GAZA

Tal vez una de las mayores barbaridades, entre las muchas que comete el ser humano, es el genocidio. A pesar de ello, es el crimen de lesa humanidad que nuestra especie ha venido perpetrando desde los tiempos inmemoriales de su existencia. Desde la hipotética y, hasta hoy, especulativa causa de la desaparición de los neandertales debido, según algunas teorías, a la agresión violenta por parte de los sapiens, siguiendo con la sangrienta incursión de Josué en Jericó, donde pasó a cuchillo a todos los seres vivos, humanos o animales, hasta las limpiezas étnicas de los tiempos modernos, como las llevadas a cabo en Ruanda y en los Balcanes, la historia está plagada de hechos luctuosos en los que la supuestamente especie más inteligente del planeta ha causado las muertes en masa de cientos, si no miles de sus congéneres.

De una particular relevancia fue El Holocausto, cuando millones de judíos fueron utilitaria y sistemáticamente conducidos a la muerte, a partir de un plan fríamente calculado, que dejó una profunda huella en la memoria de las siguientes generaciones y que ha sido rememorado y recapitulado una y otra vez, con la pretendida intención de que algo como eso jamás llegue a repetirse​ (!?).

No quiere decir que lo acaecido en Ruanda en 1994 haya carecido de importancia. Lo que sucede es que el occidente civilizado, responsable de la implantación en el continente africano de un sistema social altamente desigual, que convenía a sus intereses de explotación, simplemente miró para otro lado mientras se desarrollaba una masacre de proporciones dramáticas en una tierra que había sido, hasta poco antes, un territorio colonial. Todo ello motivado por un acto de terrorismo en medio de una situación política inestable y volátil, que vino a ser el detonante que sacó a relucir odios tribales hábilmente cultivados por los colonialistas blancos; y, cuando la situación se salió de control, el mundo se hizo a un lado y asistió apenas como espectador. (Cabe preguntarse si, acaso, como las víctimas no eran de raza blanca, la serenísima comunidad occidental no consideró importante intervenir).

No puede dejar de mencionarse la limpieza étnica ocurrida en julio de 1995 durante la guerra de Bosnia, cuando un número indeterminado de musulmanes fue exterminado por grupos militares y paramilitares al mando de Ratki Mladic, el esbirro de Milosevic. En esta ocasión sí que hubo intervención de Occidente y los responsables fueron llevados ante la Corte Penal Internacional.

Así pues, el exterminio de un pueblo no es un hecho aislado en la historia de la humanidad sino, por el contrario, un evento que tiende a repetirse en muy diversos contextos, para el cual los estudiosos se esfuerzan en buscar una explicación, (si es que puede haberla) y, como siempre, con la pretendida intención de que algo como eso jamás llegue a repetirse. A pesar de ello, lo que el mundo está presenciando en Gaza hoy constituye un hecho pavoroso, apenas comparable con El Holocausto nazi, en el frío y sistemático proceso de exterminio al que ha sido sometido el pueblo palestino. ¿A quiénes puede señalarse como responsables de esta atrocidad?

Resulta primordial mencionar que los judíos, según podemos verlo en la historia, son un pueblo digno de admiración en virtud primordialmente de su resiliencia y de la manera en la que han sabido sobreponerse a las vicisitudes a que han sido sometidos a lo largo de su existencia. Al igual que el ave fénix, en el sentido literal de la expresión, han renacido de sus cenizas, (de las de los hornos crematorios, si se me permite tan macabra referencia), y se han convertido en una fuerza poderosa y significativa en el mundo presente. Sin embargo, no podemos dejar de afirmar con estupor que, a pesar de la vehemencia con la que se han esforzado por mantener vivo el recuerdo de lo ocurrido en los campos de concentración, muchos parecen haber olvidado la tragedia a la que fueron sometidos, al cohonestar o asistir como espectadores indolentes a la persecución exterminadora que un fundamentalista como Netanyahu ha desatado en la franja de Gaza. El pretexto aducido por el criminal, según el cual se está persiguiendo a un enemigo terrorista como Hamas, a cuya sombra se bombardean escuelas y hospitales y se somete a la hambruna a cientos de miles, hombres, mujeres y niños, ya no resulta creíble ni para ellos mismos. Todo ello ignorando el clamor de múltiples voces y hasta las protestas de una importante parte de la población israelí, que se ha volcado a las calles para pedir que se detenga la matanza.

Pero estos hechos, tan funestos en sí mismos, no vienen a ser, en realidad otra cosa que una repetición de esa inveterada costumbre que tenemos de matar a nuestros semejantes por un quítame estas pajas. Lo más abominable de esta ignominia sin nombre es la pasividad cómplice asumida por los demás pueblos del orbe. Asistimos indolentes al horror de la masacre, mientras los líderes mundiales observan y callan o apoyan explícitamente y sin ambages el baño de sangre que allí tiene lugar. Las pomposas e inútiles declaraciones en las Naciones Unidas naufragan entre el silencio cómplice de la mayoría de los representantes y la afirmación del vocero del asesino gobierno de estar “defendiéndose” de un grupo terrorista.

