GAZA

Tal vez una de las mayores barbaridades, entre las muchas que comete el ser humano, es el genocidio. A pesar de ello, es el crimen de lesa humanidad que nuestra especie ha venido perpetrando desde los tiempos inmemoriales de su existencia. Desde la hipotética y, hasta hoy, especulativa causa de la desaparición de los neandertales debido, según algunas teorías, a la agresión violenta por parte de los sapiens, siguiendo con la sangrienta incursión de Josué en Jericó, donde pasó a cuchillo a todos los seres vivos, humanos o animales, hasta las limpiezas étnicas de los tiempos modernos, como las llevadas a cabo en Ruanda y en los Balcanes, la historia está plagada de hechos luctuosos en los que la supuestamente especie más inteligente del planeta ha causado las muertes en masa de cientos, si no miles de sus congéneres.

De una particular relevancia fue El Holocausto, cuando millones de judíos fueron utilitaria y sistemáticamente conducidos a la muerte, a partir de un plan fríamente calculado, que dejó una profunda huella en la memoria de las siguientes generaciones y que ha sido rememorado y recapitulado una y otra vez, con la pretendida intención de que algo como eso jamás llegue a repetirse​ (!?).

No quiere decir que lo acaecido en Ruanda en 1994 haya carecido de importancia. Lo que sucede es que el occidente civilizado, responsable de la implantación en el continente africano de un sistema social altamente desigual, que convenía a sus intereses de explotación, simplemente miró para otro lado mientras se desarrollaba una masacre de proporciones dramáticas en una tierra que había sido, hasta poco antes, un territorio colonial. Todo ello motivado por un acto de terrorismo en medio de una situación política inestable y volátil, que vino a ser el detonante que sacó a relucir odios tribales hábilmente cultivados por los colonialistas blancos; y, cuando la situación se salió de control, el mundo se hizo a un lado y asistió apenas como espectador. (Cabe preguntarse si, acaso, como las víctimas no eran de raza blanca, la serenísima comunidad occidental no consideró importante intervenir).

No puede dejar de mencionarse la limpieza étnica ocurrida en julio de 1995 durante la guerra de Bosnia, cuando un número indeterminado de musulmanes fue exterminado por grupos militares y paramilitares al mando de Ratki Mladic, el esbirro de Milosevic. En esta ocasión sí que hubo intervención de Occidente y los responsables fueron llevados ante la Corte Penal Internacional.

Así pues, el exterminio de un pueblo no es un hecho aislado en la historia de la humanidad sino, por el contrario, un evento que tiende a repetirse en muy diversos contextos, para el cual los estudiosos se esfuerzan en buscar una explicación, (si es que puede haberla) y, como siempre, con la pretendida intención de que algo como eso jamás llegue a repetirse. A pesar de ello, lo que el mundo está presenciando en Gaza hoy constituye un hecho pavoroso, apenas comparable con El Holocausto nazi, en el frío y sistemático proceso de exterminio al que ha sido sometido el pueblo palestino. ¿A quiénes puede señalarse como responsables de esta atrocidad?

Resulta primordial mencionar que los judíos, según podemos verlo en la historia, son un pueblo digno de admiración en virtud primordialmente de su resiliencia y de la manera en la que han sabido sobreponerse a las vicisitudes a que han sido sometidos a lo largo de su existencia. Al igual que el ave fénix, en el sentido literal de la expresión, han renacido de sus cenizas, (de las de los hornos crematorios, si se me permite tan macabra referencia), y se han convertido en una fuerza poderosa y significativa en el mundo presente. Sin embargo, no podemos dejar de afirmar con estupor que, a pesar de la vehemencia con la que se han esforzado por mantener vivo el recuerdo de lo ocurrido en los campos de concentración, muchos parecen haber olvidado la tragedia a la que fueron sometidos, al cohonestar o asistir como espectadores indolentes a la persecución exterminadora que un fundamentalista como Netanyahu ha desatado en la franja de Gaza. El pretexto aducido por el criminal, según el cual se está persiguiendo a un enemigo terrorista como Hamas, a cuya sombra se bombardean escuelas y hospitales y se somete a la hambruna a cientos de miles, hombres, mujeres y niños, ya no resulta creíble ni para ellos mismos. Todo ello ignorando el clamor de múltiples voces y hasta las protestas de una importante parte de la población israelí, que se ha volcado a las calles para pedir que se detenga la matanza.

Pero estos hechos, tan funestos en sí mismos, no vienen a ser, en realidad otra cosa que una repetición de esa inveterada costumbre que tenemos de matar a nuestros semejantes por un quítame estas pajas. Lo más abominable de esta ignominia sin nombre es la pasividad cómplice asumida por los demás pueblos del orbe. Asistimos indolentes al horror de la masacre, mientras los líderes mundiales observan y callan o apoyan explícitamente y sin ambages el baño de sangre que allí tiene lugar. Las pomposas e inútiles declaraciones en las Naciones Unidas naufragan entre el silencio cómplice de la mayoría de los representantes y la afirmación del vocero del asesino gobierno de estar “defendiéndose” de un grupo terrorista.

