Con frecuencia en los canales de nuestra televisión se anuncia como primicia la nueva presentación de una serie que nos trae, una vez más, la espeluznante historia de SM Enrique VIII de Inglaterra. Este nombre nos transporta a una época turbulenta y a un período histórico que bien podría describirse como de ingrata recordación. El disoluto comportamiento de un hombre libidinoso y ahíto de poder, que no vaciló en recurrir a toda una serie de engaños y truculentos procederes para satisfacer sus más rastreras pasiones constituye la piedra angular de este refrito, transmitido de manera repetitiva en diversas producciones cinematográficas que se esmeran en la recreación escénica de una época convulsa.
Ya en el pasado, tanto el cine como la televisión han reiterado una y otra vez en el tema y las diversas aproximaciones que se han hecho no han logrado otra cosa que desdibujar la realidad histórica y mostrarnos los hechos envueltos en una falacia que varía de acuerdo con el director y el productor de turno, quienes sin el más mínimo pudor sumergen la verdad en una maraña de incidentes inciertos, ficción recreativa y francas mentiras sobre lo acontecido durante el reinado del citado monarca.
No es de extrañar que nuestras productoras locales se encuentren poco menos que fascinadas. Es precisamente esta temática, en la que la intriga, el vicio y el crimen van de la mano y que de manera conveniente siempre se salen con la suya, lo que atrae la atención de un elevado porcentaje de la audiencia nacional. Y, si las escenas de sexo y violencia resultan explícitas hasta donde sea posible, pues aún mejor. Cómodamente nos ubicamos frente a nuestros televisores y nos deleitamos ante el actuar de un hombre corrupto, corruptor y corrompido que arrastra a toda una nación a los vericuetos de la guerra, la traición y el adulterio, sin que haya una sola voz de discrepancia que se levante a protestar. Si alguien tuvo el valor de hacerlo, fue rápida y eficazmente silenciado a través del hacha del verdugo.
Sin embargo, nadie puede levantar un dedo acusador contra este tipo de producciones cinematográficas. Los responsables de su realización son mercaderes del entretenimiento, apenas motivados por un fin inmediato y específico: el lucro. Pero no deja de inquietarnos una pregunta que algunos nos formulamos reiterativamente, relacionada con el interés que una comunidad que se muestra civilista y reposada como la de Gran Bretaña, podría tener en que se ventile una y otra vez este período oscuro de su historia. Acaso, ¿no se lava en casa la ropa sucia?
A menos, claro está, que los hechos vergonzosos que se desarrollaron en aquel entonces no constituyan motivo de sonrojo para las nuevas generaciones de esas latitudes. Si bien cuesta creer que los ingleses avalen el comportamiento criminal de un sujeto como de Enrique VIII, se suscita entre nosotros un grave elemento de incomprensión. No podemos dejar de cuestionarnos si esta “repetición de la repetidera”, no la de nuestra televisión, que tan solo opera como consumidora, sino de las productoras que se muestran engolosinadas con el tema, no raya en la apología de delitos cometidos a la sombra del poder omnímodo ostentado por un hombre inescrupuloso que no supo estar a la altura de su cargo como soberano de una nación sino que, por el contrario, dio rienda suelta, de manera impune, a sus más bajos instintos.
¿Cuál será, entonces el mensaje? Para satisfacer este interrogante es necesario mirar un poco más detenidamente el contexto cultural, social y político en que los hechos tuvieron lugar: y entonces, al repasar el desenvolvimiento histórico de ese pueblo, la relación con sus vecinos y los objetivos que se propusieron alcanzar a todo lo largo y ancho del planeta, súbitamente se apodera de nuestras mentes un profundo sentimiento de inquietud. Desde el patio trasero de su casa, representado por naciones aledañas como Irlanda del Norte o Escocia, hasta las regiones más inhóspitas y apartadas de su propia latitud, cuyo ejemplo bien pueden ser las islas Malvinas, entre muchos otros, Inglaterra ha impuesto su voluntad, ha hecho primar sus intereses y su predominio con poco o ningún reato de conciencia. Para alcanzar sus propósitos esta nación no ha vacilado en recurrir a métodos que rayan con el crimen y el genocidio y ha llegado a imponerse sobre una infinidad de otros pueblos a los que ha sustraído sus valores culturales y sus riquezas naturales. Poca significación ha tenido para ellos la tragedia que su paso ha dejado por la India y varias naciones del África y América.
De esa forma, no podemos menos que estremecernos al suponer que la actuación desmedida del soberano de marras no es otra cosa que una imagen del sentir de un conglomerado: ‘frene a mis apetitos y mis deseos no habrá barrera alguna capaz de contenerme y estoy dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias si de alcanzar mis propósitos se trata.’
Así las cosas, es claro el porqué del aval que se otorga a la repetitiva retransmisión de unos hechos vergonzosos que tienen como protagonista a un rey disoluto y criminal. Simplemente no importa, ya que el mensaje es claro como el agua: Su voluntad prima sobre cualquier otra consideración. Tal ha sido desde tiempos inmemoriales, tal es hoy y tal se pretende que sea en tiempos venideros. Como lo manifestara Nixon en la famosa entrevista con Frost: “Cuando lo hace el Presidente, entonces no es ilegal”.
Así, cuando se da el caso de gentes que, de manera individual o colectiva pretenden estar por encima de la ley, las consecuencias para sus vecinos y para todo aquel que se interponga en su camino, suelen ser desastrosas. Ese «todo vale» viene a constituir un legado de inmoralidad y carencia de escrúpulos que se transmite a las nuevas generaciones y que bien podría ser una de las principales causas de este caos ético-moral en que con frecuencia vemos que se sumerge el mundo contemporáneo. En todo momento hemos de tener en cuenta que cuando se transgreden las barreras de contención, cuando son la codicia y la avaricia las que dictan la forma de proceder, cuando el fin SÍ justifica los medios, flaquean los cimientos de miles de años de evolución civilizadora y la raza humana parecería que se complace en desandar el camino que nos trajo hasta aquí, desde la época de las cavernas.
¿Habrá de ser tal el futuro que nos aguarda a la vuelta de unos cuantos lustros? ¿Deberemos sufrir el abuso y la violación de unos por parte de otros, cuando, en un futuro cada vez más próximo, los recursos que hasta hace poco parecían inagotables, finalmente se tornen escasos? Será necesario que quienes nos hemos declarado en favor de la vida, la equidad y la justa búsqueda de la felicidad por parte de todos realicemos un esfuerzo denodado para que la catástrofe de una humanidad deshumanizada y violenta deje de ser una eventualidad que se perfila en el horizonte, habida cuenta de la sobrecogedora realidad que hoy se presenta ante nuestros ojos. Acaso una forma de intentar prevenir semejante despropósito sea la de afianzar nuestra posición de rechazo a la violencia y dejar de regodearnos con la villanía y con el crimen.