracaso. Intentos como el suyo hallaron eco en los corazones de hombres y mujeres que creyeron que acaso su esfuerzo, si bien no habría de verse coronado por el éxito, alcanzaría un significado simbólico de la lucha eterna del ser humano por alcanzar nobles ideales. Este caballeresco personaje se constituye una y otra vez en el modelo a seguir, especialmente enla América Hispana.

Para nadie es un secreto que nuestra dependencia cultural, económica, política y social de la península, durante los interminables siglos de colonia, tuvo un efecto nefasto en el desenvolvimiento de nuestro pueblo como nación, como etnia, como entidad multicultural autónoma. El avasallamiento a que fueron sometidas las gentes nacidas en el Nuevo Mundo fue de tal naturaleza que sembró en nuestra conciencia y en nuestro entendimiento el gen de la sumisión. Desde entonces y hasta los tiempos que corren, nos hemos ocupado en aprender a inclinar la cabeza y a ponernos de rodillas ante cualquier sujeto venido de otras latitudes.  Enraizado en lo más profundo de nuestra historia se encuentra este mal que nos ha ido convirtiendo en eternos segundones, expatriados y advenedizos en nuestro propio suelo, en el que individuos de otras nacionalidades obtienen las mayores prebendas, los mejores salarios y las mejores condiciones para explotar y saquear nuestros recursos naturales, en vergonzoso contubernio con dirigentes locales que sacian sus ambiciones personales a expensas del sacrificio de sus compatriotas y dan, de esa manera, fundamento más que sólido al decir de Alberto Cortez: «La vida es una mágica balanza: unos pesan el corazón, otros la panza».

 

Tamaño entuerto requeriría de un hombre con el espíritu del Ingenioso Hidalgo; alguien que estuviese dispuesto a arriesgar su propia seguridad a cambio de unos términos más justos  y una oportunidad de desarrollo equitativo. Ha habido, sin lugar a dudas, numerosos intentos en los que hombres idealistas han optado por sacrificar su propio bienestar para perseguir metas que beneficien a su comunidad. Acaso, como ha quedado dicho, la figura primordial y quijotesca de este lado del Atlántico fue Simón Bolívar. Fue su deseo perenne el lograr el nacimiento de una nación inmensa, poderosa, plena de recursos y de gente dispuesta a trabajar por la grandeza. En su febril locura, forjada como la del personaje de Cervantes, por la gran cantidad de libros que había leído y el cúmulo de conocimientos que había alcanzado, deseaba el caraqueño conformar una patria que, según él mismo manifestara, hiciese contrapeso y mantuviera el equilibrio frente al gran coloso que se estaba formando en el norte. Quiméricas fueron sus ilusiones. Al igual que muchas de las aventuras del dela Triste Figura, su éxito en la lucha por la independencia fue tan solo un espejismo que lo llevó a creer que su sueño era realizable. Como sabemos, sus propósitos se derrumbaron y debió hacerse a un lado, solitario y enfermo no solo del cuerpo sino también del alma. Cuando nos negamos a ver la realidad, o cuando perdemos la perspectiva de la misma, esta se torna implacable. Como para Bolívar, así lo fue también para Don Quijote, quien finalmente descubrió que no había castillos sino tan solo ventas, que las mujeres que hallaba en su deambular no eran princesas sino simples aldeanas y que los entuertos, desarreglos e injusticias que se debían corregir se iban haciendo cada vez mayores, más frecuentes y más poderosos, debido a la mezquindad que reina en lo profundo del corazón humano.

Al hallarse nuestra historia, como hemos podido ver, pletórica de ejemplos que día a día nos refuerzan esta imagen, no podemos menos que referirnos a muchas de esas situaciones particulares que hacen de nuestro suelo otro lugar deLa Mancha, donde a lo largo del transcurrir de los lustros han ido apareciendo hombres que bien podemos equiparar con el personaje creado por el Manco de Lepanto. Tómese como ejemplo el caso de Francisco Madero.  Con quiméricas ilusiones asumió este hombre la dirigencia de su patria, desolada por la violencia. Creyó que era verdaderamente posible la instauración de un sistema democrático, justo e igualitario, después de tantos años del oprobioso porfiriato. No contaba con que el enemigo se hallaba en su propia casa y que este, a diferencia de quienes entraron a San Carlos en la nefanda noche septembrina, lograría el objetivo de poner fin a sus sueños de una manera inmediata y expedita, segándole la vida. Con él murieron las ilusiones de un pueblo. Victoriano Huerta, el asesino, como otro molino de viento, dio, en su caso, un golpe letal que no le permitió una segunda oportunidad.

Este cúmulo de figuras históricas o literarias nos plantea una universalidad patente de la figura del Ingenioso Hidalgo. Su gesta es la de todo ser humano que, en cualquier época o lugar del planeta, ha creído poseer el derecho de buscar la felicidad para sí y para quienes lo rodean. En cada caso los obstáculos no se han hecho esperar y la senda conducente a tal objetivo ha mostrado estar plagada de espinas. Los interrogantes que se nos proponen resultan, a todas luces, evidentes: ¿Vale la pena? En un análisis de costo-beneficio, ¿podemos llegar a pensar que la ganancia que se logra alcanza a equiparar el sacrificio? ¿O nos hallaremos, por el contrario, al final del camino, con una victoria pírrica? No existen respuestas correctas o equivocadas para tales cuestionamientos. La búsqueda de una forma de vida cada vez mejor es también parte integral de la naturaleza humana. Ahí radica, precisamente, el carácter universal de Don Quijote. Si bien su imagen se encuentra enmarcada en la aureola de la demencia, no por ello sus motivos son menos justos, su lucha menos encomiable o su sacrificio menos digno. Por el contrario, el modelo que nos muestra debe convertirse y de hecho se convierte en un inmenso desafío para todos los que creemos que nuestro paso por este otrora denominado “valle de lágrimas”, puede resultar menos tortuoso, más amable y abundante en satisfacciones por los logros alcanzados. La vida no es fácil, pero puede llegar a ser una experiencia fascinante, si conseguimos la sabiduría necesaria para vivirla y luchamos por alcanzar nuestros objetivos. Al hacerlo de esta manera, no importará que nos tilden de quijotes. Será la nuestra una locura que ofrecerá retos a nuestros semejantes, otorgará un mérito incalculable a nuestro tránsito por el mundo y hará que el mismo, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos, haya valido la pena.