Pero no nos digamos mentiras. Las futuras generaciones juzgarán con severidad nuestra actitud pasiva frente al crimen. Los descendientes de Israel habrán de cargar con el baldón de que su nación se haya convertido en el destructor de un pueblo, tal como el que todavía hoy pesa sobre los alemanes, como consecuencia de la persecución nazi. Y, en este caso, el estigma tendrá el ingrediente adicional de haber sido unas gentes señaladas para el exterminio, que a su vez se convirtieron en el verdugo de otros.

No existe, hoy por hoy, mayor vergüenza para un individuo o para un pueblo, que asistir impasible a un enfrentamiento desigual en el que un matón bárbaro y abusador arremete contra otro más débil y con poca oportunidad de defenderse. En el contexto callejero casi podría preverse la reacción airada de la comunidad, que diera lugar a una eventual y probable suspensión del abuso. Pero cuando se trata de países y conglomerados en los que hay, por lo general y como en este caso, profundos intereses económicos y geopolíticos, todos los demás se cuidan mucho de intervenir o de mostrar su apoyo a la víctima, especialmente y sobre todo cuando la fuerza poderosa de una superpotencia liderada por un megalómano otorga su respaldo irrestricto al agresor. Entonces, resulta más cómodo expresarse tímidamente en favor de la paz y la concordia o simplemente mirar para otro lado y pretender que no está ocurriendo nada.

Los dramáticos hechos que se están desarrollando en Gaza han tenido diversas consecuencias en distintas partes del mundo. Las calles de varios países se han visto inundadas por gentes del común que han salido a protestar por la inacción de sus gobernantes frente a la sistemática matanza. Esta expresión ha sido acogida con actitudes gubernamentales que van desde la simple y llana indiferencia hasta el señalamiento de los manifestantes como apoyadores del terrorismo. Pero tales muestras populares de inconformidad no han encontrado mucho eco en los dirigentes, por lo que se han convertido en una manifestación simbólica de que no todos estamos de acuerdo con lo que sucede ni con la manera que tienen de verlo los gobiernos. En el caso colombiano, el presidente Petro desde muy temprano decidió romper relaciones con Israel y ha hecho lo posible por impedir que nuestros recursos, explotados por foráneos, lleguen a las manos del gobierno genocida. Ha debido soportar toda suerte de críticas y ataques como resultado de esta posición.

Otra consecuencia que se ha visto, aunque por fortuna no tan generalizada hasta el momento, ha sido el incremento del sentimiento antisemita. Ya han tenido lugar incidentes en contra de la comunidad judía, que ponen de presente la equivocada actitud de culpar a todos por la barbarie de unos cuantos. Es de esperar que tales hechos no vayan a escalar porque, aparte de la supina injusticia que ello implicaría, nada resuelven, nada aportan, como no sea incrementar el resentimiento de unos contra otros y extender los alcances de la tragedia. Por lo mismo, es de capital importancia puntualizar que a ningún miembro de la comunidad judía, en ninguna parte del mundo, le cabe el más mínimo grado de responsabilidad por la crueldad vesánica a la que se ha entregado el gobierno extremista de Netanyahu. Como ha quedado dicho, cientos de manifestantes en Israel han salido a protestar por lo que está ocurriendo. Por lo consiguiente, cualquier señalamiento o agresión a personas pertenecientes a esta comunidad en cualquier lugar del planeta constituye una perpetuación de la locura y una manera absurda, desproporcionada y poco inteligente de asumir posición frente a la tragedia del pueblo palestino.

A quienes sí les cabe una enorme responsabilidad es a los líderes mundiales que han asumido la cómoda posición de ser simples observadores, que de cuando en cuando emiten declaraciones estériles que nada aportan, o que han apoyado de alguna manera los hechos que hoy son materia de oprobio y vergüenza para toda la humanidad. Nadie pudo prever ni mucho menos evitar El Holocausto nazi, pero los criminales que en él participaron fueron finalmente llamados a cuentas ante la justicia y recibieron el castigo que el mundo consideró que debía imponérseles. ¿Recibirán Netanyahu y sus secuaces un tratamiento similar? No lo sabemos, si bien es un hecho que ya se ha elevado un prontuario criminal ante la Corte Penal Internacional.