Pero no nos digamos mentiras. Las futuras generaciones juzgarán con severidad nuestra actitud pasiva frente al crimen. Los descendientes de Israel habrán de cargar con el baldón de que su nación se haya convertido en el destructor de un pueblo, tal como el que todavía hoy pesa sobre los alemanes, como consecuencia de la persecución nazi. Y, en este caso, el estigma tendrá el ingrediente adicional de haber sido unas gentes señaladas para el exterminio, que a su vez se convirtieron en el verdugo de otros.

No existe, hoy por hoy, mayor vergüenza para un individuo o para un pueblo, que asistir impasible a un enfrentamiento desigual en el que un matón bárbaro y abusador arremete contra otro más débil y con poca oportunidad de defenderse. En el contexto callejero casi podría preverse la reacción airada de la comunidad, que diera lugar a una eventual y probable suspensión del abuso. Pero cuando se trata de países y conglomerados en los que hay, por lo general y como en este caso, profundos intereses económicos y geopolíticos, todos los demás se cuidan mucho de intervenir o de mostrar su apoyo a la víctima, especialmente y sobre todo cuando la fuerza poderosa de una superpotencia liderada por un megalómano otorga su respaldo irrestricto al agresor. Entonces, resulta más cómodo expresarse tímidamente en favor de la paz y la concordia o simplemente mirar para otro lado y pretender que no está ocurriendo nada.

Los dramáticos hechos que se están desarrollando en Gaza han tenido diversas consecuencias en distintas partes del mundo. Las calles de varios países se han visto inundadas por gentes del común que han salido a protestar por la inacción de sus gobernantes frente a la sistemática matanza. Esta expresión ha sido acogida con actitudes gubernamentales que van desde la simple y llana indiferencia hasta el señalamiento de los manifestantes como apoyadores del terrorismo. Pero tales muestras populares de inconformidad no han encontrado mucho eco en los dirigentes, por lo que se han convertido en una manifestación simbólica de que no todos estamos de acuerdo con lo que sucede ni con la manera que tienen de verlo los gobiernos. En el caso colombiano, el presidente Petro desde muy temprano decidió romper relaciones con Israel y ha hecho lo posible por impedir que nuestros recursos, explotados por foráneos, lleguen a las manos del gobierno genocida. Ha debido soportar toda suerte de críticas y ataques como resultado de esta posición.

Otra consecuencia que se ha visto, aunque por fortuna no tan generalizada hasta el momento, ha sido el incremento del sentimiento antisemita. Ya han tenido lugar incidentes en contra de la comunidad judía, que ponen de presente la equivocada actitud de culpar a todos por la barbarie de unos cuantos. Es de esperar que tales hechos no vayan a escalar porque, aparte de la supina injusticia que ello implicaría, nada resuelven, nada aportan, como no sea incrementar el resentimiento de unos contra otros y extender los alcances de la tragedia. Por lo mismo, es de capital importancia puntualizar que a ningún miembro de la comunidad judía, en ninguna parte del mundo, le cabe el más mínimo grado de responsabilidad por la crueldad vesánica a la que se ha entregado el gobierno extremista de Netanyahu. Como ha quedado dicho, cientos de manifestantes en Israel han salido a protestar por lo que está ocurriendo. Por lo consiguiente, cualquier señalamiento o agresión a personas pertenecientes a esta comunidad en cualquier lugar del planeta constituye una perpetuación de la locura y una manera absurda, desproporcionada y poco inteligente de asumir posición frente a la tragedia del pueblo palestino.

A quienes sí les cabe una enorme responsabilidad es a los líderes mundiales que han asumido la cómoda posición de ser simples observadores, que de cuando en cuando emiten declaraciones estériles que nada aportan, o que han apoyado de alguna manera los hechos que hoy son materia de oprobio y vergüenza para toda la humanidad. Nadie pudo prever ni mucho menos evitar El Holocausto nazi, pero los criminales que en él participaron fueron finalmente llamados a cuentas ante la justicia y recibieron el castigo que el mundo consideró que debía imponérseles. ¿Recibirán Netanyahu y sus secuaces un tratamiento similar? No lo sabemos, si bien es un hecho que ya se ha elevado un prontuario criminal ante la Corte Penal Internacional.