LA CONQUISTA DE AMÉRICA: UNA EMPRESA QUIJOTESCA.

El ingenio fue la herramienta que sacó al ser humano de las cavernas y lo llevó a posar su planta sobre la superficie lunar. Ha sido acaso el arma más eficaz en la batalla contra los múltiples escollos que ha debido sortear para sobrevivir. El entorno hostil de una naturaleza indómita, la amenaza permanente del hambre, su indefensión frente a agentes externos que constantemente amenazan su salud, su bienestar y su vida, incluidos los de su propia especie,  son tan solo algunos de los factores a los que ha debido enfrentarse, premunido tan solo de la inventiva. Las múltiples necesidades han sido el catalizador que ha dado lugar a que su mente crezca, se desarrolle y le facilite los medios para salir avante en el proceso evolutivo que ha tenido lugar desde su aparición sobre la tierra.

Así las cosas, las múltiples empresas que hemos acometido como especie han estado siempre signadas por un dejo de riesgosa complejidad que hemos debido ir venciendo, paso a paso, sin cejar en nuestro empeño y siempre con la mirada fija en un horizonte, no del todo claro, pero que nos llama y nos invita, sin que podamos sustraernos a su magnética atracción. Muy pocas veces somos realmente capaces de intuir con acierto lo que nos aguarda; por el contrario, usualmente nos encontramos con situaciones del todo imprevistas que no nos dejan margen para algo más que improvisar sobre la marcha y tratar de salir del compromiso en la forma más ilesa posible. La aventura supone, por lo general, un elevado precio que debemos pagar pero, al igual que el adolescente que de manera pertinaz vuelve a subirse a la montaña rusa que acaba de provocarle altos niveles de emoción, no siempre placentera, una y otra vez corremos en busca de lo desconocido, sin medir del todo las consecuencias y con la vista puesta en el objetivo que pretendemos alcanzar.

Con frecuencia, bien sea a través de las noticias o de las historias que se nos refieren en el cine o la literatura, tenemos conocimiento de hombres que no encontraron otra forma de probar sus teorías, como no fuese someterse ellos mismos a las pruebas o los experimentos que habrían de llevar sus elucubraciones más allá del marco puramente especulativo. La asombrosa y aterradora historia del Dr. Jekyll es tan solo un ejemplo, afortunadamente ficticio, de hasta dónde está dispuesto a llegar el ser humano, cuando de ampliar sus conocimientos se trata. De esa misma forma, cuando Colón, convencido de la redondez del mundo, optó por emprender su inconcebible travesía, más de un hombre racional creyó que la idea era tan solo el producto de una mente enferma. Si hubiera existido la suficiente perspectiva histórica entre la propuesta del viaje y la aparición de la obra de Cervantes, el proyecto del Gran Almirante habría sido señalado como quijotesco, por decir lo menos. Y es que hacerse a la mar en tres frágiles barquichuelas, con la esperanza de llegar “…a donde jamás había llegado ser humano alguno….”, (parodiando de esta manera el significado del lema enarbolado  por Gene Roddenberry en su famosa serie televisiva, concebido para un nivel cósmico, pero del todo aplicable en el caso que nos ocupa), era un plan inaudito que solo podía caber en las cabezas de seres desocupados e imaginaciones afiebradas. Los estudios que promovieran en Colón la idea de un recorrido de naturaleza tan incierta bien habrían podido tomarse como dignos émulos de las lecturas de Don Alonso Quijano (guardadas las proporciones, por supuesto). En virtud de los mismos se lanzó el genovés a una aventura que, por sus dimensiones y previsibles consecuencias de fracaso y costo de vidas, era más alocada y absurda que la del deLa Mancha. Fue, de esta manera, don Cristóbal otro Quijote, con la diferencia de que él sí logró demostrar sus planteamientos, a pesar de no haber llegado a tener conocimiento pleno de los alcances de su descubrimiento. Su obra  fue sino el inicio de una empresa descomunal que habría de movilizar a miles de hombres, que pondría en funcionamiento una maquinaria gigantesca y que transformaría para siempre el mundo que hasta entonces conocían los europeos.

No se nos oculta, sin embargo, que el descubridor no fue el único que decidió asumir como realizables sus más recónditos sueños. Luego de su retorno a la península, como todos bien sabemos, muchos hombres de diversas condiciones, desposeídos los más, se lanzaron al mar para correr en busca del Nuevo Mundo. No repararon en riesgos ni en costos, ignoraron los peligros que tan inaudita empresa podía llegar a constituir para sus propias personas, abandonaron lo poco que poseían en su tierra natal y salieron a enderezar el más importante entuerto de todos: su propia existencia. Es bien sabido que la mayor parte de estos aventureros tenía poco perder (y mucho que ganar, como bien lo demostró la historia subsiguiente). Pero el viaje a una tierra desconocida, en condiciones muchas veces desfavorables (sabemos que Vasco Núñez de Balboa, por ejemplo, huyendo de sus acreedores y de la justicia se escondió en un barril. Es improbable que hiciese el viaje entero en tales circunstancias, pero las implicaciones que podía tener su condición de polizón amenazaban directamente su propia vida), la inevitable necesidad de enfrentarse a un clima desconocido, a una selva inhóspita y a unos aborígenes que, aunque nuca lo fueron realmente, bien podían ser tenidos como hostiles, eran factores que entrañaban penurias sin cuento y privaciones de todo tipo, cuyas consecuencias se presentaban como del todo imprevisibles. Sin ir más lejos, una personalidad inestable como la de Lope de Aguirre no logró reunir la entereza suficiente para soportar todo aquello, con el corolario inevitable de su pérdida de la razón.

