VALORES

Un sentimiento generalizado entre muchas personas de hoy señala que “se han perdido los valores”. En este mundo moderno muchos han llegado a creer que la esencia de la vida actual se ha venido pervirtiendo por el hecho de que el comportamiento de nuestra especie ha derivado hacia un estado de caos ético-moral que desdice de esa condición “humana” de la que nos sentimos tan orgullosos. Y no es para menos: desde el inicio del precedente siglo y de una manera cada vez más apremiante, por lo que hemos alcanzado a apreciar en este nuevo milenio, el hombre parece haberse desembarazado de muchas de las barreras que, al parecer, habían controlado su conducta en el pasado. Subyugado durante cientos de años por las temibles amenazas que sobre su mente y su conciencia hizo pesar la religión, avasallamiento hoy superado hasta cierto punto, (sin desconocer el hecho de que en algunos países, especialmente en los del llamado Tercer Mundo, todavía existen facciones que intentan mantener al individuo sometido a la tiranía mística, o aún peor: el control del poder político por parte de quienes han instaurado en algunas regiones, tenebrosos sistemas teocráticos), convencido de haber alcanzado un supuesto esquema de equilibrio en lo socio-político-económico, a pesar de las inmensas desigualdades de un sinnúmero de seres, cuyas necesidades pasan desapercibidas o son olímpicamente ignoradas por las minorías, y amén de la galopante corrupción que aqueja a prácticamente todos los modelos políticos del orbe, su comportamiento parece haber entrado en un estadio de liberalidad plena, en el que la inmediatez y la satisfacción de sus apetitos parecen entronizados como los únicos objetivos a alcanzar. No es, pues, extraño que, en esos términos, ciertos principios con los que se intentó alguna vez regir la vida en comunidad hayan ido perdiendo vigencia, en favor de un individualismo creciente que parece estar imponiéndose en la mayor parte de los aspectos de la vida actual.

Desde su más temprana infancia, el ser humano buscó relacionarse con otros de su especie con el propósito de alcanzar un cierto nivel de protección en lo colectivo, frente a las constantes acechanzas de un medio ambiente por demás hostil e inhóspito. El instinto de supervivencia, como también el natural impulso de perpetuar la especie lo llevaron a constituir grupos comunales que fueron inicialmente pequeños pero que, seguramente como resultado de diversos factores, tal vez geográficos, climáticos y alimentarios, fueron creciendo en número de miembros. Así, a partir de su despertar a la consciencia y muy probablemente aún desde antes, aparecieron la horda primitiva, el clan, la tribu, y de ahí para adelante, las otras varias asociaciones de humanos que sentaron las bases para la estructura socio-cultural de hoy.

Bien podemos suponer que, al igual que las comunidades que conforman otras especies, en una primera instancia estas agrupaciones se hallaban regidas por normas elementales que se fueron imponiendo, primero a través de la práctica constante y luego convertidas en costumbres tradicionales, cuya aplicación dependía ante todo de lo que conocemos como la “ley del más fuerte”, referida a uno de los individuos que, en virtud de ciertas características primordialmente físicas, con seguridad bien pronto comenzó a ser reconocido por los demás como el líder natural del conglomerado. Por lo demás, se vivían épocas primitivas en las que el principal método de alcanzar un objetivo era, sin lugar a dudas, el ensayo y error.

Pero, a medida que las sociedades fueron sofisticándose, mayores necesidades de organización se hicieron seguramente evidentes, lo que debió dar lugar a la creación de las primeras leyes y a la enunciación de alguna forma incipiente de derechos y deberes del individuo dentro de la comunidad. A medida que los procesos intelectuales, sociales y culturales iban haciéndose más y más complejos, en algún momento debió tener lugar la chispa de la abstracción y surgieron conceptos como la ética y la moral, la primera como significante del comportamiento individual y la segunda en representación de lo que la comunidad consideraba como adecuado, según el punto de vista de la mayoría, respecto a la forma de actuar de sus miembros.

Esta sencilla y un tanto especulativa apreciación socio-histórica nos propone una idea de lo que seguramente debió ser el proceso de establecimiento de los valores como elementos determinantes del sentir de una sociedad, respecto a la forma en que se espera que se comporten sus integrantes. Tales principios, se esperaba, habrían de domeñar la naturaleza humana, de por sí agresiva e individualista y encauzar al hombre hacia el bien.

Los valores han venido a constituir, por lo consiguiente, la esencia básica en la que, creemos, deben fundamentarse el actuar individual y colectivo; cualidades que hacen posible que vivamos en armonía con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza, condición indispensable para que podamos encaminarnos hacia el logro de elevadas metas, cuya búsqueda le da sentido a nuestra existencia y a nuestro permanente deseo de ser cada vez mejores.