Pero, independientemente de que los genocidas lleguen a enfrentar cargos por sus crímenes, lo que ha ocurrido ante la mirada atónita del resto de los mortales, aparte de sobrecogernos como especie, viene a ser un campanazo de alerta sobre los riesgos enormes que enfrentamos cuandoquiera que nuestras pasiones desatadas, nuestros odios y nuestras frustraciones se imponen sobre la convivencia, la tolerancia y la aceptación de la diferencia. Que este doloroso instante de nuestro discurrir por el mundo nos obligue a abrir los ojos y comprender que, si bien somos proclives a caer en manos de nuestros más oscuros sentimientos, tenemos el deber de domeñarlos y mantenerlos bajo control. Para eso somos inteligentes, (¿O será que solo creemos que lo somos?) Si no lo logramos, y teniendo en cuenta la fragilidad de nuestra memoria histórica, nos veremos abocados a nuevas y más espeluznantes tragedias globales que, sin lugar a dudas, llevarán a la humanidad al borde de la extinción. Maníacos ególatras dominados por una sociopatía que, en cualquier otra circunstancia los tendría confinados en asilos o manicomios donde pudieran estar bajo control, en cambio ocupan hoy posiciones como jefes de estado y líderes políticos que tienen en sus manos poder suficiente como para poner término a la vida, tal como la conocemos. Solo hará falta un pequeño desliz, un malentendido, una palabra mal dicha o mal interpretada para que cualquiera de estos orates desate el Armagedón.

Oscuros y tenebrosos son los momentos que hoy vivimos. Las gentes del común como usted o como yo, que nos levantamos cada mañana a salir a buscar el sustento para nuestros hijos, transitamos por las calles con una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Lo acontecido en Gaza bien podría replicarse en cualquier otro punto del orbe. Basta con mirar las tragedias que se han hecho recaer sobre, Ucrania o sobre las indefensas minorías inmigrantes. Y, en lo que a Gaza respecta, más tarde o más temprano la historia emitirá su veredicto y el nombre de Netanyahu será enlistado junto a otros enormes criminales como Hitler, Stalin, Pol Pot, entre otros. Solo nos queda la esperanza de que, de alguna manera, la comunidad internacional logre “echarle el guante” y llevarlo al tribunal de la CPI para que responda por sus crímenes.

“THE RUNNING GRAVE” By Robert Galbraith

El título de las presentes consideraciones corresponde a la más reciente novela de J. K. Rawling en la que, nuevamente, nos sumerge en el mundo de la investigación detectivesca, de la mano de Cormoran Strike y Robin Ellacott. Acaso la mejor traducción del mismo podría ser algo así como La Tumba Esquiva, o La Tumba Fugaz, dadas las circunstancias tan particulares que se desenvuelven en la trama.

Nuevamente Rowling, escribiendo con su seudónimo, nos presenta una excelente narración que, a pesar de constituir una obra de ficción, resalta de manera sobrecogedora una realidad actual a la que, acaso por haberse tornado habitualmente cotidiana, no prestamos la debida atención. Tal es el mundo tenebroso y sórdido de las sectas religiosas.

Conviene, no obstante, antes de entrar en materia, puntualizar algunos aspectos de la naturaleza humana que se hallan estrechamente relacionados con la temática desarrollada en el relato.

Desde tiempos inmemoriales nuestra especie ha afincado su sentir en la búsqueda de alguna forma de entidad sobrenatural, regidora de todas las cosas, cuya supuesta omnipresencia venga a constituir cierta forma de protección y cobijo frente al profundo sentimiento de desamparo que experimentamos los mortales ante una existencia cuyos sentido y propósito no acabamos de desentrañar y en la que las vicisitudes están a la orden del día; además del hecho de vernos forzados a vivir en un mundo anárquico que forma parte, (ahora lo sabemos), de un universo convulso, caracterizado por la confusa interacción de fuerzas más allá de nuestra comprensión, que son causa del caos azaroso y permanente en que se debate el cosmos, cuyas consecuencias percibimos o intuimos, y que nos agobian dramáticamente.

Valga decir que tal necesidad de refugio ha derivado en diversas formas de religiosidad que han llegado a significar apoyo y equilibrio emocional para muchos, habida cuenta del sinnúmero de sinsabores que afrontamos a diario y de las variopintas promesas de una vida plena de felicidad, más allá de la muerte. Tal sentir se ha arraigado profundamente y, en honor a la tolerancia, hemos de decir que es perfectamente válido que todos los seres humanos hagan uso de su derecho a creer en aquello que les proporcione cierto grado de seguridad y que, por lo mismo, cualquier forma de fe es merecedora de respeto y consideración.