Lanzarse a la conquista del nuevo continente no era, por lo tanto, una determinación particularmente apropiada o, de una manera más específica, no era del todo cuerda. Era necesario poseer un espíritu decidido y una irracionalidad rayana en la demencia. En otras palabras, los avezados conquistadores deben haber tenido mucho de quijotes. Más de uno escuchó seguramente las sensatas admoniciones de sus parientes y amigos, cuando su intención se hizo ante ellos manifiesta. Lágrimas y angustias debió la misma ocasionar en madres, amantes y/o esposas, muchas de las cuales, al igual que el ama y la sobrina del Ingenioso Caballero, acaso jamás llegaron a comprender las razones que empujaban a su bienamado a realizar este viaje con unas tan altamente dudosas posibilidades de éxito. Asumieron ellos sin duda, a su manera, el papel inquieto y andariego del Caballero dela Triste Figura, con una idea fija en sus mentes y con el propósito de llevarla a feliz término, o morir en el intento. Y si bien es cierto que la fortuna coronó los esfuerzos de muchos, un número equivalente de pioneros, la mayor parte de los cuales permanecerá anónimo para siempre, realmente perdió la vida en el camino, sus nombres fueron olvidados e ignoto quedó el lugar donde fueron a reposar sus extenuados huesos. No intentamos juzgar aquí los resultados de su labor ni las inquietantes consecuencias que el advenimiento de los europeos tuvo para la tierra o para los pueblos de este lado del Atlántico, de la misma manera que tampoco nos atreveríamos a evaluar la muy cuestionable eficacia de la actividad del Caballero Andante por tierras de España.  Pero tanto en uno como en otro caso, nos maravillamos ante la determinación de una férrea voluntad que condujo a estos hombres a tomar decisiones que significaron una dramática alteración de sus vidas, con el único objetivo de alcanzar sus quiméricas metas.

Todos hemos nacido con el ingenio que nos ha proporcionado el desarrollo tecnológico-científico que hoy nos rodea. Mediante esta habilidad hemos obtenido logros que han moldeado nuestra forma de vida. Pero, sin entrar a discutir los efectos que la modernidad, con toda su parafernalia, ha tenido en la existencia del hombre, no podemos dejar de mirar con respetuosa admiración a aquellos que la hicieron posible. Sus esfuerzos, sus desvelos, su lucha encarnizada contra dificultades inimaginables y no solo sus brillantes éxitos sino también sus rotundos y no menos dolorosos fracasos, constituyen un ejemplo y un modelo para todos los demás que nunca pensamos ni por asomo sumergirnos en actividades de tal naturaleza y que de una u otra manera hemos limitado nuestra participación al usufructo de los resultados. Esta apreciación no nos coloca en un plano muy favorable; por el contrario, nos aproxima a una condición que bien podríamos tildar de parasitaria, pero acaso podamos decir, a manera de paliativo para cualquier eventual sentimiento de inutilidad, que “muchos son los llamados y pocos los escogidos” y que, de cualquier forma, cada uno de nosotros contribuye en la medida de sus posibilidades y aporta su grano de arena, para hacer de este un mundo mejor. Quizás en nuestras mentes muchos tengamos algo de quijotes, pero pocos hayan sido dotados con la energía que demanda lanzarse a la aventura de corregir lo que está mal. Pero todos aquellos que lo lograron, desde el Ingenioso Hidalgo, su inseparable compañero Sancho, los conquistadores del nuevo mundo y los arrojados pioneros que han hecho posible la conquista del espacio, se han ganado a pulso un lugar en la historia y un recuerdo perenne en la memoria de todos los habitantes del orbe.

INFLUENCIA DEL QUIJOTE EN LA CULTURA HISPANOAMERICANA.

La conquista de América por parte de los colonos europeos, ingleses, españoles o de otras nacionalidades, significó una irreversible modificación en el proceso de desarrollo sociocultural de los pueblos que habitaban estas latitudes. Se abrió un atajo evolutivo por el cual discurrieron hacia el Renacimiento y los inicios dela EdadModerna, hombres que se hallaban en un momento intermedio de lo que los antropólogos llamarían la edad de los metales; es decir, entre unos dos mil y tres mil años antes. Las implicaciones de este hecho histórico fueron de una dimensión colosal y, para bien o para mal, los aborígenes se vieron impelidos hacia adelante en el tiempo, con todas las consecuencias de diversa índole que historiadores, sociólogos y otros estudiosos han sacado en claro en el curso de los últimos años.

