LA BÚSQUEDA DE LA PAZ

1. Situación y relación mutua de quienes no están en guerra, no están enfrentados ni tienen riñas pendientes.
2. Pública tranquilidad y quietud de los Estados, en contraposición a la guerra o a la revolución.
3. Tratado o convenio que se concuerda entre las partes beligerantes para poner fin a una guerra
4. Reconciliación, vuelta a la concordia.
Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe

Estas son algunas de las acepciones que nos muestra el diccionario, referentes al concepto de “paz”. Al recopilar, en términos generales, los cuatro significados expuestos, podemos resumirlo todo en una especie de “ausencia de conflicto”, lo que por ende implica una eventual tranquilidad, no solo de espíritu sino también en lo material, por lo menos a nivel colectivo, en lo que atañe a pueblo, nación o Estado. Ello da lugar, entre otras cosas, a que puedan ser posibles y menos azarosas algunas de esas características y palpables expresiones del devenir de la especie humana, tales como eso que llamamos progreso, la creación artística y la interminable búsqueda de la felicidad, mientras transitamos por la vida y esperamos poder darle un significado coherente a este inescrutable fenómeno de existir.
Pero, ¿es realmente posible alcanzar la paz? Nuestro país se ha debatido a lo largo de los siglos en una maraña de enfrentamientos de diversa naturaleza, que han hecho que la paz se haya convertido en una utópica quimera. Oscuras características de nuestra naturaleza, como la codicia, la soberbia y la ambición desmedida han dado lugar a que esa mencionada tranquilidad haya brillado por su ausencia, no solo presumiblemente durante la época pre-colombina sino de manera mucho más tangible y atormentada, a partir del instante en que los aventureros europeos arribaron a estas costas. Desde entonces y parafraseando la afirmación del maestro García Márquez en su discurso de Estocolmo, “…no hemos tenido un instante de sosiego.” La paz nos ha sido esquiva y nuestra historia reciente se halla plagada de conflictos generados por una variopinta gama de causales, los cuales han cubierto de lágrimas y sangre el suelo en que vivimos. Todo ello nos ha traído al momento actual, cargados no solo con un ingente equipaje de odios, resentimientos, frustraciones y mezquindades, sino también afligidos por innumerables, sangrantes y dolorosas heridas que de manera ineluctable hemos ido transmitiendo a nuestros hijos, de generación en generación, como un legado malévolo, que ha lastrado sus vidas y ha comprometido su futuro.
Nos asiste, por lo consiguiente, el derecho de buscar con ansia la manera de poner fin a tantas y tantas penurias, para tratar, de esa manera, de superar nuestra condición actual, con la esperanza de que las generaciones venideras logren una convivencia más amable, en un ámbito en el que las múltiples tragedias del pasado no sean otra cosa que reminiscencias de ingrata recordación, mantenidas en la memoria colectiva, tal como ocurre con los hechos infames del Holocausto, con el único propósito de aunar esfuerzos para que algo así nunca jamás vuelva a ocurrir.
Por lo tanto, resulta comprensible suponer que esa tan anhelada paz no habrá de ser otra cosa que un bien que deberemos cimentar hoy para que lo disfruten nuestros descendientes. Nos hallamos abocados entonces a la grave responsabilidad de construir el porvenir. Se trata, sin duda, de una titánica tarea, y será necesario que nos esforcemos para estar a la altura de las circunstancias. Hemos de constituirnos en los gigantes sobre cuyos hombros reposarán la concordia, la serenidad y la armónica convivencia de quienes vendrán después de nosotros. Y la única aspiración que podemos abrigar es que esta abnegación, que no estará exenta de una alta dosis de sacrificio, nos otorgue un lugar en el recuerdo de aquellos que ocuparán estos aposentos una vez que nos vaya llegando la hora de partir. Podemos decirlo en términos simples utilizando un cliché que se aplica de manera perfecta a la situación: “Estamos a punto de hacer historia”.
Entonces, ¿qué se necesita para llegar a esa meta que, hoy por hoy, parece tan lejana? Tal es el interrogante que todos debemos plantearnos, una vez nos hayamos hecho cargo de la importancia y la urgencia del objetivo que pretendemos alcanzar. Pero además, es fundamental que tengamos en cuenta la referencia a un eventual y aparentemente inevitable sacrificio. ¿Están los líderes de hoy preparados y dispuestos a asumir el reto que todo eso implica? Y es que el involucrarnos en un proceso que ponga fin a tantos años de lucha fratricida, contienda en la que los objetivos primigenios tiempo ha que palidecieron, superados de lleno por la inmediatez del lucro a corto plazo, el usufructo del poder y el reiterativo desencanto de una sociedad que ha visto una tras otra sus esperanzas frustradas en las múltiples promesas incumplidas, no habrá de ser, en modo alguno, una tarea fácil.