Sin embargo, a la sombra de esta mencionada necesidad y, en cierta medida, como consecuencia de la misma, ha surgido una multiplicidad de supuestos líderes espirituales, pastores, gurús y otros individuos que se han dedicado a montar movimientos religiosos, cultos y agrupaciones más o menos dogmáticas, de carácter más o menos sectario, que atraen a una ingente cantidad de adeptos valiéndose de dotes histriónicas y un discurso grandilocuente con el que obnubilan a sus escuchas. Son, por lo general, embaucadores carentes de escrúpulos y movidos por emociones más mundanas como la codicia y el ansia de poder, que se aprovechan de esa sentida necesidad de trascendencia para atrapar incautos, manipular sus sentimientos y engatusarlos con toda suerte de subterfugios teórico-prácticos, con los cuales embriagan sus mentes y ganan acceso a sus bienes, de los cuales los despojan para usufructuarlos en beneficio propio.

Como también se da el caso de frenéticos y delirantes agoreros que, impelidos por visiones mesiánicas producto de su inestabilidad mental o del abuso de drogas, conducen a estos cándidos e ingenuos fieles por sendas apocalípticas que los llevan a masivas inmolaciones, como la ocurrida en Jamestown, Guyana, cuando unos novecientos miembros del autodenominado Templo del Pueblo se suicidaron en 1978.

Así las cosas, la novelista retoma las más frecuentes actividades de estos grupos, como son el repetitivo y alienante proceso de adoctrinamiento, la apropiación del patrimonio y de las fortunas de sus miembros, una desaforada conducta de promiscuidad y esclavitud sexual ante, con, y para el líder, todo ello combinado con arduas labores manuales y una precaria alimentación, para garantizar la sumisión. La narración deriva de manera lenta y pausada por los diversos vericuetos asumidos por la secta como ruta hacia la perfección, aderezados con sagaces e imaginativos trucos visuales con los que refuerzan su dominio sobre las debilitadas mentes de sus seguidores.

Ellacott y Strike se involucran en la investigación y desarrollan todas sus habilidades detectivescas para cumplir con la misión primordial encargada por su cliente. De manera especial ella asume el compromiso con la determinación que la caracteriza y no le importa enfrentarse a circunstancias imprevistas que amenazan con tener un efecto funesto en su estabilidad física y emocional.

El proceso narrativo se desenvuelve de manera variable: en ocasiones los acontecimientos se desgranan en forma vertiginosa mientras que otras veces el texto parece entrar en una “calma chicha” en la que poco ocurre y pareciera que la investigación no va para ninguna parte. Pero todo resulta ser parte del propósito fundamental de envolver al lector en el exótico e insidioso contexto en el que tienen lugar los hechos, para resaltar y poner de presente la retorcida hipocresía y la doble moral que conforman la base de una comunidad que se presenta ante los ojos del mundo como buscadora del equilibrio y de la paz.

La novela involucra un ciertamente nutrido número de personajes, definidos y caracterizados según la relación próxima o lejana con la cofradía y con los efectos aciagos que su funesta influencia ha tenido sobre ellos. Resulta inquietante asistir a las sesiones de “instrucción” y ser testigos de la enajenación y el abuso al que son sometidos los miembros, mientras se los abruma con una verborrea vacua pero astuta y malévolamente elaborada, tendiente a derribar cualesquiera barreras ético-morales y subvertir su percepción de la realidad y de los demás individuos a su alrededor.

No nos decepciona Rawling en su caracterización de las figuras centrales de la narración. Los lastres emocionales que se pusieron de manifiesto en entregas anteriores vuelven a hacerse presentes en esta obra y aún podemos apreciar las dificultades que deben sobrellevar para mantener el a veces precario equilibrio de su relación profesional, mientras lidian a brazo partido con sus sentimientos en una batalla de larga data que parece intensificarse y que los lectores llegamos a percibir como una causa perdida.

Si bien la esencia de la narración gira alrededor de la secta y de la imperiosa necesidad de ponerla en evidencia, la novela nos sumerge en ese mundo, artificial y estrambótico, en el que se cuestiona todo aquello que hemos aprendido a estimar y respetar. Un contexto en el que el fin justifica los medios y los seres humanos se convierten en peones desechables en un juego de poder. Todo ello aderezado con las no menos intrincadas circunstancias en las que se desenvuelven las investigaciones paralelas que lleva la agencia y que tienen el propósito narrativo de terminar de conformar ese medio ambiente mezquino en el que se mueven muchos de los personajes con los que nos encontramos.

Aún percibimos en esta entrega varios de los conflictos que han ido quedando sin resolver, que dan lugar a que los seres que integran la trama resulten más humanos, un poco más reales y definitivamente más parecidos a tantos que caminan a nuestro lado y forman parte de nuestra cotidianidad. Esta es una circunstancia que hace encajar la novela en nuestra propia realidad y le aporta un valioso grado de verosimilitud al relato.