Mirado desde este punto de vista, es incuestionable que nuestra cultura de hoy ha sido el resultado de lo que los lingüistas llaman un contacto estrecho entre un pueblo, el español, dinámico y poderoso, sin par en ese momento entre las naciones europeas, colocado en la posición de superestrato, es decir dominante y avasallador el cual, sin que mediara obstáculo alguno impuso su lengua, su religión, sus costumbres y forma de vida a todo lo largo y ancho del territorio conquistado. Tal contacto, decíamos, tuvo lugar con los pueblos nativos, rezagados en su desenvolvimiento social, primitivos, apenas en estadio tribal, que vinieron a asumir la condición de sustratos y debieron someterse al conquistador con poca o ninguna resistencia. Por ende, todo lo que somos hoy, lo que fuimos en el pasado reciente y con mucho lo que seremos en nuestro futuro inmediato se halla impregnado de hispanidad. Nuestra relativa tolerancia a la diversidad racial, por ejemplo, nos viene del pueblo ibero que era él mismo una mezcla de godo-árabe-judeo-cristiano con algo de celta, según afirman los entendidos. Fue el nuestro un proceso harto diferente del acaecido enla Américadel Norte, donde los colonos ingleses se abstuvieron en un alto porcentaje de la mezcla racial con los aborígenes y optaron por una medida más expedita: el exterminio.

Como ha quedado expuesto, el descubrimiento y los primeros pasos de la conquista se desarrollaron de manera contemporánea con la composición y edición de las aventuras del Ingenioso Hidalgo. Su mundo, su realidad inconmensurable viajó a las Indias Occidentales con  Quesada, Cortés, Balboa y Pizarro. Ese espíritu de aventura enmarcó el comienzo de la nueva realidad para la tierra hispanoamericana. Andariego y escuálido, en ellos caminó Don Quijote por estas selvas inhóspitas y, personificado en tantos peninsulares, muchos  sumidos para siempre en el anonimato, transmitió a las siguientes generaciones su ánimo de lucha, su filosofía idealista y su quimérica y perenne búsqueda.

Los hombres y mujeres de estas tierras somos herederos directos de ese singular aventurero y lo hemos venido personificando, hasta el nivel de la cotidianidad, en muchas de nuestras actitudes frente a la vida, a las vicisitudes, en nuestros no muy numerosos pero significativos éxitos y también en nuestros incontables fracasos. El estilo de vida del mundo contemporáneo no ha sido misericordioso con nuestro espíritu romántico, de la misma manera que los vientos del final del Medioevo soplaron gélidos sobre la figura anacrónica  y obsoleta del Caballero Andante. Los nacidos enla Américahispana en el último siglo hemos debido enfrentar nuestra personalidad cálida, sencilla y dicharachera con la inmutable frialdad de los nuevos amos del mundo, para quienes el único lenguaje comprensible es la riqueza, la suya propia, obtenida en forma audaz e inmisericorde mediante la explotación de sus semejantes y una agresión aleve contra la naturaleza.

La nuestra es, por lo consiguiente, una cultura que bien podríamos llamar quijotesca. Surgidos de un hecho perturbador de los procesos socioculturales, como fue el descubrimiento y conquista, jamás hemos logrado ir más allá de nuestro papel de segundones en el dominio del orbe. Los grandes sucesos que conforman la estructura de la vida actual nos llegan costosa y tardíamente. (Ya lo dijo el maestro Julio Flórez: “Todo nos llega tarde, hasta la muerte”). Sin embargo, en ese esquema de vida, nos hemos convertido en grandes luchadores. Al igual que Don Alonso Quijano, nos levantamos día a día con la frente en alto, animosos y enamorados de la vida. Muchas son nuestras desventuras y arduo es el camino que tenemos que seguir. Pero tenemos una fortalecida confianza en el porvenir y estamos plena y absolutamente convencidos de que lograremos hacer un mundo mejor para nuestros hijos. ¿Quijotesco? Preguntarían algunos. Es la nuestra una justa que intenta alcanzar una meta lejana, para llegar a la cual deberemos seguir una senda tortuosa y plagada de dificultades. Imbuidos de un romanticismo pasado de moda, proseguimos por ella haciendo caso omiso de las espinas que nos asedian y de los escollos con los que tropezamos a cada paso. En un mundo más y más globalizado, en el que los amos inclementes imponen su ritmo y sus condiciones, seguimos nosotros buscando una forma de vida digna que nos acerque un poco más a la esquiva felicidad. No se nos oculta que nuestro ansiado bienestar se mueve en contravía respecto a los intereses egoístas de quienes, mejor armados, mejor alimentados y convencidos de su derecho de imperar sobre los demás, interponen toda suerte de obstáculos tendientes a mantenernos en nuestra condición de subyugados y serviles, para poder ellos continuar disfrutando de su privilegio. Entonces debemos responder: Sí, quijotesca y hasta ilusoria nuestra lucha. Pero no por ello perdemos la fe. De la misma manera que Don Quijote jamás permitió que sus incesantes descalabros se convirtiesen en un óbice para sus propósitos, al igual avanzamos nosotros, lanza en ristre, dispuestos a corregir el descomunal entuerto de las características de nuestra propia existencia.

EL DRAMA DE NUESTRA LUCHA CONTRA NUESTROS MOLINOS DE VIENTO.