Pero, independientemente de que los genocidas lleguen a enfrentar cargos por sus crímenes, lo que ha ocurrido ante la mirada atónita del resto de los mortales, aparte de sobrecogernos como especie, viene a ser un campanazo de alerta sobre los riesgos enormes que enfrentamos cuandoquiera que nuestras pasiones desatadas, nuestros odios y nuestras frustraciones se imponen sobre la convivencia, la tolerancia y la aceptación de la diferencia. Que este doloroso instante de nuestro discurrir por el mundo nos obligue a abrir los ojos y comprender que, si bien somos proclives a caer en manos de nuestros más oscuros sentimientos, tenemos el deber de domeñarlos y mantenerlos bajo control. Para eso somos inteligentes, (¿O será que solo creemos que lo somos?) Si no lo logramos, y teniendo en cuenta la fragilidad de nuestra memoria histórica, nos veremos abocados a nuevas y más espeluznantes tragedias globales que, sin lugar a dudas, llevarán a la humanidad al borde de la extinción. Maníacos ególatras dominados por una sociopatía que, en cualquier otra circunstancia los tendría confinados en asilos o manicomios donde pudieran estar bajo control, en cambio ocupan hoy posiciones como jefes de estado y líderes políticos que tienen en sus manos poder suficiente como para poner término a la vida, tal como la conocemos. Solo hará falta un pequeño desliz, un malentendido, una palabra mal dicha o mal interpretada para que cualquiera de estos orates desate el Armagedón.

Oscuros y tenebrosos son los momentos que hoy vivimos. Las gentes del común como usted o como yo, que nos levantamos cada mañana a salir a buscar el sustento para nuestros hijos, transitamos por las calles con una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Lo acontecido en Gaza bien podría replicarse en cualquier otro punto del orbe. Basta con mirar las tragedias que se han hecho recaer sobre, Ucrania o sobre las indefensas minorías inmigrantes. Y, en lo que a Gaza respecta, más tarde o más temprano la historia emitirá su veredicto y el nombre de Netanyahu será enlistado junto a otros enormes criminales como Hitler, Stalin, Pol Pot, entre otros. Solo nos queda la esperanza de que, de alguna manera, la comunidad internacional logre “echarle el guante” y llevarlo al tribunal de la CPI para que responda por sus crímenes.

“REVOLUCIÓN”

Al cabo de un par de semanas de lectura, terminé la más reciente novela de Arturo Pérez-Reverte y he de decir que me sentí fascinado y sobrecogido por el relato que allí se nos propone. Haciendo gala de su característica vena narrativa, el español nos conduce, casi de la mano, hasta sumergirnos en los avatares inciertos y trágicos de eso que la historia moderna ha dado en llamar La Revolución Mexicana.

Es, sin lugar a dudas, una recreación singular y maestra de uno de los sucesos más dolorosos de la América Hispana, en el que la ambición, la envidia, la traición y la barbarie hicieron mella en un cúmulo de seres indefensos y, hasta cierto punto de vista inadvertidos, que se vieron envueltos, de un día para otro, en un maremágnum estrambótico y sangriento que alteró sus vidas, acabó con su sosiego y conmovió su tierra.

La narración es prolífica en detalles y no resulta difícil comprobar que el autor se ha esforzado en mantener el rigor histórico, por supuesto hasta donde resulta posible en el caso de una obra de ficción. Pero es que la novela parece más una crónica que recogiera los hechos terribles que enmarcaron ese momento de la vida mexicana. Los personajes, tanto los ficticios como los reales, se van desenvolviendo a medida que avanza el relato y el lector, casi sin darse cuenta, va reconociendo en todos y cada uno de ellos las características de comportamiento y rasgos de personalidad que son producto y resultado de las singulares circunstancias en que se desarrolló su existencia.

La figura central alrededor de la cual suceden los acontecimientos es un joven español que, tal como lo planteara alguna vez Mariano Azuela en su propia obra sobre la revolución, se ve arrebatado, al igual que una brizna de paja, revoloteando en el huracán desatado de los hechos, inmerso en acontecimientos que difícilmente alguien habría buscado por voluntad propia. Bien podemos percibir en él la representación que el autor hace de sí mismo, en virtud de su labor periodística como corresponsal de muchas guerras, lo que sin duda habrá dejado en su ser profunda huella de experiencias vividas, cuyos elementos utiliza para plasmar en la obra el contexto sombrío y calamitoso de un conflicto en el que casi todos resultaron perdedores de sus bienes, su tranquilidad, sus seres queridos y sus vidas.

Así las cosas, lo que tal vez cabe destacar en esta obra, al igual que lo hemos podido percibir en otros escritos en los que Pérez-Reverte ha determinado circunscribir su narración a un marco histórico, es una implícita valoración del momento, de los hechos, los personajes y, eventualmente de las consecuencias. Así por ejemplo, su inolvidable saga del Capitán Alatriste conlleva una posición crítica de la España de la época, de las falencias del rey y los torpes manejos de los ministros del gobierno, que condujeron a la otrora poderosa nación hacia el descalabro político y económico.