Como en otras ocasiones, la solución se da de manera un tanto inesperada. En la recta final de la trama surge nueva información que pone de presente varios detalles, algunos totalmente desconocidos y otros que lectores un poco más avisados pudieran acaso haber percibido, de resultas de varios sucesos que se van desglosando poco a poco. La agencia de detectives logra una vez más su cometido con exitosa precisión. No obstante, de nuevo nos encontramos los lectores con inquietantes asuntos personales que Strike y Ellacott aún no logran resolver, los cuales nada tienen que ver con el resultado de la investigación. Pero los seguidores de la saga quedamos a la expectativa de la próxima entrega, para ver de qué manera los socios enfrentan sus demonios interiores, controlan sus emociones y mantienen el equilibrio que ha garantizado hasta ahora la estabilidad de la agencia. Es una suerte que ya esté listo a salir el próximo título.

Los Avatares del Gobierno del Cambio

Con estupor hemos sido testigos de las recientes revelaciones que han divulgado los medios de comunicación, referentes al vergonzoso escándalo que se ha producido en el seno del gobierno, por cuenta de las “chuzadas” telefónicas y el consecuente destape del enfrentamiento entre Laura Sarabia y Armando Benedetti.

Al momento de redactar las presentes consideraciones todavía no se ha podido esclarecer de dónde provino la orden de señalar a dos ciudadanas del común como delincuentes para así proceder a intervenir sus teléfonos, con la intención de obtener información que supuestamente habría de proporcionar indicios sobre grupos al margen de la ley, pero que en realidad tenía como propósito esclarecer la presunta comisión de un robo. Por supuesto, lo único que se obtuvo fueron detalles de carácter enteramente personal que en modo alguno daban sustento a que se hubiera montado todo un tinglado narco-terrorista, a todas luces abusivo e ilegal.

Luego del ruido que causara el incidente de Nicolás Petro, lo último que necesitaba este gobierno era volver a “dar papaya” para que sus contradictores tuvieran la oportunidad de levantar dedos acusadores, mientras la extrema derecha, recalcitrante y contumaz, aprovechaba para destilar todo su veneno. Adicionalmente, ha cundido la desconfianza entre los parlamentarios y la discusión de los proyectos de ley ha entrado en moratoria, mientras el Primer Mandatario se lanza a la calle durante una movilización de apoyo, como reacción ante el temporal y en un intento de recuperar cierto grado de gobernabilidad.

No cabe ninguna duda sobre la gravedad del incidente, que viola todos los principios democráticos sobre los que supuestamente descansa la nación. Sin ánimo de que ello constituya una justificación, sin embargo, hemos de decir que procederes antidemocráticos han tenido lugar en muchas otras partes del Mundo Occidental, en países que constantemente predican a los cuatro vientos su inconmovible condición de Estados de Derecho. Bastaría mencionar, a título de ejemplo, las revelaciones de Edward Snowden y los alcances de la Ley Patriota, em Estados Unidos, luego de los atentados del 11 de septiembre. Así mismo, ha de tenerse en cuenta también que no es la primera vez en que un gobierno nuestro ordena intercepciones ilegales; recordamos aquí las “chuzadas” a magistrados, jueces y periodistas, cuando era presidente el señor Álvaro Uribe. Otro ejemplo de intervención abusiva de los agentes del Estado es la forma desproporcionada y barbárica con que la fuerza pública reprimió sin miramientos el paro nacional del 21 de noviembre de 2019, al abrir fuego de manera indiscriminada contra los manifestantes, durante la caótica presidencia del señor Iván Duque, en criminal emulación de lo acaecido el 8 y 9 de junio de 1954, cuando los uniformados dispararon contra los estudiantes que se manifestaban en contra del presidente Gustavo Rojas Pinilla. Valga decir que ninguno de estos tres sujetos fue o ha sido sindicado de su responsabilidad en tales hechos.

No obstante, lo más preocupante es que la violación de derechos en el caso que nos ocupa no haya tenido lugar por fundados o infundados motivos de la tan cacareada Seguridad Nacional. Aquí lo que vemos es un inusitado abuso de poder, de parte, al parecer, de una funcionaria inexperta, como también una actitud vengativa y desproporcionada de un funcionario diplomático, expuesta en forma indecorosa y desacomedida, sin consideración a la decencia ni a la dignidad, no solo de su cargo sino de la respetabilidad que demanda la figura del Primer Mandatario.