El enfrentamiento de Don Quijote contra los molinos se ha convertido en símbolo de todas las luchas estériles que muchos hombres emprenden y de las que salen generalmente mal librados. Obnubilados por un espejismo irracional, muchos de ellos se arrojan contra adversarios infinitamente más poderosos o persisten en dar coces contra el aguijón, inconscientes de su propio y único daño. En este sentido, los pueblos de Hispanoamérica tenemos mucho de quijotes. El proceso de nuestra independencia de España estuvo caracterizado por una serie de sucesos absurdos y aún extravagantes, hasta el punto que el logro que se pretendía alcanzar se vio seriamente comprometido en más de una ocasión. Alcanzado este, era el nuestro un continente pletórico de recursos naturales, con una tierra feraz y pródiga que prometía ser el respaldo necesario para que hubiésemos crecido como nación, como pueblo, como etnia. Tan solo debíamos superar las circunstancias adversas a que nos habían sometido siglos de colonialismo, propender por la equidad y la justicia social y aunar nuestros esfuerzos y nuestras voluntades en el solo y único propósito de progresar. Infortunadamente, ambiciones personales y egoísmos mezquinos nos condujeron por un camino diferente. Incapaces de reconocer al verdadero enemigo, nos enfrascamos en contiendas inútiles que desangraron (y aún desangran) nuestro patrimonio y agotaron nuestros esfuerzos sin mejorar ni un ápice nuestra calidad de vida; por el contrario, hoy cuando cumplimos dos siglos como países independientes, cada vez nos encontramos más débiles, más empobrecidos y en paupérrimas condiciones para encarar los desafíos constantes de la vida en el nuevo milenio. Los héroes patriotas que ofrendaron su sudor y su sangre para que pudiéramos sacudir el yugo de las cadenas no estuvieron a la altura de las demandas que surgieron con posterioridad, cuando era necesario organizar  la administración y constituir una comunidad creciente y pujante. Los dirigentes que vinieron después tampoco mostraron las capacidades necesarias para una misión de tal envergadura. La historia posterior a la conquista de nuestra independencia ha estado marcada por incesantes palos de ciego que no han hecho otra cosa que acrecentar nuestro declive y sumirnos más y más en el patético subdesarrollo del Tercer Mundo. A título de ilustración podemos citar a la holandesa-argentina Silvina Bullrich, quien configuró las características de nuestro perfil en su obra “La Creciente”, en la cual la única propuesta de solución a que se llega en una indistinta nación latinoamericana, frente al embate de las aguas oceánicas que amenazan invadir el territorio, es la sugerencia de imponer a los ciudadanos clases obligatorias de natación.

Uno de los mayores males que nos aquejan, como ya ha quedado dicho, es un endémico complejo de inferioridad frente a otras culturas y a gentes de otras nacionalidades. Como una secuela de los días de conquista y colonia, que todavía no hemos sido capaces de erradicar plenamente, desde la cuna se nos ha inculcado que hemos de hincarnos ante estos advenedizos extranjeros, muchos de ellos aventureros impíos que poco o nada nos aportan y que terminan adueñándose de bienes que deberían ser solo nuestros. Indiferentes, animados por la servil pleitesía que se les rinde, llegan a nuestra tierra, se apropian de nuestros recursos naturales, ocupan inmejorables posiciones laborales, desplazando a muchos de nosotros, con frecuencia mejor calificados, y nos miran con desprecio cuando intentamos formular algún reparo. Una muestra de ese innato repudio nuestro a lo que somos, incrementado por el febril deseo de llegar a ser algo que no nos corresponde, puede verse, por ejemplo, en el esquema educativo. La educación raras veces ha sido una prioridad real de nuestra estructura político-administrativa. Mientras las clases populares naufragan en el analfabetismo, ante la mirada indiferente de gobiernos que tan solo han sido hábiles para saciar su propia rapacidad, las clases opulentas conformaron, desde hace mucho en nuestros países, enclaves educativos extranjeros y a ellos confían la instrucción de sus hijos, ansiosos de proporcionarles una formación fundamentada en modelos europeos o norteamericanos que, creen ellos, contribuirá a convertirlos en individuos exitosos, con mentalidad distinta, acaso podríamos añadir, de conquistadores y no de conquistados. Tal es la inconmensurable diferencia en el esquema que enmarca nuestro modelo educativo.

De esta manera, nos encontramos los pueblos de Hispanoamérica frente a una inmensa encrucijada que no parece tener solución, a ojos vista. Al igual que el DeLa TristeFigura, deambulamos en el tiempo, al parecer sin un rumbo definido y embestimos cuanto Molino de Viento se nos aparece en el camino. Llevamos a cuestas la herencia del Ingenioso Hidalgo: marchamos a la búsqueda de soluciones quiméricas para nuestros muy reales y tangibles problemas. Es evidente, hoy por hoy, que la respuesta se halla muy por fuera de nuestro alcance. Estamos en la mitad de un laberinto de dimensiones colosales, buscamos alcanzar el valioso tesoro de una vida próspera, igualitaria y pacífica, pero en medio de la oscuridad y carentes del hilo de Ariadna, desconocemos la dirección correcta hacia la cual tendríamos que encaminar nuestros pasos, combatimos  con fútiles esfuerzos contra las rocas y contra nuestra propia sombra y nos negamos a reconocer que el verdadero adversario es el monstruoso Minotauro  de nuestras gigantescas desigualdades que aguarda oculto en la penumbra y dispuesto a devorarnos de manera inmisericorde, una vez hayamos consumido nuestras fuerzas en esta lucha estéril contra nosotros mismos.

Diversas interpretaciones pueden hacerse al enfrentamiento de Don Quijote con los Molinos de Viento. Desde un punto de vista más o menos riguroso es posible asumir que la intención del escritor era mostrarnos la extrema locura a que había llegado el Caballero. Era incapaz de percibir la realidad en su verdadera dimensión; por el contrario, no veía sino lo que quería ver y permitía que su enfermiza imaginación interfiriera con las imágenes que se presentaban a sus ojos. En tales condiciones era claro que no podía correr sino hacia el fracaso, con el inevitable riesgo a su propia persona. En estos términos bien podemos asumir que el Ingenioso Hidalgo es una representación prototípica de muchos de nosotros, cuandoquiera que hemos perdido el juicio o nos negamos a mirar cara a cara nuestro destino. Con frecuencia eludimos la responsabilidad de ver las cosas como realmente son y preferimos hacer suposiciones ambiguas que nos presentan una imagen falseada de la real dimensión de nuestros problemas. Optamos entonces por buscar soluciones donde no las hay, al igual que el ebrio que, habiendo perdido su llave en la entrada oscura de la estación, su fue a buscarla al interior iluminado del salón. En intentos inútiles agotamos nuestras fuerzas y nuestros recursos, en tanto que nuestros problemas se agrandan y se vuelven cada vez más complejos. Al igual que el DeLa TristeFigura, eventualmente descubrimos nuestro error y, adoloridos y maltrechos, buscamos afanosamente a quién culpar por nuestro desacierto. Desoímos a Sancho, que juiciosamente intenta aconsejarnos y reemprendemos la marcha hasta encontrarnos con otro antagonista irreal que de nuevo nos derrota, sin comprender que la única que nos vence una y otra vez es nuestra propia estulticia.