El hecho de ser individuos racionales nos convierte en una muy particular singularidad de la naturaleza. A pesar de los muchos estudios que se han llevado a cabo, hasta ahora no ha podido determinarse que exista otra especie que tenga consciencia de sí misma. Por esa razón no puede hablarse de valores entre los animales o las plantas, sino que los principios que rigen sus existencias son vistos como leyes naturales inmutables que han venido cumpliéndose de manera reiterativa a través de los siglos. Así, desde siempre, el león joven que se adueña de la manada después de derrotar al león más viejo, procede a matar sistemáticamente a los cachorros de su antecesor, mientras que las hembras entran en seguida en estado de celo, lo que da al nuevo amo la posibilidad inmediata de perpetuar su propia progenie. Si conseguimos hacer a un lado la inveterada costumbre de evaluar el comportamiento de los animales a partir de los mismos juicios de valor con los que, con frecuencia, tasamos la conducta humana, podremos entender con claridad que el actuar felino al que nos hemos referido, de ninguna manera es malo o bueno. Consiste, simplemente, en un proceder instintivo y atávico, carente de malevolencia. En ese mismo sentido, ni los tiburones son asesinos ni las serpientes son la encarnación de la maldad.

Por el contrario, la capacidad de raciocinio da lugar a que los humanos estemos en posibilidad de evaluar nuestros actos a la luz de esas nociones abstractas del Bien y el Mal. Con base en las mismas, desde tiempos inmemoriales se han ido interponiendo cortapisas a nuestros más primitivos instintos y el género humano, mientras se debate en una secular oscilación entre lo sosegado y lo turbulento, en una permanente dicotomía de existencia, ha logrado alcanzar un más bien precario nivel de convivencia, mientras se esfuerza en adoptar un diverso conjunto de normas varias que ha ido afincando como los valores intrínsecos de la sociedad. Pero a pesar de todo, de manera por demás lamentable la historia convulsa de la humanidad nos muestra hasta qué punto esos principios fueron, han sido y siguen siendo repetidamente violentados, a la sombra de cuestionables justificaciones. Y sin embargo, una inmensa mayoría de nosotros sigue creyendo en la importancia que reviste el contar con un esquema de valores que señale el derrotero que debe seguir nuestra conducta.

Mas entonces, ¿están equivocados quienes sostienen que “se han perdido los valores” y que el comportamiento humano ha derivado hacia el caos moral? Para responder a este interrogante es necesario que realicemos una aproximación al estilo de vida de hoy, desde la perspectiva de los cambios ocurridos con respecto a la manera en que se vivía ayer, especialmente a partir la ideología, la manera de pensar y de ver la vida y la forma en que el hombre actual percibe su papel en el universo, puesto que no se nos ocultan las importantes modificaciones que tienen lugar de una generación a otra.

Como bien sabemos, a partir de la Ilustración, la mentalidad de la especie humana sufrió una gradual transformación. Ya en el Renacimiento habían tenido lugar los primeros vientos de cambio, luego del infame oscurantismo medieval, durante el cual una minoría poderosa utilizó la fuerza, la humillación, la intimidación y las supersticiosas creencias religiosas para someter y subyugar a una mayoría de seres que fueron cuidadosa y premeditadamente mantenidos en la barbarie, el analfabetismo y los límites de la inanición. Los valores predicados entonces se hallaban estrechamente relacionados y referidos de forma primordial al vasallaje, la sumisión total al rey, al señor feudal y al Papa (y en representación suya a los diversos miembros de la clerecía del momento). De manera inmisericorde se indujo a muchos a soñar el cielo y temer al infierno, para que otros pocos pudieran señorear sobre tierra. Pero la aparición del pensamiento antropocéntrico, los descubrimientos de nuevas tierras y el renacer de la cultura clásica dieron lugar a que las cosas fueran cambiando y a que nuevos valores se impusieran gradualmente. Este proceso, una vez iniciado, ya no se detuvo, de tal manera que los parámetros en virtud de los cuales se evaluaba la conducta humana, fueron evolucionando a medida que lo hacía la consciencia del hombre respecto a sí mismo.

Todo lo cual, visto desde una adecuada perspectiva, constituye evidencia incuestionable de que el carácter inmutable de los valores es una enorme falacia. Por el contrario, estos principios han mostrado ser sustancialmente flexibles y bastante acomodaticios a las diversas épocas, de acuerdo con una variada gama de circunstancias e intereses. La vida, por ejemplo, ha sido considerada como un sacrosanto e inalienable derecho de todos. Sin embargo el genocidio ha estado siempre a la orden del día, cuandoquiera que motivaciones políticas, militares y casi siempre económicas, predicadas por líderes ambiciosos y carentes de escrúpulos, han venido a señalar la senda que deben seguir los pueblos. Todavía hoy, en el siglo XXI, se aplica la pena capital en muchas latitudes del globo, en virtud de una variopinta gama de causales que van desde el homicidio hasta el hecho simple de que una mujer haya tomado la decisión de buscar un poco de sexo gratificante con quien no es su marido. El respeto a la vida, por lo consiguiente, es tan solo un irrisorio principio, transgredido en forma individual o colectiva una y otra vez. Así pues, no podemos dejar de observar que, contrariamente a lo que se nos inculcara, las tan mentadas inamovibles normas de conducta son en realidad variables unidades de medida, que evolucionan se modifican y se acomodan al ritmo que lo hace la mente del ser humano.