Pero, ¿quién abusó de su poder? Es decir, ¿quién dio la orden? Como en el caso de los Falsos Positivos, es probable que nunca sepamos la respuesta.(¿o sí? «…no estarían cogiendo café», dijo el señor Uribe). Pero el incidente es muy dañino en el contexto social-político-económico en que se halla envuelta la nación, el cual se nos presenta hoy por hoy particularmente complejo, dadas las condiciones del momento:

  1. Un gobernante aborrecido por una élite que ha visto en él a un usurpador que se atrevió a disputarles lo que ellos desde siempre han creído como su derecho inalienable.
  2. Una oposición maniquea que está dispuesta a sacrificar el bienestar del país con el único propósito de demostrar que este gobierno fue un error, un traspié en el desenvolvimiento político nacional, que es necesario corregir a la mayor brevedad.
  3. Un pueblo que se arrojó en brazos de una serie de promesas de cambio, impulsado por lustros de abandono y cuatro años de desgobierno y torpeza y que hoy todavía aguarda a que se consoliden las transformaciones ofrecidas, con unas necesidades que no dan espera y con un creciente sentimiento de frustración, a medida que transcurren los meses y se va haciendo cada vez más evidente que mucho de lo prometido, simplemente no termina de materializarse.
  4. Unos medios de comunicación que, con honrosas excepciones, han conformado un contubernio rastrero y mendaz con esa clase minoritaria, opulenta, poderosa y corrupta y que se encuentran volcados hacia la tarea servil de hacerles los mandados a los enemigos del cambio.
  5.  Y unas fuerzas armadas que, por disciplina de institución, cumplen con su deber constitucional, pero que miran al presidente con reserva, desconfianza y una soterrada animadversión.

Y es que hemos de hacer notar que, en medio de semejante panorama, el presidente no parece poder salir de su marasmo de prepotencia y arrogancia. Ante los graves hechos ocurridos, todavía no se observan las medidas que inevitablemente debe adoptar para conjurar la crisis y recuperar la credibilidad. Sarabia y Benedetti han sido removidos de sus cargos, pero nada más. Al parecer, se da por sentado que son las autoridades judiciales, lideradas por la fiscalía, quienes deben esclarecer los hechos y señalar a los culpables, cosas que están más bien lejos de ocurrir, habida cuenta del enfrentamiento entre Petro y Barbosa, constituido este último en adalid y estafeta de la extrema derecha, razón por la cual, sabemos que hará mucha alharaca, pero no intentará, realmente, resolver el entuerto.

Así las cosas, nos vemos hoy los colombianos enfrentados a una encrucijada confusa y no nos parece que las medidas para resolverla se estén dando, como cabría esperar. Analistas políticos muy respetables se han referido al caso con notoria preocupación. No es tan solo el abuso que se ha puesto en evidencia; tal desafuero no es nuevo entre nosotros, ya que, como ha quedado dicho, la experiencia nos muestra que gobiernos anteriores han cometido tropelías de diversos niveles de gravedad sin que sus autores hayan, hasta la fecha, tenido que responder por sus actos. Pero en un país tan desaforadamente corrupto como el nuestro, los señalamientos lanzados por un miembro del equipo de gobierno desatan las alarmas, ante la posibilidad de encontrarnos de nuevo inmersos en un contexto parecido al proceso 8000 o la Yidis política. Tal es lo que preocupa a los sesudos observadores del quehacer nacional. ¿Cuáles son esos “secretos” que Benedetti promete hacer públicos? ¿Tuvo lugar el ingreso de dineros “calientes” a la campaña de Gustavo Petro? ¿Se desconocieron en ella los topes económicos y éticos?

No parece haber respuesta para tan acuciosas preguntas. Claro que, por lo demás, nunca las ha habido tampoco en el pasado. Sin ir más lejos, ninguna entidad judicial se tomó el trabajo de investigar a fondo el caso de la llamada “ñeñe política”. Pero un gobierno tan enfrentado a las vacas sagradas de la nación, con enemigos tan poderosos que no han hecho otra cosa que buscarle el pierde a como dé lugar, se ubica en una muy incómoda posición frente al colombiano de a pie y ante la comunidad internacional, por cuenta de los rumores que se esparcen. No quiere ello significar que las acusaciones sean ciertas, pero la mentira muchas veces repetida siembra dudas en las gentes y le roba credibilidad al señalado. Esta es la consecuencia de esa posverdad, tan de moda en la actualidad y tan útil para alimentar y sostener oscuros propósito, como bien lo sabe hacer la oposición fundamentalista y retrógrada que funge hoy en el país.

Por otra parte, de sobra somos conscientes de la importancia de sacar adelante las reformas. Es urgente poner freno a esos traficantes de la miseria humana que se lucran con un sistema de salud precario e incierto, una relación laboral basada en contratos leoninos a través de los cuales los empleadores se benefician, al sacar provecho de los cientos de miles que necesitan un trabajo para llevar sustento a sus familias y un modelo pensional a todas luces insostenible y cuyo único logro ha sido enriquecer todavía más, si cabe, a un poderoso banquero. Y, por supuesto, con esa tradición elitista y excluyente con la que se ha manejado a Colombia en los últimos 200 años, muy iluso o muy mal informado tendría que haber estado el señor Petro para suponer que sus propósitos iban a lograrse sin una lucha denodada de quienes se han beneficiado  desde siempre de tales condiciones injustas; razón por la cual, desde el comienzo debió tener en cuenta que las propuestas tenían que discutirse y, eventualmente, modificarse, considerando la contraofensiva que, si bien, de todas maneras iba a darse, hubiese podido minimizarse mediante el logro de acuerdos alrededor de los puntos más álgidos de cada proyecto.