Son múltiples los Molinos de Viento a que nos enfrentamos en nuestro cotidiano discurrir por el camino de la vida. De manera trabajosa, en el curso de los últimos lustros, como resultado de incontables descalabros, la venda ha ido cayendo de nuestros ojos y, aún de manera renuente, pero abrumados por la implacable realidad a nuestro alrededor, hemos comenzado a buscar la salida de este túnel en que nos encontramos. Todavía nos cuesta trabajo reconocer el rostro de nuestros verdaderos enemigos: la injusticia social, la renuncia a nuestra propia identidad, la inveterada costumbre pasar por encima de lo que sea o de quien sea cuando de alcanzar nuestra metas se trata, entre otros. Todavía quienes han aprovechado estas tristes condiciones para obtener pingües beneficios se empeñan en mantener  tal estado de cosas y muchos de ellos están dispuestos a defender su condición de preeminencia a sangre y fuego. Es, por lo tanto, largo el sendero que nos queda por recorrer, antes de que podamos abordar, finalmente, el barco de la prosperidad, la paz y la equidad. Nos anima, al igual que a Don Quijote, un espíritu valiente y decidido que nos mantiene en la batalla aún en contra de las más adversas predicciones. Este será el que, esperamos, habrá de prevalecer finalmente y nos señalará el camino hacia una vida mejor, más digna, menos azarosa, en la que nuestros hijos puedan avanzar un poco más en la búsqueda de la felicidad. Acaso muchos de nosotros no llegaremos a ver este nuevo amanecer de nuestro pueblo, pero, al igual que en las Termópilas, sobre nuestro sacrificio se erigirá un mundo nuevo; y entonces, todos nuestros desvelos habrán valido la pena. Este es el sentimiento que debe prevalecer en nuestra mente, para que no desfallezcamos en el arduo trajín que el destino nos adjudicó en esta vida.

A MANERA DE CONCLUSIÓN.

Al examinar con algún detenimiento las desventuras que aquejaron a Don Quijote durante su extenso periplo, acaso podemos señalar que una de las más notorias es la inconmensurable soledad que rodea tanto su persona como la misión que él mismo se ha asignado. Esta condición tiene sus comienzos en la sala de lectura de su casa. Allí, sin otra compañía que sus libros, su mente se descarría y pierde la capacidad de distinguir entre la realidad y la fantasía. Inmerso ya en su muy particular forma de demencia, el Caballero se lanza al recorrido de un mundo que no lo entiende, que se mofa de su persona y de su condición y que lo abandona a su suerte. Sancho, su fiel escudero, no basta como compañía para mitigar la soledad que lo aqueja. Sus motivaciones son distintas y de ninguna manera comparte  las alucinadas elucubraciones de su amo. Su voz es muchas veces la única nota de cordura y de coherencia en el deambular insensato de la pareja pero, como otra Casandra, sus admoniciones se pierden en el viento sin encontrar eco en la mente febril del Caballero. Así pues, Don Quijote es el hombre más solo de la tierra y su justa, grande y noble en sus propósitos, se pervierte al materializarse en un sinfín de eventos inconexos que nada logran, como no sea desgastarlo hasta el agotamiento físico y emocional y conducirlo, finalmente, a la tumba.

La soledad es un concepto que ha sido tratado por eminentes pensadores de nuestra América hispana. Octavio Paz hace referencia a la misma al tipificar la idiosincrasia del pueblo mexicano. A pesar de que el ilustre poeta intenta plasmar unos rasgos muy propios y particulares de la cultura azteca, no podemos menos de maravillarnos ante los múltiples denominadores comunes que encontramos entre esta descripción y lo que alcanzamos a apreciar en el resto de los pueblos de Hispanoamérica. Somos todos tan parecidos y nos aquejan de una forma tan similar tantos infortunios semejantes, que parecería que Paz estuviese refiriéndose a todo el pueblo latinoamericano.

Son estas características, según se afirma en el que el autor muy acertadamente tituló “El Laberinto de la Soledad”, las que nos convierten a todos en un conglomerado singular, agobiados por dificultades seculares, oprimidos por la dependencia económica y política del poderoso país del norte y subyugados por un misticismo a ultranza que poco contribuye al hallazgo de las urgentes soluciones que requerimos. Nos encontramos inmensa y abrumadoramente solos en estos parámetros de lugar y tiempo y, al igual que Don Quijote, a pesar de hallarnos rodeados de gentes diversas que se nos aproximan con variados propósitos, no tenemos a nuestro lado a nadie que comparta nuestras angustias o que entienda nuestras grandes necesidades.