La forma en que se interpreta la magnitud del desafío varía de una persona a otra, en la medida en que cada uno haya sido más o menos alcanzado por el fragor de la lucha o por sus extensivas y dolorosas secuelas. Hay, por lo tanto, una relativamente amplia gama de percepciones, no solo de lo que debe ser esa paz que buscamos, sino también del camino que debemos seguir como núcleo social, para alcanzarla. De esa misma manera, todos aquellos que sufrieron en carne propia el inmenso cúmulo de desigualdades que los llevaron a buscar a sangre y fuego el alivio de sus muchas necesidades, abrigan expectativas de equidad y de justicia, como corolario de sus desvelos. En mayor o menor medida todos queremos esa paz pero también deseamos alcanzar algo con ella. Así las cosas, una nueva pregunta surge en medio de esta reflexión: ¿Es la paz un objetivo lo suficientemente valioso como para que estemos dispuestos a alcanzarlo a como dé lugar? En otras palabras: ¿Será que en este caso, el fin SÍ justifica los medios?
Cualquiera de nosotros sabe que no hay respuestas exactas para tanto cuestionamiento. No hay una verdad absoluta en esa mezcla de opiniones, sentimientos y puntos de vista que se generan alrededor de esta quimérica ilusión. Por esa misma razón ha de tenerse en cuenta que ninguna posición al respecto deberá considerarse ni totalmente cierta ni totalmente falsa. La tarea es, pues, ver de qué manera se pueden compaginar, acomodar y ajustar tantas y tan diversas apreciaciones, para que puedan coexistir y para que sus defensores puedan trabajar mancomunadamente en la búsqueda del objetivo común. La gran inquietud es si eso es realmente posible y cómo lograrlo. Surge, por supuesto, una gran duda al respecto; muchos son los que, al mirar este intrincado panel de seres, esta “colcha de retazos” de intereses y propósitos, consideran que tal asociación es imposible. Que nadie que se declare a sí mismo como víctima estará dispuesto a olvidar el pasado y tenderle la mano a quien considera su victimario. Que, como otros Montescos y Capuletos, la enemistad es eterna y trascendente. Pueden tener razón en lo uno, pero definitivamente hay que hacer hasta lo imposible para impedir lo otro.
Nadie ni nada de lo que hagamos podrá devolvernos al ser amado, desaparecido de una u otra manera en el maremágnum del combate. No hay forma de reponer la tranquilidad perdida ni de recoger las lágrimas vertidas a consecuencia del dolor. Pero, como dijera Michelle Bachelet al recorrer el Museo de la Memoria en Santiago de Chile: “No podemos cambiar nuestro pasado, solo nos queda aprender de lo vivido. Esta es nuestra oportunidad y nuestro desafío”. Y habría que añadir: “Nuestra responsabilidad es cambiar el futuro para que no se repitan los errores de ese pasado”.
De esa manera, el único camino que nos queda es el de mirar hacia adelante. Deponer nuestros miedos, nuestros odios y rencores, ante la perspectiva de que las cosas puedan ser mejor; que el mundo en el que hayan de vivir nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos pueda verse al fin libre del flagelo de una lucha estéril en la que todos hemos perdido y seguiremos perdiendo, a menos que hagamos lo necesario para alterar el rumbo de los acontecimientos. Es necesario mitigar nuestro dolor con esperanza. Si no hay nada que pueda curar nuestras heridas, hemos de proponernos que las próximas generaciones no tengan que padecer el mismo calvario. Hemos de lograr que esta sociedad busque un nuevo camino, más promisorio y más amable.
Podemos entonces suponer que la paz es posible. Que estaremos dispuestos a asumir el papel de padres y que soportaremos con estoicismo la angustia de nuestros corazones. Que declinaremos la búsqueda de la justicia-venganza y nos llevaremos nuestra tragedia a la tumba, para que nuestros hijos no tengan que verse aquejados por una tragedia similar. Que reuniremos nuestros esfuerzos para lograr una sociedad menos inequitativa que aquella que generó esta inconmensurable locura, puesto que no se nos oculta que un contexto de justicia social, humanidad y respeto por el otro, habrá de ser el fundamento de eso que queremos alcanzar. Otros pueblos han discurrido ya por este sendero, luego de sufrir amargos sinsabores causados por pretéritas dictaduras o por una contienda civil parecida a la nuestra. Por muy inaceptable que pueda resultar a nuestros oídos, agobiados por el llanto de los niños, los clamores de piedad de las madres y el ruido ominoso de las motosierras, hemos de considerar que el concepto de “Perdón y Olvido” puede llegar a convertirse en la única vía para poner fin a tanto sufrimiento. ¿Que nos revuelve el ánimo? ¿Que las víctimas fallecidas se retorcerán en sus sepulturas? Seguramente sí. Pero soportar nuestra propia desazón con entereza y confiar en que el recuerdo imperecedero de aquellos que perdieron la vida en esta tormenta se irá tornando menos doloroso, a medida que veamos los beneficios del cambio, serán la esencia de nuestro aporte para la bienaventuranza del futuro.
Como queda dicho, se requiere de nosotros un enorme acto de fe y esperanza y un inmenso sacrificio de nuestros sentimientos. Pero el objetivo bien vale la pena. Falta ver si poseemos las cualidades necesarias para asumir un reto semejante. El bienestar de muchos dependerá de ello.