Lo que no parece entender el señor Petro es que tanto su ascenso al solio presidencial como su gobierno conforman lo que podríamos llamar una singularidad, entendida esta como un fenómeno inusual que se genera a partir de una serie de circunstancias únicas y excepcionales y que tiene un carácter efímero y es muy difícilmente repetible. Razón por la cual es urgente que se esfuerce en aprovechar la coyuntura, depure su equipo de trabajo y esté preparado para los embates de la caverna, que no cesarán y que de una u otra forma buscarán la manera de hacerle daño, descalificarlo e impedirle gobernar, ya que tenemos claro que los cacaos del país, junto con sus serviles sicofantes, intentarán aprovechar al máximo la situación para desacreditarlo personalmente a él y a los intentos de su gobierno por inducir un cambio en la estructura social, política y económica. Ocultos en sus rastreros cubiles, continuarán planeando, fraguando y conspirando, con miras a una desestabilización total que les permita recuperar, acaso en el corto plazo, el control que perdieron. O por lo menos, con la intención de hacer crecer el desprestigio que les allane el camino a la retoma del poder, dentro de 3 años.

Acaso podría ser necesario que se lleve a cabo un urgente replanteamiento del esquema de gobierno. Que se establezca un contacto más estrecho con el equipo de colaboradores, que se los escuche (y no que se los “saque corriendo” cuandoquiera que difieren). Será importante que el señor presidente descienda de su pedestal de arrogancia y pedantería para que sus gobernados puedan realmente creer que él de verdad se siente “el sirviente del pueblo”. El camino seguido hasta aquí ha sido los suficientemente tortuoso como para no pensar que si los proyectos se hunden, se habrá perdido un tiempo valioso y las esperanzas de sus electores se irán desvaneciendo en esta lucha estéril contra quienes intentan, como dijera Lampedusa: “que todo cambie para que todo siga igual”.

“REVOLUCIÓN”

Al cabo de un par de semanas de lectura, terminé la más reciente novela de Arturo Pérez-Reverte y he de decir que me sentí fascinado y sobrecogido por el relato que allí se nos propone. Haciendo gala de su característica vena narrativa, el español nos conduce, casi de la mano, hasta sumergirnos en los avatares inciertos y trágicos de eso que la historia moderna ha dado en llamar La Revolución Mexicana.

Es, sin lugar a dudas, una recreación singular y maestra de uno de los sucesos más dolorosos de la América Hispana, en el que la ambición, la envidia, la traición y la barbarie hicieron mella en un cúmulo de seres indefensos y, hasta cierto punto de vista inadvertidos, que se vieron envueltos, de un día para otro, en un maremágnum estrambótico y sangriento que alteró sus vidas, acabó con su sosiego y conmovió su tierra.

La narración es prolífica en detalles y no resulta difícil comprobar que el autor se ha esforzado en mantener el rigor histórico, por supuesto hasta donde resulta posible en el caso de una obra de ficción. Pero es que la novela parece más una crónica que recogiera los hechos terribles que enmarcaron ese momento de la vida mexicana. Los personajes, tanto los ficticios como los reales, se van desenvolviendo a medida que avanza el relato y el lector, casi sin darse cuenta, va reconociendo en todos y cada uno de ellos las características de comportamiento y rasgos de personalidad que son producto y resultado de las singulares circunstancias en que se desarrolló su existencia.

La figura central alrededor de la cual suceden los acontecimientos es un joven español que, tal como lo planteara alguna vez Mariano Azuela en su propia obra sobre la revolución, se ve arrebatado, al igual que una brizna de paja, revoloteando en el huracán desatado de los hechos, inmerso en acontecimientos que difícilmente alguien habría buscado por voluntad propia. Bien podemos percibir en él la representación que el autor hace de sí mismo, en virtud de su labor periodística como corresponsal de muchas guerras, lo que sin duda habrá dejado en su ser profunda huella de experiencias vividas, cuyos elementos utiliza para plasmar en la obra el contexto sombrío y calamitoso de un conflicto en el que casi todos resultaron perdedores de sus bienes, su tranquilidad, sus seres queridos y sus vidas.

Así las cosas, lo que tal vez cabe destacar en esta obra, al igual que lo hemos podido percibir en otros escritos en los que Pérez-Reverte ha determinado circunscribir su narración a un marco histórico, es una implícita valoración del momento, de los hechos, los personajes y, eventualmente de las consecuencias. Así por ejemplo, su inolvidable saga del Capitán Alatriste conlleva una posición crítica de la España de la época, de las falencias del rey y los torpes manejos de los ministros del gobierno, que condujeron a la otrora poderosa nación hacia el descalabro político y económico.