La muy divulgada novela macondiana de García Márquez nos plantea, de la misma manera, las vicisitudes de un pueblo agobiado por “el germen de la soledad”. Muchas generaciones discurren y son incontables los sucesos que se desenvuelven a lo largo de la obra. Pero a pesar de las interminables visitas de gitanos y de otras gentes, más allá de los sinsabores que sacuden al pueblo durante las guerras civiles, el auge y caída de la Compañía Bananera y, aún, los “más de tres mil muertos” de aquel fatídico diciembre del 28, cuando el ejército dela Patria volvió las armas contra el pueblo indefenso, la familia Buendía se encuentra sola. En medio de este sensible abandono que padecen, se desarrollan sus dramas internos, sus amores y desventuras y la tragedia inevitable y recurrente de sus vidas. ¡Cómo se parecen ellos a todos nosotros! Esta soledad suya y también nuestra se asemeja a una condena de proporciones bíblicas, que nos hubiera sido impuesta antes de venir nosotros al mundo y como consecuencia de un pecado por otros cometido, (en la obra se tipifica este en la muerte violenta de Prudencio Aguilar), pero purgado una y otra vez por todos los descendientes hasta la consumación de los siglos: (el viento profético que borró a Macondo de la faz del planeta).

A título ilustrativo podemos hacer mención de otos casos extraídos de nuestra realidad literaria, la cual no es sino el reflejo de esa otra cruda y agobiante cotidianidad en que nos hallamos inmersos. Sabato es un extraordinario exponente de esta temática a través de sus personajes: una enorme y abrumadora soledad aqueja a Juan Pablo Castel, quien la expresa a través de la obra pictórica que lo pondrá en trágico contacto con esa otra desolada persona que es María Iribarne. Sobrecoge también la soledad de Alejandra Vidal, consumida en un mundo de patrióticas figuras, en el que se siente extraña y desubicada. La prostitución, el incesto, el parricidio y finalmente la inmolación por el fuego son las vías de escape que buscará el personaje para exorcizar el fantasma de la permanente desolación. No resulta demasiado difícil encontrar otros ejemplos plasmados en el arte literario, como son el Pedro Páramo de Rulfo y el Artemio Cruz de Fuentes. Opulentos y poderosos personajes, cada uno en su respectivo contexto, descubrirán que los bienes acumulados a lo largo de años de oprobio y vejación de sus semejantes nunca lograron poner a su alcance la satisfacción de sus más recónditos deseos y llegarán al final de sus días eternamente solos y con un íntimo sentimiento de frustración.

Como ha podido verse, son incontables los puntos de referencia que nos ponen en contacto con la figura eterna y tragicómica del Ingenioso Hidalgo. Somos los herederos directos de esa cultura que dio lugar a que un personaje de tal naturaleza pudiese ser alguna vez concebido por la mente de un escritor. Avanzamos, como el Caballero, por una tierra inhóspita, rodeados por individuos de hostilidad manifiesta o latente o que, en el mejor de los casos, exhiben una fría indiferencia ante lo que somos o lo que pretendemos lograr. Otros pueblos del orbe que nos han precedido por este camino, de manera muy conveniente olvidan que nuestras penurias actuales fueron una vez suyas y que, al igual que ellos, también nosotros buscamos una forma de vida digna que nos proporcione alguna estabilidad y mucho respeto en el concierto universal de las naciones.

La búsqueda de metas inalcanzables condujo a Don Quijote al sepulcro. Es aquí donde esperamos marcar la diferencia con el dela TristeFigura.Proseguimos nuestro batallar animados por la esperanza de ver nuestros esfuerzos coronados alguna vez por el éxito. Si tal ocurre, más tarde o más temprano, todos nuestros desvelos habrán valido la pena y la ilusión quimérica de Don Alonso Quijano, de alcanzar un mundo mejor, más justo, del cual el oprobio y la explotación hayan sido erradicados, por primera vez después de cuatro largos y casi interminables siglos se habrá convertido en realidad. Acaso, solo entonces su atribulado cuerpo, con los de nuestros antepasados, finalmente descansará en paz

VALORES Y ANTI-VALORES QUE NOS MUEVEN A UNA CUIDADOSA REFLEXIÓN

Con frecuencia en los canales de nuestra televisión se anuncia como primicia la nueva presentación de una serie que nos trae, una vez más, la espeluznante historia de SM Enrique VIII de Inglaterra. Este nombre nos transporta a una época turbulenta y a un período histórico que bien podría describirse como de ingrata recordación. El disoluto comportamiento de un hombre libidinoso y ahíto de poder, que no vaciló en recurrir a toda una serie de engaños y truculentos procederes para satisfacer sus más rastreras pasiones constituye la piedra angular de este refrito, transmitido de manera repetitiva en diversas producciones cinematográficas que se esmeran en la recreación escénica de una época convulsa.

Ya en el pasado, tanto el cine como la televisión han reiterado una y otra vez en el tema y las diversas aproximaciones que se han hecho no han logrado otra cosa que desdibujar la realidad histórica y mostrarnos los hechos envueltos en una falacia que varía de acuerdo con el director y el productor de turno, quienes sin el más mínimo pudor sumergen la verdad en una maraña de incidentes inciertos, ficción recreativa y francas mentiras sobre lo acontecido durante el reinado del citado monarca.

No es de extrañar que nuestras productoras locales se encuentren poco menos que fascinadas. Es precisamente esta temática, en la que la intriga, el vicio y el crimen van de la mano y que de manera conveniente siempre se salen con la suya, lo que atrae la atención de un elevado porcentaje de la audiencia nacional. Y, si las escenas de sexo y violencia resultan explícitas hasta donde sea posible, pues aún mejor. Cómodamente nos ubicamos frente a nuestros televisores y nos deleitamos ante el actuar de un hombre corrupto, corruptor y corrompido que arrastra a toda una nación a los vericuetos de la guerra, la traición y el adulterio, sin que haya una sola voz de discrepancia que se levante a protestar. Si alguien tuvo el valor de hacerlo, fue rápida y eficazmente silenciado a través del hacha del verdugo.