Pero el sentimiento que con más frecuencia se aprecia es el repudio a la contienda y a sus terribles consecuencias. Es evidente que, luego de haberla vivido en carne propia y haber sido testigo de muchos de los horrores que de ella se derivan, de una manera consciente o, aún, inconsciente, Pérez-Reverte encauza las novelas que se enmarcan en lo bélico para insertar un mensaje, subyacente pero muy perceptible, de la inmensa desgracia que es la guerra para el ser humano.

Se nos ocurre pensar aquí en el concepto cultural que los griegos plantearon en épocas inmemoriales y que ha llegado hasta nosotros a través de los siglos. Según este, la gloria de un hombre se alcanzaba en la batalla. Aquiles, por ejemplo, escogió una vida gloriosa y breve en lugar de una existencia longeva y ordinaria. Leónidas y sus 300 espartanos se cubrieron de grandeza al ofrendar sus vidas en las Termópilas. Y así, la historia y la leyenda nos han hecho conocer de qué manera incontables seres humanos, sin vacilar, han realizado el sacrificio supremo en aras de variopintos ideales, y hoy son señalados como héroes y puestos como ejemplo para las generaciones posteriores. De esta forma nos han vendido la idea de que la guerra es inevitable y, aún, deseable, en determinadas circunstancias y que en el balance final las ganancias son superiores a las pérdidas, con lo cual parece que se quisieran justificar los desafueros que tienen lugar en este tipo de conflicto.

De manera magistral, Pérez-Reverte se solaza en su narración para contradecir semejante despropósito. Y para lograrlo nos sumerge en los espeluznantes pormenores de la lucha. Allí, de una manera descarnada, nos vemos inmersos en el barro, la sangre, la desesperación y la tragedia. La muerte acecha en cada recodo, en cada página, en cada párrafo y la vida, el más preciado de los dones, pierde todo valor y toda importancia. Los hombres se convierten en seres irracionales, enceguecidos por el fragor orgiástico del combate y sobreviven o mueren sin que doliente alguno se conduela de su desdicha. Tal es el panorama desolador que se nos plantea en la obra, y que tiene que se ser así, para que los hechos absurdos allí descritos, finalmente nos muevan a cavilar sobre esta costumbre inveterada de los seres humanos, de matarse los unos a los otros.

Infortunadamente, hemos de entender que nada de lo que nos muestren la historia, la literatura o el cine habrá de modificar la tendencia autodestructiva de la humanidad. De manera inevitable hemos sido testigos de la forma en que un tirano megalómano ha agredido con todo su poder a una pequeña nación y amenaza con su armamento nuclear a cualquiera que intente obstaculizar sus oscuros propósitos. No cabe duda de que la inmensa tragedia del pueblo mexicano, según se nos describe en la novela, se ha recrudecido con barbárica intensidad en el territorio ucraniano. Y no parece haber manera de frenar la destrucción.

Tampoco la hubo en México. Uno tras otro, quienes se hicieron cargo de la presidencia en esos aciagos días, Madero, Carranza, Obregón, cayeron víctimas de las balas asesinas, al igual que esforzados luchadores como Villa y Zapata. Y estos son los que la historia recuerda. Pero hubo otras muchas víctimas que sufrieron en carne propia la crudeza y la violencia de los hechos que, dicho sea de paso, a poco o nada condujeron. El pueblo miserable y desarrapado se levantó contra el oprobio a que había sido sometido por el infame porfiriato. Vertió su sangre, sudor y lágrimas en una lucha fratricida que, al final, solo le dejó sinsabores y calamidades. Ya en 1953, Juan Rulfo había puesto de relieve esta tragedia en su colección de cuentos El Llano en Llamas. Allí pueden percibirse no solo la inmensa desdicha sino también la inutilidad que significó la Revolución para el pueblo mexicano. Tal es, igualmente, la percepción que se alcanza en la obra de Pérez-Reverte, aderezada, como queda dicho, con las experiencias de primera mano de su autor, que dan al relato un marco insoslayable de verosimilitud.

Finalmente, ha de decirse que la obra adquiere un significado de enormes proporciones en un momento como el actual, en el que los conflictos parecen multiplicarse en diversas regiones del orbe; una época en la que las ambiciones personales han dado lugar a que los pueblos se vean sumergidos en dolorosos enfrentamientos cuyo colofón es, por lo general, trágico y sangriento. Tal parece ser el mensaje que el autor quiere transmitirnos a través de esta obra, sobrecogedora, pero de lectura ineludible para quienes aspiramos a que, al conocer los enormes errores cometidos en el pasado, acaso logremos encontrar la forma de evitar que se repitan en el presente o el futuro.