Pero el sentimiento que con más frecuencia se aprecia es el repudio a la contienda y a sus terribles consecuencias. Es evidente que, luego de haberla vivido en carne propia y haber sido testigo de muchos de los horrores que de ella se derivan, de una manera consciente o, aún, inconsciente, Pérez-Reverte encauza las novelas que se enmarcan en lo bélico para insertar un mensaje, subyacente pero muy perceptible, de la inmensa desgracia que es la guerra para el ser humano.

Se nos ocurre pensar aquí en el concepto cultural que los griegos plantearon en épocas inmemoriales y que ha llegado hasta nosotros a través de los siglos. Según este, la gloria de un hombre se alcanzaba en la batalla. Aquiles, por ejemplo, escogió una vida gloriosa y breve en lugar de una existencia longeva y ordinaria. Leónidas y sus 300 espartanos se cubrieron de grandeza al ofrendar sus vidas en las Termópilas. Y así, la historia y la leyenda nos han hecho conocer de qué manera incontables seres humanos, sin vacilar, han realizado el sacrificio supremo en aras de variopintos ideales, y hoy son señalados como héroes y puestos como ejemplo para las generaciones posteriores. De esta forma nos han vendido la idea de que la guerra es inevitable y, aún, deseable, en determinadas circunstancias y que en el balance final las ganancias son superiores a las pérdidas, con lo cual parece que se quisieran justificar los desafueros que tienen lugar en este tipo de conflicto.

De manera magistral, Pérez-Reverte se solaza en su narración para contradecir semejante despropósito. Y para lograrlo nos sumerge en los espeluznantes pormenores de la lucha. Allí, de una manera descarnada, nos vemos inmersos en el barro, la sangre, la desesperación y la tragedia. La muerte acecha en cada recodo, en cada página, en cada párrafo y la vida, el más preciado de los dones, pierde todo valor y toda importancia. Los hombres se convierten en seres irracionales, enceguecidos por el fragor orgiástico del combate y sobreviven o mueren sin que doliente alguno se conduela de su desdicha. Tal es el panorama desolador que se nos plantea en la obra, y que tiene que se ser así, para que los hechos absurdos allí descritos, finalmente nos muevan a cavilar sobre esta costumbre inveterada de los seres humanos, de matarse los unos a los otros.

Infortunadamente, hemos de entender que nada de lo que nos muestren la historia, la literatura o el cine habrá de modificar la tendencia autodestructiva de la humanidad. De manera inevitable hemos sido testigos de la forma en que un tirano megalómano ha agredido con todo su poder a una pequeña nación y amenaza con su armamento nuclear a cualquiera que intente obstaculizar sus oscuros propósitos. No cabe duda de que la inmensa tragedia del pueblo mexicano, según se nos describe en la novela, se ha recrudecido con barbárica intensidad en el territorio ucraniano. Y no parece haber manera de frenar la destrucción.

Tampoco la hubo en México. Uno tras otro, quienes se hicieron cargo de la presidencia en esos aciagos días, Madero, Carranza, Obregón, cayeron víctimas de las balas asesinas, al igual que esforzados luchadores como Villa y Zapata. Y estos son los que la historia recuerda. Pero hubo otras muchas víctimas que sufrieron en carne propia la crudeza y la violencia de los hechos que, dicho sea de paso, a poco o nada condujeron. El pueblo miserable y desarrapado se levantó contra el oprobio a que había sido sometido por el infame porfiriato. Vertió su sangre, sudor y lágrimas en una lucha fratricida que, al final, solo le dejó sinsabores y calamidades. Ya en 1953, Juan Rulfo había puesto de relieve esta tragedia en su colección de cuentos El Llano en Llamas. Allí pueden percibirse no solo la inmensa desdicha sino también la inutilidad que significó la Revolución para el pueblo mexicano. Tal es, igualmente, la percepción que se alcanza en la obra de Pérez-Reverte, aderezada, como queda dicho, con las experiencias de primera mano de su autor, que dan al relato un marco insoslayable de verosimilitud.

Finalmente, ha de decirse que la obra adquiere un significado de enormes proporciones en un momento como el actual, en el que los conflictos parecen multiplicarse en diversas regiones del orbe; una época en la que las ambiciones personales han dado lugar a que los pueblos se vean sumergidos en dolorosos enfrentamientos cuyo colofón es, por lo general, trágico y sangriento. Tal parece ser el mensaje que el autor quiere transmitirnos a través de esta obra, sobrecogedora, pero de lectura ineludible para quienes aspiramos a que, al conocer los enormes errores cometidos en el pasado, acaso logremos encontrar la forma de evitar que se repitan en el presente o el futuro.