Sin embargo, nadie puede levantar un dedo acusador contra este tipo de producciones cinematográficas. Los responsables de su realización son mercaderes del entretenimiento, apenas motivados por un fin inmediato y específico: el lucro. Pero no deja de inquietarnos una pregunta que algunos nos formulamos reiterativamente, relacionada con el interés que una comunidad que se muestra civilista y reposada como la de Gran Bretaña, podría tener en que se ventile una y otra vez este período oscuro de su historia. Acaso, ¿no se lava en casa la ropa sucia?

A menos, claro está, que los hechos vergonzosos que se desarrollaron en aquel entonces no constituyan motivo de sonrojo para las nuevas generaciones de esas latitudes. Si bien cuesta creer que los ingleses avalen el comportamiento criminal de un sujeto como de Enrique VIII, se suscita entre nosotros un grave elemento de incomprensión. No podemos dejar de cuestionarnos si esta “repetición de la repetidera”, no la de nuestra televisión, que tan solo opera como consumidora, sino de las productoras que se muestran engolosinadas con el tema, no raya en la apología de delitos cometidos a la sombra del poder omnímodo ostentado por un hombre inescrupuloso que no supo estar a la altura de su cargo como soberano de una nación sino que, por el contrario, dio rienda suelta, de manera impune, a sus más bajos instintos.

¿Cuál será, entonces el mensaje? Para satisfacer este interrogante es necesario mirar un poco más detenidamente el contexto cultural, social y político en que los hechos tuvieron lugar: y entonces, al repasar el desenvolvimiento histórico de ese pueblo, la relación con sus vecinos y los objetivos que se propusieron alcanzar a todo lo largo y ancho del planeta, súbitamente se apodera de nuestras mentes un profundo sentimiento de inquietud. Desde el patio trasero de su casa, representado por naciones aledañas como Irlanda del Norte o Escocia, hasta las regiones más inhóspitas y apartadas de su propia latitud, cuyo ejemplo bien pueden ser las islas Malvinas, entre muchos otros, Inglaterra ha impuesto su voluntad, ha hecho primar sus intereses y su predominio con poco o ningún reato de conciencia. Para alcanzar sus propósitos esta nación no ha vacilado en recurrir a métodos que rayan con el crimen y el genocidio y ha llegado a imponerse sobre una infinidad de otros pueblos a los que ha sustraído sus valores culturales y sus riquezas naturales. Poca significación ha tenido para ellos la tragedia que su paso ha dejado por la India y varias naciones del África y América.

De esa forma, no podemos menos que estremecernos al suponer que la actuación desmedida del soberano de marras no es otra cosa que una imagen del sentir de un conglomerado: ‘frene a mis apetitos y mis deseos no habrá barrera alguna capaz de contenerme y estoy dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias si de alcanzar mis propósitos se trata.’

Así las cosas, es claro el porqué del aval que se otorga a la repetitiva retransmisión de unos hechos vergonzosos que tienen como protagonista a un rey disoluto y criminal. Simplemente no importa, ya que el mensaje es claro como el agua: Su voluntad prima sobre cualquier otra consideración. Tal ha sido desde tiempos inmemoriales, tal es hoy y tal se pretende que sea en tiempos venideros. Como lo manifestara Nixon en la famosa entrevista con Frost: “Cuando lo hace el Presidente, entonces no es ilegal”.

Así, cuando se da el caso de gentes que, de manera individual o colectiva pretenden estar por encima de la ley, las consecuencias para sus vecinos y para todo aquel que se interponga en su camino, suelen ser desastrosas. Ese «todo vale» viene a constituir un legado de inmoralidad y carencia de escrúpulos que se transmite a las nuevas generaciones y que bien podría ser una de las principales causas de este caos ético-moral en que con frecuencia vemos que se sumerge el mundo contemporáneo. En todo momento hemos de tener en cuenta que cuando se transgreden las barreras de contención, cuando son la codicia y la avaricia las que dictan la forma de proceder, cuando el fin SÍ justifica los medios, flaquean los cimientos de miles de años de evolución civilizadora y la raza humana parecería que se complace en desandar el camino que nos trajo hasta aquí, desde la época de las cavernas.

¿Habrá de ser tal el futuro que nos aguarda a la vuelta de unos cuantos lustros? ¿Deberemos sufrir el abuso y la violación de unos por parte de otros, cuando, en un futuro cada vez más próximo, los recursos que hasta hace poco parecían inagotables, finalmente se tornen escasos? Será necesario que quienes nos hemos declarado en favor de la vida, la equidad y la justa búsqueda de la felicidad por parte de todos realicemos un esfuerzo denodado para que la catástrofe de una humanidad deshumanizada y violenta deje de ser una eventualidad que se perfila en el horizonte, habida cuenta de la sobrecogedora realidad que hoy se presenta ante nuestros ojos. Acaso una forma de intentar prevenir semejante despropósito sea la de afianzar nuestra posición de rechazo a la violencia y dejar de regodearnos con la villanía y con el crimen.

Reflexiones

El propósito de esta página será el de compartir algunas ideas, puntos de vista y apreciaciones sobre diversos aspectos de la realidad. Habrá alguna variedad en los temas, pero fundamentalmente se intentará compartir con otros las percepciones que nacen de la diaria observación y las vivencias en este complejo mundo en el que nada está garantizado, salvo el término ineludible de la existencia material.

Extiendo una bienvenida a quienes se acerquen a estos escritos y me honren con comentarios francos, desapasionados y de sana y saludable crítica constructiva. Ellos serán el sustento básico para proporcionar crecimiento a esta tarea, hoy asumida no sin algunas reservas que espero ir subsanando con el transcurso del tiempo.

MF