¿Qué interpretación hemos de hacerle a esta nueva y hasta cierto punto de vista pasmosa certidumbre? Al mirar la realidad de hoy, en la que priman el individualismo, la competencia y una casi absoluta falta de empatía, el ser humano no puede sino debatirse en un torbellino de circunstancias, hostiles las más, que lo rodean y que constantemente amenazan con hacerle zozobrar. En semejante maremágnum, el único valor que parece conservar algún significado es el de la supervivencia “a cualquier costo”, lo cual eclipsa indefectiblemente cualesquiera otras normas de conducta que hubieran podido tener cabida. La mente sucumbe ante los hechos que se desenvuelven frente a nuestros ojos: la corrupción rampante de nuestros líderes, la prostitución de la justicia, la codicia desmedida que lleva a unos pocos a apoderarse de ingentes recursos, en detrimento de las inmensas necesidades de muchos y la sempiterna explotación del hombre por el hombre. Todo ello enmarcado en una prédica hipócrita y estéril que intenta convencer a los demás de la necesidad de imponer un freno a nuestros apetitos.

Varias conclusiones podemos extraer de esta descarnada forma de ver nuestra realidad. En primer lugar, que los valores perennes que nos fueron inculcados con las primeras letras, no lo eran tanto. Que las normas conductuales suelen estar diseñadas para servir a propósitos específicos que se dan al tenor de los tiempos. Y que muchos de aquellos a quienes se nos había enseñado a mirar como modelos, nunca fueron tales en realidad, sino que, por el contrario, estuvieron lejos de ser los seres impolutos en los que llegáramos a creer.

Pero también debemos concluir que muchas de aquellas pautas que hoy se nos presentan pauperizadas y carentes de credibilidad, eran (y tal vez siguen siendo) intrínsecamente buenas. Que el respeto a la vida y a la diferencia, la tolerancia y la convivencia pacífica, amén de otros tantos principios que propenden por una armónica existencia, son en realidad la piedra angular en nuestro discurrir por el mundo, que debiera ser sereno, sin que vayamos sumándole mayores sinsabores a las naturales vicisitudes que conlleva el hecho de vivir. Que el cenagal ético en que se ha sumido nuestra especie a lo largo de los siglos no podrá conducirnos sino a una realidad cada vez más caótica y de imprevisibles consecuencias, sobre todo en este tiempo presente, en el que nos hallamos en posesión de un conocimiento científico-tecnológico que, erróneamente manipulado, puede volverse contra nosotros y dar al traste con este experimento de inteligencia de la Madre Naturaleza.

No cabe duda de que somos lo que somos como resultado de ancestrales impulsos que, desde siempre, han dirigido nuestro comportamiento hacia la búsqueda de logros personales que muchas veces desconocen las necesidades de nuestros semejantes. En esas circunstancias, no deja de ser asombroso que hayamos llegado hasta el tiempo presente, luego de colosales batallas contra los elementos, las enfermedades y la estulticia que repetidamente nos ha vuelto contra los de nuestra propia especie. ¿No sería este el momento propicio para un alto en el camino y una profunda reflexión? Modificando un poco la sentencia de Ruiz de Santayana y sin temor de equivocarnos, podríamos afirmar que: “Quien opta por ignorar los errores del pasado está condenado a repetirlos”.

El futuro de nuestra especie, la supervivencia de las próximas generaciones, dependerán en muy buena medida de la capacidad que tengamos para hacernos cargo de nuestras grandes equivocaciones y la voluntad que pongamos para corregirlas. Los Valores, ese cúmulo de normas y principios de vida, tendrían que ser revaluados, repensados y puestos en práctica, ya no como instrumentos de manipulación sino como verdaderas directrices que circunscriban nuestro comportamiento. Mediante la aplicación de algún tipo de procedimiento que nos lleve utilizar el elevado nivel de raciocinio que la evolución ha puesto a nuestro alcance, será necesario que, de manera consciente, promovamos drásticas modificaciones conductuales y que nos esforcemos en alterar la forma en que miramos al mundo, a los demás y a nosotros mismos. Y todo ello implicará inevitablemente el inducir cambios sustanciales en nuestra naturaleza.

El gran interrogante es si tendremos la fuerza y la capacidad para alcanzar tan elevado propósito. Pero esa misma inteligencia que nos ha proporcionado tantos beneficios materiales y que nos ha llevado a moldear el mundo en que vivimos habrá de convertirse en la herramienta que nos permita situarnos en el camino de un definitivo proceso de mejoramiento. De esta manera, nuevos y más eficaces Valores volverán a guiar nuestra existencia, nuestra especie dará un inconmensurable salto evolutivo y podremos garantizar un mundo más armónico para nuestros descendientes.

Así y todo, se requiere una inmensa dosis de fe en el ser humano para pensar que tal objetivo pueda constituirse en algo verdaderamente realizable. Quienes ya hemos hecho, hoy por hoy, la mayor parte de nuestro tránsito por este que García Márquez denominara “planeta de infortunios”, no podemos librarnos de un oscuro y profundo sentimiento de escepticismo. Pero quizás no todo está perdido y acaso quede en nuestros corazones así sea una leve brizna de humanidad que finalmente haya de florecer. ¿Será posible?